La monja y el seminarista

Cuando los clérigos gobiernan, los países se van a pique. España está gobernada por clérigos. No son católicos, ¿qué más da? Son devotos de San Correcto. Pero los clérigos son clérigos, sea cual sea su religión. Y proceden de igual forma en todas partes.
España está gobernada por una monja de fuertes convicciones religiosas: Mª Teresa Fernández de la Vega. Y por un seminarista, con devotas creencias en las creencias de la monja: José Luis Rodríguez Zapatero.
Manda más la monja que el seminarista. La primera tiene una exacerbada fe en San Político Correcto. El segundo tiene una fe más light, pero está admirado de la fe de la monja. Es su meta. Y sigue fielmente sus dictados. A la conjunción de ambos se deben gran parte de las injusticias perpetradas en España en los últimos años. Los gobiernos clericales, en su fundamentalismo, cometen siempre flagrantes injusticias, injusticias, además, que nadie se atreve a señalar, ya que la excomunión pesa sobre el más mínimo disensor. A Fernández de la Vega y a Zapatero se debe que España no haya sido gobernada en lo sustancial y que ahora sea un país que va a la deriva. Suele ocurrir: cuando sólo interesan los asuntos del cielo, lo mundano se descacharra. A ambos se debe que España haya sido abandonada a su suerte mientras toda la maquinaria del Estado era dirigida a maniatar las conciencias de los españoles para hacerlos discípulos de San Correcto.
Una monja en el sentido tridentino del término. Cuando fue nombrada en 2004 vicepresidenta primera del gobierno, Fernández de la Vega se reunió sólo con las mujeres de su ministerio. Los hombres, fuera. Ella era la ministra de Presidencia y, por tanto, su poder era sobre unas y otros, pero pasó de los otros. Los ignoró. Ellos no eran dignos de compartir el histórico nombramiento. Un revelador símbolo de las leyes injustas, sexistas y discriminatorias que estaban por venir, y que han dado como resultado que la mitad de la población española, la población masculina, se halle hoy indefensa ante ley, con el silencio miedoso de instituciones y partidos políticos. Y que ha dado como resultado que, ante cualquier lista o gobierno, los hacedores deban anteponer el sexo de los candidatos a sus méritos. Locuras semejantes sólo son posibles en países aletargados por el miedo, en cuya imposición los clérigos son expertos. La demencia política sólo es factible en países sin conciencia, donde lustros de persecución del pensamiento libre propician comportamientos obedientes y canónicos.
Mª Teresa Fernández de la Vega no sólo tiene la visión insuflada, falaz y monocorde de todo espíritu tridentino; tiene también su rijosidad. Al aferrarse a la letra, traiciona el espíritu. Y así instala la mojigatería en todo cuanto toca. Los mojigatos son inmisericordes con la formas mientras están ciegos para los contenidos. Para ellos, los seres humanos sólo cumplen y deben cumplir estereotipos. Los condenan al cliché. Por eso, todo fundamentalismo masacra la libertad, instalando su lugar la pesadumbre y las reglas inalienables.
Para los clérigos, las cosas son o buenas o malas. No hay distinciones. No hay matices. Para Fernández de la Vega, las mujeres son buenas, y los hombres, malos. En sus beatas concepciones, no cabe que haya una mujer abyecta. Y si la hay, es siempre por culpa de un hombre. Por eso, en las leyes que ha impulsado, no se contempla la violencia de la mujer. Y los juzgados especiales que ha erigido –los clérigos siempre crean jurisdicciones especiales- juzgan sólo la violencia masculina. Tampoco importa que las mujeres calumnien: el sacro gobierno que vicedirige no ha dado instrucciones para que los fiscales persigan la mentira. Para el fundamentalista, todo lo que se haga en nombre de su doctrina justifica que paguen inocentes por pecadores.
Cuando algo contradice sus concepciones, Fernández de la Vega se escandaliza. Como han hecho los píos de toda la vida: rasgarse las vestiduras ante lo que tildan de heterodoxia o impudor. Por eso, la vicepresidenta se sintió “horrorizada” cuando supo que las tres mujeres con las que se había fotografiado en Níger no eran las hijas de un empresario, sino sus esposas. Es el mismo horror que vierte sobre cualquier hecho que vulnere la ortodoxia. No hay seres de carne y hueso, no hay tampoco otros contextos ni otros paradigmas, sino el evangelio literal y unívoco de San Correcto. Para su triunfo, se ha servido hasta la saciedad de los anuncios del gobierno de España, instalando la culpabilidad en los más remotos lugares de nuestra geografía, y en lo más íntimo de los hogares. No se olvide: la culpabilidad es otra de las armas súper eficientes de la clerigalla.
La monja tiene un aprendiz de monje, un seminarista: José Luis Rodríguez Zapatero. El chico quiere ser un alumno aventajado, aunque su caletre no da para tanto. A él le han dicho que la fe de nuestros días es la de San Correcto, y, como quiere ser un hombre moderno, la ha abrazado con fervor. Lo mismo hizo Constantino con el cristianismo. Así que todo lo que la monja le propone a Zapatero, va al Seminario y se vota. Han convertido el Parlamento en un Seminario. Y han llenado de leyes religiosas la vida de los españoles. Y han hecho de nuestro país el más devoto de San Correcto. Y los que debían oponerse callan acoquinados.
Como cuando España fue gobernada por Cisneros a través de Isabel la Católica. Como cuando sor María Jesús de Ágreda la gobernaba con la aquiescencia de Felipe IV. Como cuando los primados de España dictaban costumbres y leyes de manos de Franco.
En España, siempre han sido malos tiempos para la laicidad. España fue algo laica con Manuel Azaña. España fue algo laica con Felipe González. España fue incluso algo laica con Aznar. Pero ahora ese algo ha desaparecido y España ha vuelto a ser el país religioso de siempre. Con el descrédito de la religión católica, el pueblo estaba falto de doctrina. Y la monja y el seminarista han encontrado una oportunidad única para instalar a su santón. Y han colocado a San Correcto en los altares. ¡Y ay de aquél que lo mancille en lo más mínimo!
España, país de los clérigos. País de los siervos sumisos, aterrados.

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