La muerte en la sociedad actual. Entrevista al Doctor Luis Montes

Las religiones, en nuestro caso el cristianismo, se han encargado de imbuirnos la existencia de otra vida tras esta, una vida que amenaza con ser eternamente terrible en la medida en que no adaptemos nuestra vida real (la única que conocemos) a lo que

Una experiencia vital reciente me enfrentó a uno de los asuntos de mayor transcendencia a los que ha de hacer frente el ser humano, la muerte. Hoy estoy aquí, sentado frente al Dr. Montes para preguntarle por su experiencia, por sus opiniones acerca de la muerte, de la vida, de los derechos del paciente, del derecho a morir con dignidad, de la medicina paliativa, de la disponibilidad o indisponibilidad de la propia vida y para contrastar con él mis propias inquietudes.

La muerte es un asunto que, constituye, en palabras de Saramago “… la más severa de las leyes de la naturaleza, esa que tanto impone la vida como la muerte, que no te preguntó si querías vivir, que no te preguntará si quieres morir” (‘Las intermitencias de la muerte’, 1998)

Puede ser que la respuesta sea no preguntarse por qué” (Me equivocaría otra vez. Fito y Fitipaldis ) y por ello se trate de un tema ante el que una parte de la sociedad actual, en particular los jóvenes, vive de algún modo de espaldas. Sin embargo la muerte nos espera y nos alcanza a todos inevitablemente, unas veces de forma indirecta, otras de forma directa, personal, ineludible.
Según consta en la hemeroteca, el Dr. Luis Montes Mieza es licenciado en medicina por la Universidad Complutense de Madrid. En 1987 ingresó como anestesiólogo en el recién creado Hospital Severo Ochoa de Leganés, siendo desde el año 2000 coordinador de urgencias, cargo que desempeñó hasta marzo de 2005.
En marzo de 2005, siendo presidenta de la Comunidad de Madrid Esperanza Aguirre, el consejero de sanidad, Manuel Lamela, destituía al Dr. Montes y a la cúpula del Hospital Severo Ochoa, a raíz de una denuncia anónima sobre una supuesta “práctica de eutanasia masiva» con 400 supuestos casos de homicidio. El consejero Manuel Lamela, dio credibilidad a dicha denuncia en la que se le acusaba, junto a otros doctores, de sedaciones en dosis elevadas a enfermos terminales en el servicio de urgencias del Hospital Severo Ochoa.
Los inspectores del gobierno regional no hallaron relación entre las sedaciones de los pacientes -todos, en estado terminal- y la muerte. Sin embargo la comisión Lamela, creada al efecto, reevaluó las historias sin entrevistar a los médicos e identificó 73 supuestas «sedaciones irregulares». Con este informe el consejero Manuel Lamela denunció el caso en el juzgado.
Tras 28 meses muy duros, en junio de 2007 el Juzgado de Instrucción número 7 de Leganés sobreseyó la causa contra el Dr. Montes y siete médicos del Severo Ochoa.
Asimismo, en enero de 2008, la Audiencia Provincial de Madrid ratificó el sobreseimiento y archivó el caso de las presuntas sedaciones irregulares en el hospital Severo Ochoa de Leganés, ordenando suprimir cualquier referencia a una posible mala práctica de los médicos denunciados.
El Dr. Montes es, desde 2009, el presidente federal de la asociación Derecho a Morir Dignamente
Diario Progresista.- En primer lugar Doctor, muchas gracias por atendernos. Supongo que es inevitable empezar esta entrevista preguntándole por el Hospital Severo Ochoa de Leganés. ¿Qué balance personal hace el Dr. Montes de lo que se dio en llamar el caso de las sedaciones de Leganés?
Dr. Luis Montes.- Pues fue un acontecimiento vital estresante al máximo. En nuestra profesión siempre mantienes la tensión de que un error de apreciación o una indecisión puede costarle la vida a un paciente. Vives con ello como vives con el riesgo de contagiarte alguna enfermedad. Pero uno no está preparado para, de la noche a la mañana, ver su cara en todos los periódicos y televisiones comparándolo con Menguele y otras lindezas. El impacto emocional fue enorme; como un golpe en la cabeza con un bate de béisbol. Al principio te quedas sonado y sin recursos para reaccionar pero poco a poco consigues racionalizarlo desde la certeza personal de que tu conducta ha sido siempre la debida. Con todo, de no haber tenido el apoyo inmediato del personal del hospital y de la población, no sé qué habría pasado.
Por otra parte, tras conseguir que la justicia reconociera nuestra inocencia, se me planteó el dilema entre retirarme a mis cuarteles de invierno y darle una alegría a Lamela y a cuantos en el PP habían querido terminar conmigo y con el debate sobre la eutanasia que estaba iniciándose, o dar un paso adelante y dedicar mis energías a luchar por el derecho a disponer de la propia vida. La verdad es que, tras el apoyo ciudadano recibido, sentía que era mi deber; mi forma de devolver a la gente la ayuda prestada. Y aquí estoy, ya jubilado, convertido como decía Simone de Beauvoir, en un activista a tiempo completo.
 
