La mejor enseñanza

En estos tiempos en los que tanto se habla de Educación, que enfrenta visceralmente, en muchos casos, a las distintas opciones políticas e ideológicas, creo digno recordar a un personaje excepcional que inspiró la corriente pedagógica más importante de nuestra historia y que en estos días se han cumplido cien años de su fallecimiento (el 18 de febrero). Estoy hablando, lógicamente, de Don Francisco Giner de los Ríos, creador de la Institución Libre de Enseñanza (ILE), en 1876. Una Institución laica que predicaba la libertad de enseñanza, sin adoctrinamientos religiosos, ni ideológicos ni políticos, que adoraba la cultura y la ciencia y que acercaba la rigidez y frialdad de las aulas a la realidad social (sacar los libros al monte, como lo definían algunos). De esta forma se despertaba en los alumnos el espíritu crítico y reflexivo, en esa heterodoxia que debe presidir siempre cualquier actuación humana, puesto que ni hay verdades absolutas ni hay dogmas universales.

La ILE consagró su esplendor con la proclamación de la II República y el interés de ésta por sacar a España de la ignorancia (en 1930 había un 32 % de analfabetismo), de que todos los niños españoles fueran escolarizados y de que la enseñanza fuera pública, universal, libre y gratuita. Durante la etapa republicana se construyeron infinidad de escuelas. Incluso el Gobierno Provisional, en 1931, proyectó la construcción de 27.000 escuelas (aunque el tiempo y los luctuosos acontecimientos posteriores no lo permitieron), se mejoró la formación del profesorado, se dignificó la figura del Maestro y se impulsaron las libertades de cátedra y de conciencia en la enseñanza. También se crearon las “Misiones Pedagógicas”, un Patronato que tenía por finalidad la solidaridad cultural y que reunió a más de 500 voluntarios (maestros, profesores, artistas, músicos y otros intelectuales), entre los que se encontraban figuras tan relevantes como María Zambrano, Luis Cernuda o Alejandro Casona. Se constituyó en una escuela ambulante que logró visitar y educar en más de 7.000 pueblos y aldeas entre 1931 y 1936. Aquélla escuela ambulante, en palabras de su fundador Bartolomé de Cossío, era un lugar “donde no hay que aprender con lágrimas” y “donde no se pondrá a nadie de rodillas como en otro tiempo…”. Durante la República también se fraguó el famoso “Himno escolar republicano”, del que quiero resaltar estos versos:

Vengamos niños a la escuela
con fe y constancia sin igual;
que el Maestro guía nuestros pasos,
con cariño siempre paternal.
Y al calor de invicta bandera
conquistemos nuestra libertad
y haced que España sea siempre
cuna amorosa de fraternidad…

¡Qué pena!, porque después, y durante la larga dictadura franquista se volvió a la escuela cañí, la caciquil e inquisitorial de “la letra con  sangre entra” ó “a palos se hacen los hombres”. Cuando finalizó la guerra muchos maestros republicanos fueron condenados a muerte, otros, con más suerte, fueron desposeídos de su título y profesión y los más afortunados, después de ser depurados por el Régimen, fueron trasladados a diferentes escuelas alejadas del lugar donde residían.

Entre los discípulos más destacados de la ILE se encontraban personalidades tan relevantes como Clarín, Azaña, Julián Besteiro, Manuel de Falla, Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado, Severo Ochoa, María Zambrano, María Moliner, Ortega, Unamuno ó Dorado Montero (a quién expedientaron en nuestra Universidad Salmantina debido a denuncias de individuos de la sociedad ultraconservadora de la época, por explicar, según éstos, “doctrinas heréticas” contrarias a la moral católica).

Como homenaje a Giner de los Ríos, quiero recordar los últimos versos del poema Cuando se fue el Maestro, que su discípulo Antonio Machado le dedicó a los pocos días de su muerte:

Su corazón repose
bajo una encina casta,
en tierra de tomillos, donde juegan
mariposas doradas…
Allí el Maestro un día
soñaba un nuevo florecer de España.
 
JULIO FERNÁNDEZ / Profesor de Derecho de la Usal
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