La milenaria homofobia

Los cambios en los juicios de valor se gestan en las sociedades mucho más lentamente que las transformaciones en las leyes y las instituciones.

Los avances del proceso civilizatorio suelen ser obra de minorías ilustradas que bogan a contracorriente de prejuicios ancestrales —cuyo origen se pierde en las penumbras— arraigados en amplias capas de la población. Uno de esos prejuicios, terca y nocivamente persistente, es el que da lugar a la homofobia.

En el Antiguo Testamento la homosexualidad es una abominación que amerita un severo castigo. El código levítico es contundente: “Si uno se acuesta con otro como se hace con mujer, ambos hacen cosa abominable y serán castigados con la muerte; caiga sobre ellos su sangre”. En el relato de Sodoma y Gomorra se presenta a los homosexuales con un apetito sexual desordenado, capaces de cualquier cosa con tal de satisfacerlo. Cuando los dos ángeles enviados por Yavé van a ver cómo están las cosas en Sodoma, se alojan en casa de Lot. Enterados los hombres de la ciudad, todos, jóvenes y viejos, rodean la vivienda exigiendo que les sean entregados los huéspedes para conocerlos (sexualmente). Por tanta depravación Yavé hizo llover azufre y fuego.

La condena bíblica a la homosexualidad no deja lugar a dudas, pero es la contenida en diversos pasajes de libros del Viejo Testamento. En las palabras de Cristo, en cambio, no podrá encontrarse una sola frase que recrimine las prácticas homosexuales. Así que la condena de la Iglesia católica a la homosexualidad tiene fundamentos bíblicos, pero nada de inspiración cristiana. El papa Francisco ha dicho que no se siente autorizado para condenar a los homosexuales.

En el siglo XVI, en algunas regiones de Europa la pena para los varones sorprendidos teniendo relaciones sexuales consistía en ser clavados por el pene a un poste durante 24 horas en el centro de la ciudad, de donde se les llevaba fuera de las murallas para que murieran quemados. En el siglo XVIII, en la Real Armada Británica a los homosexuales se les castigaba con mil latigazos. En esa misma centuria, Thomas Jefferson propuso que la sodomía ya no se castigara con la pena de muerte sino con castración. A principios del siglo XIX algunos homosexuales detenidos por la policía en un club londinense fueron sentenciados a tres años de prisión después de ser sometidos al escarnio público en la picota, donde se les arrojaron huevos, barro y gatos muertos. A finales de ese mismo siglo, Oscar Wilde fue condenado por sodomía a trabajos forzados.

A la última edición revisada por él mismo de El mundo como voluntad y como representación, Schopenhauer adicionó algunas páginas, que agregó a su metafísica del amor, sobre la homosexualidad. Es el primer filósofo moderno occidental que trata el tema. “La sodomía, considerada en sí, es una monstruosidad, no sólo contraria a la naturaleza, sino altamente aborrecible y repugnante”.

Los denominados sistemas socialistas han sido en materia sexual tan puritanos y prejuiciosos como la Iglesia católica: la discriminación y la persecución contra los homosexuales fue, en ciertos periodos, tan feroz como en la Alemania nazi, donde en las cámaras de la muerte de los campos de concentración se asesinó a millares. En el Gulag soviético padecieron y murieron enormes cantidades de seres humanos cuyo único delito era practicar una opción sexual que la “ciencia comunista” de Pávlov calificaba de perversión urbano-burguesa. En la China Popular de Mao Tse Tung se les fusilaba. En Cuba, el régimen castrista creó las unidades movilizables de apoyo a la producción, que eran en realidad campos de concentración donde eran segregados homosexuales de uno y otro sexos junto con criminales y disidentes políticos.

Aunque en las sociedades democráticas se han ganado batallas cruciales contra la discriminación de los gays y el matrimonio homosexual ya está reconocido en 15 países europeos, además de Canadá, Sudáfrica, Nueva Zelanda, Estados Unidos, Argentina, Brasil, Uruguay y México, al menos en 75 países se siguen tipificando penalmente las relaciones entre adultos del mismo sexo. En varios regímenes de inspiración islámica los homosexuales son condenados a la pena capital.

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