dP.- ¿Qué significó este caso para el Hospital Severo Ochoa y para la Sanidad Madrileña?
LM.- El estallido del escándalo Lamela, fue un mazazo en el corazón del hospital y de la población de Leganés y Fuenlabrada que habían peleado por conseguir «su hospital» durante años. La acusación de 400 homicidios en la Urgencia que yo dirigía era un insulto gravísimo para todo el hospital. En un centro pequeño como el nuestro era imposible que una barbaridad así hubiera podido pasar desapercibida. Lamela insultaba al conjunto de trabajadores a los que convertía en cómplices del «genocidio». Hacía también buena la afirmación de los autores del anónimo de que tales crímenes habían sido posibles «gracias al bajo nivel cultural de la población». La respuesta de los compañeros y compañeras del hospital y de los ciudadanos y ciudadanas de Leganés y Fuenlabrada no se hizo esperar; fue inmediata y muy enérgica. Lamela no se la esperaba y tuvo que emplearse a fondo para reprimirla: desde colocar cámaras de vigilancia dentro del hospital para identificar a quienes participaban en las protestas hasta amenazas y destituciones de todo el que tenía un cargo revocable y se había puesto a nuestro lado. Lamela y sus sicarios hicieron mucho daño a mucha gente pero el mayor no fue para el personal. El mayor daño se lo hizo a los enfermos terminales y a sus familias. La criminalización de las sedaciones repercutió en la asistencia en la muerte que se prestó durante varios años. En Madrid muy especialmente, pero no sólo aquí. Muchos médicos llegaron a dudar de la legalidad de la sedación terminal que venían realizando desde años. Y aunque no dudaran, tuvieron miedo a verse en una acusación parecida. Los fundamentalistas andaban muy crecidos y daban miedo. Se escatimó la morfina que llegó a prohibirse en urgencias y mucha gente murió en medio de un sufrimiento obsceno del que no se han recuperado las familias. En cada acto de DMD alguien da un testimonio espeluznante de aquellos tiempos.
dP.-  ¿A su juicio, cuál fue la motivación principal del denominado caso de las sedaciones de Leganés?
Acabo de apuntar dos de ellas: la primera, acabar con lo que quedaba de aquel primer equipo que pusimos en marcha el hospital. A mí me tenían ganas algunas gentes, unos porque había acabado con sus privilegios laborales y otros porque su visión fundamentalista les hacía considerar eutanasia todo lo que no fuera apurar y prolongar el proceso de morir de los pacientes a los que mantenían en situaciones que clamaban al cielo. La sedación que practicábamos con el consentimiento escrito de las familias –cosa única en el país por entonces-, les parecía un paso hacia la legalización de la eutanasia que estaba en el debate social abierto por películas como «Mar Adentro» o «Million Dólar Baby». El sector más confesional del PP se propuso poner fin a ese proceso y nada le importó condenar al sufrimiento a miles de enfermos al final de su vida por el miedo generado en los profesionales.
Pero la tercera motivación, tal vez la principal una vez empezado el proceso, fue la cortina de humo que tapó el inicio de la etapa más salvaje de la privatización de la Sanidad en Madrid. Mientras sólo se hablaba de las sedaciones en el Severo Ochoa y se me disparaba fuego graneado, montaban las bases del expolio a la Sanidad Pública sin el mínimo debate público.
dP.- Durante estos más de dos años, fueron constantes las muestras de apoyo que una buena parte de la sociedad madrileña le trasladó a usted y a todo el equipo del Severo Ochoa.  ¿Cómo valora el apoyo recibido tanto de los usuarios y personal del Hospital Severo Ochoa de Leganés como de buena parte de la sociedad madrileña?
 
