La masculación precoz de los ministros

Todo quisqui puede manifestar su euforia y devoción. Cantar el “novio de la muerte”, no tendría por qué ser causa de incendio social si pensamos que su origen es un cuplé que evolucionó a marcha de desfile procesional. No hay nada mejor que una canción que llevemos dentro para expresar quiénes somos, puesto que la música tiene mucho de emocional y concreto, y hay canciones que se nos pegan como una banda sonora a nuestra vida y no hay forma de olvidarlas. El asunto, todo el mundo sabe, es que esta canción militar tiene ideología, como muchas otras. A las canciones, como a los bueyes, se las puede aparejar a una ideología y aran para el amo que las azuce. Cuando Millán Astray la hace suya para que la canción le represente, uno puede estar ya más o menos de acuerdo sabiendo el mucho peso atómico sumergido en las notas y cantarla en conciencia. O también pueda decir que uno la canta por otros motivos ajenos a la canción, y excusado queda.

El problema no es quién canta y lo que canta. El problema de las canciones es a quién se la cantas y para qué. “Grândola Vila Morena”, quien la escuchaba derrocaba a un dictador. A Victor Jara, un dictador le cortó las manos por cantar. Por ejemplo, respecto a esta tonada: ¿Qué piensan los curas? ¿Es la más adecuada para su Dios? O, como subvencionan colegios privados y familias numerosas, (serán del Opus, porque en mi barrio da la vida para un parto nada más y como mucho gemelos) por ellos cantada, vale.

Pero yo creo que se cantó como parte de una respuesta de mayor calibre. Esta Semana de Pasión se ha retrasmitido en los medios de desinformación como sólo se hacía en tiempos del Dictador. El Ejército, en un país democrático y laico, tiene otro sentido muy diferente al de su utilización a media asta. Fue una respuesta de machos, oficial, desde el Estado, a la movida de las mujeres demandando igualdad. Fue una expresión de violencia en espacio público, un orín verbal de cabríos. Se sabe que el hombre, al contrario que la mujer, es más vulnerable a las reglas del poder. Ministros, elegidos para representar a una comunidad, se vieron en conflicto de lealtades, pues por un lado representan al pueblo pero por el otro querían emular al verdadero poder financiero masculino que les manda. Se cuadraron en la fila, al paso de la tropa legionaria (y lo que representan de masculinidad y violencia) y decidieron hacer coro al poder. El dolor, para ellos, está dentro de un marco de héroes y mártires, de guerra embriagadora, de no hacer prisioneros, de soldados de Cristo Rey. Fueron ministros reforzando políticas culturales con este relato de la virilidad. Gritando, desde su altar de obediencia, para no oír. Cantando para acallar a los desaparecidos en las cunetas y a los 300.000 niños robados de sus madres tras la guerra incivil de España que estaban siendo llamados a la resurrección por un Nazareno que pedía una canción contra la crueldad del dolor infringido por los semejantes. Nos significamos cantando, sí… y oyendo sin rechistar.

Fernando Martín

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*Los artículos de opinión expresan la de su autor, sin que la publicación suponga que el Observatorio del Laicismo o Europa Laica compartan todo lo expresado en el mismo. Europa Laica expresa sus opiniones a través de sus comunicados.

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