La mitología religiosa

Qué hartazgo del esoterismo pueril de "El Código Da Vinci", de su supuesto inventario de trasgresiones religiosas, de ingenua literatura de conspiración y de su previsible argumento, que el "listo" de Dan Brown ha vampirizado sin pudor de la literatura barata que durante décadas ha llenado de polvo los quioscos.

Y ahora, después de soportar durante meses los escaparates de las librerías escupiendo esta basura entre cubiertas, llega la pesada parafernalia de la película que, probablemente, esté a la altura del libro, un producto sin ninguna cualidad literaria.

Sin embargo, eso no es lo más grotesco. Lo ridículo es la rabia de la Iglesia para intentar impedir que la gente vea el engendro en fotogramas. Comprendo que las instituciones eclesiásticas contemplen con temor la amenaza de esta historia de enigmas religosos, sobre todo, ante la frágil formación cultural que hoy domina el mundo. Pero debemos tener en cuenta que una sólida cultura también ayuda a plantearse dudas sobre ciertos dogmas religiosos.

Intentar que no se vea El Código Da Vinci es tan infantil como la historia que cuenta y cómo se cuenta. A estas alturas de la Historia no hay duda de que las religiones son fruto de concilios, acuerdos y demás pactos con la ortodoxia para aunar criterios y no crear fracturas en el pensamiento único que acompaña a las creencias religiosas. La materia de los evangelios apócrifos esta llena de esas historias curiosas que nunca se contaron, que quedaron perdidas en los siglos, ocultadas por el poder oficial de la Iglesias que siempre pretendió relatar una historia única, grande e infalible.

Y acudir ahora a ver la dichosa cinta es un acto de libertad que no debe ser reprimido, más que con la prevención para salud mental con que se debe ver una mala película.

La Iglesia debería dejar de asustarse con las repercusiones imprevisibles que tiene la libertad y abandonar su empeño en agrupar al rebaño en el establo, a salvo del azote de los vientos traidores y las lluvias de la seducción.

Las historias religiosas, esas que embellecen los museos, que inspiraron tantas partituras musicales o que sirvieron aa levantar monumentos gloriosos, deben también abrirse a los juegos de ficción—o de la realidad disfrazada de ficción—y al análisis riguroso del ensayo. Sólo así resistirá los nuevos tiempos. El que es creyente seguirá siéndolo y para el resto, la religión seguirá siendo eso, una hermosa historia mitológica.

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