LM.- Ya digo que el apoyo recibido desde el primer momento tanto por los trabajadores y trabajadoras del hospital como de los vecinos y vecinas de Leganés y Fuenlabrada pero también de multitud de personas e instituciones en todo el Estado, fue muy importante para poder resistir tanta infamia. Las gentes de bien, el pueblo llano, tenía muy claro su derecho a no morir sufriendo «en este valle de lágrimas». De hecho, como acabo de decirle, el agradecimiento a ese apoyo y la firmeza de su reivindicación de las sedaciones como una obligación de bien hacer médico, fue determinante para mi dedicación a la lucha por la dignidad en el proceso de morir. En aquellos tiempos leí una encuesta de opinión en la que el 52% de encuestados habían asistido en su entorno a alguna muerte que producía escándalo por el enorme sufrimiento no tratado. Me pareció tan espeluznante que me decidí a luchar con todas mis fuerzas para cambiar esa realidad. Y aquí estoy, en la Asociación Derecho a Morir Dignamente trabajando para conseguirlo.
Una vez repasada para nuestros lectores la triste etapa del escándalo Lamela, centrémonos doctor, si no le parece mal, en el objeto central de la misma.
dP.- Doctor, ¿qué es la muerte?
LM.- Desde luego es la certeza que nos acompaña a todos los seres vivos desde que nacemos y que, por razones culturales no inocentes, nos empeñamos en acallar como si no pensar en ella la alejase. Las religiones, en nuestro caso el cristianismo, se han encargado de imbuirnos la existencia de otra vida tras esta, una vida que amenaza con ser eternamente terrible en la medida en que no adaptemos nuestra vida real (la única que conocemos) a lo que disponen los «representantes» de los diferentes dioses. Es el temor que nos han generado a ese «después» al que abre la puerta la muerte lo que le da esa connotación terrible a la muerte. En realidad, morir no es otra cosa que regresar a la nada en que estábamos antes de nacer. No conozco personas preocupadas por dónde estaban antes de nacer. La preocupación por el dónde vamos tras morir es sólo cultural e interesada.
dP.- ¿Podría decirse que la muerte es una de las pocas verdades absolutas, sino la única, a la que se enfrenta el ser humano?
Pues no sé si la única pero desde luego sí que absoluta. Me parece que ya nadie fantasea siquiera con la posibilidad de evitar la muerte. No hace muchos años, los avances de la tecnología médica hicieron creer a algunos que la muerte era algo evitable a corto plazo. La realidad es que se ha conseguido alargar la vida en años pero a costa de un final desprovisto de los rasgos definitorios del ser humano y de la prolongación de la agonía a base de medidas técnicas absurdas e incapaces de evitar lo inevitable.
dP.- ¿Vivimos en una sociedad presa de la tanatofobia, presa de la fobia a la muerte?
Pues siendo verdad eso que dice, que la sociedad en su conjunto vive de espaldas a la muerte, mi experiencia en el día a día es que las cosas están cambiando. Ya no es una rareza juntar a 40 o 50 personas un sábado por la tarde y con buen tiempo, para hablar del proceso de morir y de cómo tomar las riendas de él. La sociedad ha dejado la resignación ante cómo se produce la muerte, entre sufrimientos absolutamente gratuitos y evitables. La ciudadanía no cree ya que el sufrimiento tenga algún valor, como dice la jerarquía católica. La sociedad se seculariza y la medicina consigue evitar el sufrimiento casi al 100% con tal de que no se excluya la muerte decidida, voluntaria, como medio de evitarlo; el único en algunos casos.
dP.- ¿Es esa fobia a la muerte, ese vivir de espaldas a ella, el resultado de un chantaje cultural, educativo, emocional al que nos vemos sometidos?
Pues sí, desde que en el siglo IV el emperador Constantino y luego, Teodosio, comprendieron la utilidad política de una religión que predicaba la necesidad del sufrimiento en «esta» vida con la promesa del premio diferido en «la otra», que era la verdadera y eterna, los auto-elegidos representantes de dios en la tierra han tenido las manos libres para modelar y controlar las conciencias. Lo que pasa es que, una vez que la sociedad ha conseguido quitarles de las manos la fuerza coercitiva con la que imponían tal control, desde el anatema a la hoguera, y dado que no se le pueden poner alambradas al pensamiento libre, las sociedades, al menos en occidente, hemos dejado el medievo en que la virtud definitoria era la sumisión y hemos entrado en la modernidad en que el bien más preciado es la libertad. El chantaje emocional del miedo al más allá (en el que por cierto no cree ninguno de los que lo predican, a la vista de cómo se comportan) ha sido efectivo durante siglos, pero cada vez pierde fuerza más rápidamente. La gente hoy razona y los gobernantes, tanto eclesiales como civiles, ya no pueden prohibir la difusión del pensamiento. El nihil obstat y el Index librorum han perdido vigencia. Hasta ahora –y el PP está dispuesto a facilitárselo con el tratamiento a la asignatura de religión- se nos ha dicho que no hay que pedir una muerte sin dolor sino una muerte resignada a él. Hoy la gente ya no considera la resignación como una virtud. Avanzamos; despacio, pero avanzamos.
 
