La matanza de Nueva Zelanda, el reflejo del auge supremacista en Occidente

La muerte de medio centenar de musulmanes que rezaban en dos mezquitas de Nueva Zelanda la plegaria del mediodía del viernes, vuelve a poner sobre el tapete el peligro que representan los supremacistas blancos para la convivencia, un peligro al que las autoridades occidentales no hacen frente con el rigor que sería necesario.

Más de un millón y medio de personas quisieron ver el vídeo de la masacre de las dos mezquitas de Christchurch antes de que fuera retirado por los administradores de las redes sociales, aunque la grabación ha continuado circulando desde otras direcciones, e incluso ha habido importantes cadenas de televisión occidentales que la han transmitido.

A estas alturas, es evidente que una parte considerable de los medios de comunicación, especialmente de la derecha y de la extrema derecha, han contribuido a impulsar el clima de islamofobia que afecta a Occidente desde hace lustros, un clima al que han contribuido directamente destacados líderes de la derecha, como Donald Trump o el exsecretario de Exteriores británico Boris Johnson.

Estos últimos días se ha señalado que tanto el presidente Trump como los primeros ministros Theresa May y Benjamín Netanyahu han condenado los ataques en Twitter sin mencionar que las víctimas fueron musulmanes, una omisión que es significativa y que probablemente no se habría producido de ser de otra confesión.

La islamofobia no es un fenómeno que se reduzca a Occidente como muestran la limpieza étnica de los rohingya en el sudeste asiático, o la persecución de los musulmanes en la India por parte de los hindúes nacionalistas, o la persecución en China. Sin embargo, es al mismo tiempo un fenómeno claramente occidental.

En Europa y en Estados Unidos se discrimina habitualmente a los musulmanes en la vida cotidiana. Un caso especial es la actitud de los cristianos evangélicos en Estados Unidos, una religión que en los últimos lustros se está asentando preocupantemente en muchos países de Latinoamérica y que se distingue precisamente por su carácter derechista radical en lo político y por su hostilidad hacia el islam.

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La “guerra contra el terrorismo” tras losatentados del 11 de septiembrede 2001 ha servido para alimentar la islamofobia y ha suscitado una desconfianza general hacia todo lo musulmán y hacia todos los musulmanes, prácticamente sin distinción, a pesar de que los islamistas radicales constituyen una fracción mínima de los musulmanes occidentales.

En un informe de 2011, es decir de justo diez años después de los atentados del 11-S, el Centro Contraterrorista Nacional dependiente de la administración de Washington, constataba que el número de estadounidenses muertos por terrorismo en los cinco años anteriores eran musulmanes entre un 82 y un 97 por ciento, un porcentaje claramente revelador de los niveles a que ha llegado la islamofobia en Estados Unidos.

Las mismas autoridades que persiguen con ahínco cualquier forma de antisemitismo, o cualquier otra forma de racismo en las redes sociales, parecen mirar hacia otro lado cuando el odio se dirige a los adeptos del islam, algo que no solamente ocurre en Norteamérica.

La tragedia de Christchurch debería servir de acicate para despertar a las autoridades occidentales, y especialmente a las autoridades europeas, para enfrentarse a la islamofobia usando todos los medios a su alcance. Desgraciadamente, no parece que esto vaya a ocurrir.

En el manifiesto de 74 páginas que el supremacista australiano Brenton Tarrant, el principal autor de la masacre, envió a distintos destinatarios poco antes de los atentados, escribió: “Soy un hombre blanco normal, de una familia normal, que decidió dar este paso para asegurar el futuro de mi pueblo”.

Entre los inspiradores de los ataques citados por Tarrant en su manifiesto figura el canadiense Alexandre Bissonette, quien en enero de 2017 atacó una mezquita en Quebec matando a seis musulmanes. Bissonette, que recientemente ha sido condenado a 40 años de prisión, era un orgulloso admirador de Trump.

Al igual que ocurre en el seno de los nacionalismos o de las religiones, los supremacistas apelan a los sentimientos y no a la razón. Sus direcciones en las redes sociales se multiplican a pesar de los esfuerzos de compañías como Google, YouTube o Facebook por eliminarlas, una tarea que parece condenada al fracaso desde el momento que los vídeos vuelven a colgarse en otras direcciones y con otros títulos para despistar a los controladores.

Los mensajes más o menos encubiertos que envían ciertos políticos de la derecha tampoco ayudan. El congresista republicano Steve King, de contrastadas raíces supremacistas, dijo no hace mucho: “No podremos restaurar nuestra civilización con los hijos de otros”, en clara referencia a los niños musulmanes. Este tipo de ideas están arraigadas en gran parte de la derecha occidental.

En Estados Unidos, la patria del congresista King, en los últimos tres años los supremacistas blancos han atacado seis instituciones musulmanes, incluidas tres mezquitas, a pesar de que el porcentaje de musulmanes que viven en ese país es relativamente muy pequeño.

Aunque a primera vista no parece que la elección de Nueva Zelanda tenga alguna motivación concreta, por ser un país donde los musulmanes solo representan el 1,2% de la población, sí que tenía un significado para Tarrant: “Un ataque en Nueva Zelanda traerá a la verdad la agresión que sufre nuestra civilización, que no está segura en ninguna parte del mundo. Los invasores están en todas partes, incluso en las áreas más remotas del mundo. No queda ninguna parte que esté a salvo y libre de la inmigración masiva”.

Las señales de alarma están ahí pero los líderes occidentales no están respondiendo como deberían hacerlo, es decir declarando una guerra total contra todas las formas de racismo y en este caso particular contra el supremacismo blanco que cuenta con el apoyo implícito o explícito de importantes sectores de la derecha, incluidos algunos de los líderes y representantes de los ciudadanos.

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