dP.- De acuerdo con el poeta Antonio Machado
 
«La muerte es algo que no debemos temer porque,
mientras somos, la muerte no es, y cuando la muerte es,
nosotros no somos»
 
¿Puede entonces sostenerse, como hace Jorge Semprún en “El largo viaje”, que “morir es la única cosa de la que jamás tendremos una experiencia personal”?
LM.- Hombre, eso es cierto si consideramos la muerte como el momento concreto en que dejamos de ser, pero la realidad es que, salvo para quienes tienen la suerte de una muerte repentina, morir es un largo proceso en muchas ocasiones y siempre doloroso porque, como mínimo entraña dejar lo que uno conoce y ama. Nadie sabe qué se siente al morir o si se siente algo siquiera pero casi todos hemos visto a personas viviendo el proceso de morir y, digan lo que digan algunos paliativistas, no hay muerte sin sufrimiento. En este sentido, aprovecho a decir que para muchas personas el principal padecimiento en la muerte, lo que la hace indigna, es la imposibilidad de ejercer un control real y autónomo del proceso. No morimos como queremos ni cuando queremos sino cuándo y cómo nos dejan. Los legisladores, los jueces, los médicos y los curas, unos directa y otros indirectamente, tienen más control sobre el proceso de muerte que el propio interesado.
dP.-  La sabiduría popular lo expresa de modo menos poético, así es frecuente escuchar la frase de “Yo no le tengo miedo a la muerte, pero si a una enfermedad larga y dolorosa”. ¿El derecho a no experimentar dolor constituye un derecho fundamental de los enfermos sean estos terminales o no?
 
LM.- Para empezar, creo que deberíamos desterrar el término miedo para referirnos al rechazo que sentimos ante determinadas situaciones. Miedo tiene una clara connotación peyorativa. No es tanto que se tenga miedo a sufrir como que se considera el sufrimiento como algo inútil y se rechaza aun más como algo impuesto.
Y ya en lo concreto, puede resultar chocante, pero la realidad es que en nuestro país no existe expresamente el derecho a no experimentar dolor; ni siquiera el derecho a recibir tratamiento para evitarlo. Sólo en las tres Comunidades Autónomas que tienen leyes de muerte digna, Andalucía, Aragón y Navarra, tiene reconocido el derecho al alivio del sufrimiento, incluida la sedación en los procesos terminales «si el dolor es refractario a otros tratamientos». En el resto del Estado, la garantía de que los médicos harán lo posible por evitar el dolor está supeditada al grado de cumplimiento de lo que es una obligación del profesional según el Código Deontológico cuyo artículo 36 establece «la obligación de aplicar las medidas adecuadas para conseguir su bienestar, aún cuando de ello pudiera derivarse un acortamiento de la vida».
dP.- Sin embargo la calidad de vida del enfermo incluye elementos que van más allá del dolor físico ¿que otros elementos conforman el sufrimiento del enfermo?
LM.- Pues sí y, en este sentido, sería bueno que nos acostumbrásemos a hablar de sufrimiento en general porque dolor evoca sobre todo lo físico. El dolor físico es sólo una clase de sufrimiento, por cierto el menos difícil de manejar médicamente con fármacos. El sufrimiento psicológico y moral, incluso el existencial están siempre presentes en el proceso de muerte y se les presta mucha menos atención, tal vez porque son mucho más difícilmente tratables. En mi experiencia, la calidad de muerte se relaciona más con el respeto o no a la dignidad del paciente que con la ausencia de dolor físico. En el fondo pasa como con el resto de la vida, de la que la muerte es parte, si no se respeta la dignidad personal es difícil hablar de calidad.
Un aspecto que no se puede desdeñar es que para muchas personas, todavía minoría sin embargo, es el sentimiento de pérdida de la autonomía y del sentido de la propia dignidad lo más difícil de soportar y lo que lleva mayoritariamente a solicitar la eutanasia.
dP.- Enfrascados en el día a día, atrapados por la imperiosa necesidad de supervivencia, por la competitividad, por las prisas, vivimos en un mundo que pretende ignorar la muerte, sin embargo cuando comprobamos su proximidad ¿somos verdaderamente conscientes de que el recurso auténticamente escaso de nuestra existencia es el tiempo, el tiempo vital?
 
LM.- La premisa de su pregunta es la consciencia de la muerte cercana, y es una cosa que no ocurre frecuentemente porque seguimos practicando la ocultación del diagnóstico fatal desde un paternalismo injustificado y, hay que decirlo, contrario a la ley y al derecho de los pacientes. En nuestro país, la mayoría de las personas muere sin que nadie les haya informado de lo que iba a pasar. En la cultura anglosajona es diferente porque tienen interiorizado que la información veraz y completa es no sólo obligatoria sino también beneficiosa.
Respecto a la percepción de la cortedad del tiempo vivido, es muy diferente según el momento en que se conozca la muerte cercana: no es lo mismo un diagnóstico de cáncer a los 29 años como el de la joven norteamericana Brittany Maynard que ha sido noticia hace unas semanas. Recuerdo que ella decía, expresando muy gráficamente la relatividad del tiempo, que cuando a los 29 te dan un pronóstico de 1 a 3 años es lo mismo que si te dan un día. Es tanto lo que habría querido uno hacer a esa edad que un tiempo tasado es insuficiente siempre. Sin embargo, en el Benelux hay un movimiento ciudadano que se ha iniciado con mucha fuerza, liderado por personajes muy significados de la sociedad, que reclaman su derecho a obtener la eutanasia sin necesidad de padecer una enfermedad, simplemente por cansancio vital, por la percepción de que su propio proyecto vital está completado. Para ellos el tiempo no falta; sobra.
dP.- Si aceptamos la inevitabilidad de la muerte debiéramos asumir que la medicina no es una ciencia exacta, sin embargo, la sociedad actual parece exigir la infalibilidad de la medicina. ¿No genera esta pretensión social una enorme presión sobre el médico?
 
LM.- El problema no es tanto que no sea una ciencia exacta, el problema fundamental respecto de la muerte radica en que no es una ciencia omnipotente. Desde siempre se ha entendido más o menos explícitamente que la razón de ser de la medicina era evitar la muerte. Esta visión se ha ido reforzando a lo largo del tiempo por el hecho de que la medicina ha ido evitando causas de muerte que antes diezmaban poblaciones pero la realidad, difícil de admitir cuando se trata de uno o de una persona cercana, es que la medicina no puede evitar La Muerte, sólo las muertes evitables. Antes se moría uno de una apendicitis –»cólico miserere»- o de una difteria, que hoy son enfermedades de mortalidad evitable pero, como dice la sabiduría popular: de la última enfermedad no nos libra nadie.
Es cierto que la idea de que no hay nada imposible para la medicina actual genera presión en los profesionales porque cuando a una familia se le comunica un pronóstico fatal se resiste a aceptarlo con un «con todos los adelantos que hay hoy ¿no se puede evitar, doctor?» Pero también hay que decir que en la creación de esa fantasía de la medicina todopoderosa, los médicos han tenido cierta responsabilidad…
dP.- El empecinamiento en salvar la vida del enfermo, conduce con no poca frecuencia al encarnizamiento terapéutico. ¿Se ha olvidado quizás el viejo aforismo médico: “Si puedes curar, cura. Si no puedes curar, alivia. Y si no puedes aliviar, consuela”?
 
LM.- Mire, históricamente, la medicina se ha debatido entre el curar y el cuidar. Al principio, con muy poca capacidad para curar, la balanza se inclinaba hacia cuidar al enfermo al que no se podía curar. Cuando la medicina adquiere capacidad técnica para curar, se olvida el cuidar. Tanto que en la segunda mitad del siglo XX nace lo que conocemos como «ética de cuidados» y nace, no por casualidad, de la enfermería que no acepta el desahucio de pacientes por la medicina. Son enfermeras inglesas las que entienden que siempre se puede cuidar y acompañar, aliviando aunque la curación no sea posible.
Aunque no estaba en la mente de aquellas enfermeras que tenían un acercamiento al paciente de base religiosa y, por tanto, creían en la sacralidad de la vida, la sociedad de hoy entiende que la vida es un bien evaluable o por decirlo sencillamente, que la vida sin calidad deja de ser un bien que merece ser conservado.
Desgraciadamente, incluso entre quienes deciden la ética profesional, hay muchos médicos con más interés en preservar la vida que en hacerla tolerable. Pero para muchos pacientes su vida no es un bien en absoluto y cuando se está en situación de terminalidad o incluso de agonía, el bien «vida» debe decaer a favor del «bienestar» y no se me ocurre ningún argumento ético sostenible –aparte la creencia en la sacralidad de la vida- que obligue a hacer prevalecer el primero.
dP.- ¿Es necesario formar a los profesionales de la salud en un nuevo paradigma de la asistencia sanitaria centrado en la calidad de  la vida del enfermo más que en la cantidad de vida a cualquier precio?
 
LM.- Lo ha expresado muy exactamente. La formación de nuestros médicos ha sido exclusivamente técnica y focalizada en la enfermedad, no en el enfermo. Hemos crecido en un paradigma del médico enfrentado a la enfermedad para mantener la vida, el bien máximo, pero el paradigma ha cambiado y hoy la medicina es la ayuda técnica al paciente, al ser humano enfermo. Desde este punto de vista, la ayuda hay que entenderla desde la necesidad subjetiva del paciente y no de lo que nosotros creemos, incluso de buena fe, que es bueno para él.
Me explicaré: en el paradigma antiguo que se conoce como hipocrático, existía el principio «de no maleficencia» que prohibía al médico hacer «el mal» a su paciente. Como la vida, sin considerar su calidad porque la calidad de la vida consistía en ser un regalo de la divinidad, era el bien a preservar, cualquier cosa que la pusiera en peligro era un mal a evitar. El juramento hipocrático se comprometía a «no dar pócima mortal a nadie, aunque lo pida».
Hoy, las personas establecemos criterios de calidad de vida y sólo los fundamentalistas religiosos consideran que la vida de un anciano demente que hace años perdió su capacidad de autoreconocerse, desconectado de su entorno, amarrado a la cama para evitar que se arranque las sondas por las que es alimentado y con úlceras en la espalda que dejan ver los huesos, es una vida digna porque es un don de dios. La inmensa mayoría de las personas, incluidas las que tienen creencias religiosas, creen que esa situación es indigna y no la desean para sí mismos. A muchos médicos les cuesta romper con el antiguo paradigma, entre otras razones porque hay una importante presión de grupo contra la aceptación de las conductas eutanásicas.
dP.- ¿Morirse en la sociedad occidental es en la actualidad más fácil o más difícil que en el pasado?
 
LM.- Claramente más difícil. Hasta hace poco la muerte era una experiencia doméstica que ocurría tras un proceso de enfermedad más rápido que ahora. Hay estudios americanos que demuestran un importante alargamiento del tiempo necesario para morir: si a principios del siglo XX las enfermedades mortales de necesidad tardaban 5 días en promedio para producir la muerte, hoy ese tiempo se ha multiplicado por diez.
Y además de alargarse se ha complicado: en USA, el 38% de las personas que mueren en un hospital pasaron al menos 10 días en la UVI. En España, más del 80% de las muertes no repentinas se producen en hospitales; el 20% en cuidados intensivos…
La explosión tecnológica llevó la muerte a los hospitales, templos de la tecnología. El coste ha sido una muerte en soledad, en un medio hostil, entre máquinas, tubos, sondas… La reacción ha sido rápida. La inmensa mayoría de las personas consideran hoy que una muerte deseable es una muerte en casa, rodeado de los suyos y con la tecnología mínima imprescindible para evitar sufrimientos.
dP.- Doctor ¿qué es Morir Dignamente?
 
LM.- La respuesta es sencilla. Aunque se tiende a considerar una muerte digna la que se produce con el mínimo de sufrimiento, para mí morir dignamente es morir en libertad, sin imposiciones externas. Tan digna es una muerte con un sufrimiento aceptado con resignación para alguien que cree en la dignidad intrínseca del sufrimiento como la de alguien que decide no recorrer la vida que le queda y le pone fin voluntariamente.
Creo haber dicho antes que la dignidad está indisolublemente ligada a la libertad. El problema es que hoy por hoy esa libertad está restringida para quienes nos sentimos dueños de nuestra vida y, consecuentemente, de nuestra muerte.
 
dP.- ¿En la angustia del enfermo terminal ante la inminencia del final de la vida, además del miedo a la muerte, qué papel juega el temor a padecer sufrimientos intolerables, a la soledad o a la pérdida de la dignidad?
 
LM.- En mi experiencia y en nuestro país, el miedo a la muerte (a lo que lleva la muerte, al después) tiene poca influencia. La creencia en otra vida después de la vida ha perdido vigencia incluso entre personas que se consideran creyentes de algún modo, los que dicen creer «en algo» con una creencia poco estructurada y no ortodoxa. Se rechaza más el sufrimiento que precede a la muerte en sí. Porque es un sufrimiento gratuito, innecesario, e inútil que ha de terminar necesariamente en la muerte. Pero cada vez es más relevante el sentimiento de pérdida de la dignidad personal. Tenemos experiencia de esos finales tras largos periodos en que apenas son identificables rasgos humanos superiores. Finales tras largo tiempo de incapacidad para bastarse a sí mismo siquiera mínimamente. El sentimiento de ser una carga para las personas que uno quiere suele ser rechazado más incluso que el sufrimiento personal.
dP.- Diariamente mueren en el mundo aproximadamente 154.000 personas. ¿Se tiene una idea aproximada de cuantas mueren atendidas por cuidados paliativos o bien se someten a eutanasia?
 
LM.- La realidad es que los cuidados paliativos son un objetivo exclusivo de los países del que llamamos primer mundo. Para la inmensa mayoría de la humanidad, la urgencia no está en morir dignamente sino en vivir dignamente; a menudo en vivir sin más.
En nuestro país concretamente los cuidados paliativos alcanzan a menos de la mitad de la población que los necesita y el acceso está distribuido muy irregularmente por la geografía. Pero hay que decir que buena parte de esta situación se debe al enfoque político de los cuidados paliativos que han propiciado los paliativistas. Aunque según la OMS los cuidados paliativos deben ser «un enfoque», un modo de entender la medicina, los paliativistas están muy obsesionados en que se cree una estructura especializada, una red de centros, unidades, dispositivos… Con la mitad de lo que se lleva invertido en esos paliativos se podría haber entrenado y capacitado a los profesionales de Atención Primaria, tanto médicos como enfermeras, para una atención técnicamente adecuada del proceso de muerte. Hoy ocurre que los equipos de atención domiciliaria, en lugar de estar como apoyo de los profesionales de Primaria para tratar casos especialmente complejos, que son los menos, tienen que hacerse cargo de todos los pacientes terminales. Y como los recursos, los profesionales, son finitos y la demanda es cada vez mayor, su actuación se ve limitada a los últimos días de vida lo que resulta muy insuficiente.
Respecto a la eutanasia y los paliativos, desde mi punto de vista la eutanasia debe considerarse un recurso paliativo más. Esto que a nuestros paliativistas les suena a herejía es así en los países que tienen despenalizada la eutanasia en determinados casos, incluso en los centros hospitalarios católicos de Bélgica es así. Y no se hunde ni Bélgica ni la religión católica. Hoy, todavía el número de personas que recurren a prácticas eutanásicas, sea el suicidio médicamente asistido, sea la eutanasia propiamente dicha, es bajo, alrededor de un 2 o 3 por ciento de las muertes pero hay que tener en cuenta que si la muerte es todavía un tabú en nuestras sociedades, la muerte voluntaria y especialmente el suicidio lo son aún más.
dP.- Cada minuto muere una mujer africana por problemas en la gestación ¿No resulta éticamente inaceptable el diferente modo de morir (y de vivir) que tenemos los seres humanos según hayamos tenido la suerte de nacer en unas áreas u otras del planeta?
 
LM.- Claramente. La desigualdad y la injusticia social son importantes dentro de nuestras sociedades «desarrolladas» pero es clamorosa entre unas sociedades y otras. Lo que comentaba antes: mientras nosotros luchamos por el derecho a morir dignamente, en la mayor parte del planeta se está lejos de poder vivir con la mínima dignidad propia de los seres humanos.
A lo mejor tiene algo que ver en este estado de cosas el que los que han dictado la moralidad pública en occidente hasta recientemente, anden más preocupados por nuestros embriones no nacidos que por las personas nacidas del tercer mundo.
Desde mi punto de vista, cuanto más consciente se es de los propios derechos y más se es capaz de reivindicarlos y pelearlos, más universalista se hace la reivindicación. La solidaridad entre pueblos está ligada a la conciencia de clase, y esto no es una novedad que se me ocurra a mí ahora. Entre quienes intentan saltar las vallas de Ceuta y Melilla y quienes no pueden encender la calefacción ni comprar los libros de sus hijos a este lado de la valla hay más en común que entre estos y quienes detentan el poder económico que controla la política. Saben que su posición de poder está supeditada a nuestra incapacidad para agruparnos como clase y por eso se empeñan en hacernos ver que nuestros enemigos son los que saltan las vallas en lugar de quienes las mandan levantar.
dP.- Nuevamente, muchas gracias doctor por la claridad de sus respuestas, abusando de nuevo de su buena disposición para responder a nuestras preguntas, continuaremos reflexionando con usted acerca de los derechos del paciente.
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