«La marginación de la mujer es el mayor escándalo y la gran blasfemia del Cristianismo»

Si, como escribiera León Felipe, la palabra es un ladrillo, con las de Tamayo (Amusco, Palencia, 1946) podría levantarse la más alta torre. Una torre de titulares, de palabras como puñetazos. Alma libre, proscrito para la jerarquía de la Iglesia, este hombre lúcido y valiente habló ayer en Burgos, invitado por Iglesia Viva, sobre la utopía de una Iglesia laical.

Acaban de vetarle en Barcelona por una charla como ésta. ¿Tanto miedo tiene la jerarquía a quienes se salen del guion oficial?

Está muy bien utilizada esa palabra: miedo. En este momento, la jerarquía tiene miedo a lo nuevo, a lo creativo, a aquello que supone aportar respuestas nuevas a los problemas nuevos. La jerarquía se encuentra siempre más cómoda en general -la mayoría- mirando al pasado que ubicada en el presente; con añoranza a lo que sucedió, a la tradición, más que respondiendo a los desafíos de la sociedad. Por eso que cuando determinados teólogos o personalidades del mundo religioso cristiano proponen alternativas, se asustan y recurren al báculo no para pastorear a las ovejas sino para golpearlas.

Ese empecinamiento, ese anclamiento en el pasado, ese pensamiento único ¿no hace daño a la Iglesia?

Claro. Si algo ha caracterizado a la Iglesia en estos 2.000 años de historia ha sido la diversidad: organizativa, teológica, litúrgica, de respuestas a los problemas morales… Una pluralidad de modelos a todos los niveles. Por eso sorprende la uniformidad y el pensamiento único que se quiere imponer hoy.

¿Sería más necesario hoy que nunca un nuevo Vaticano II?
No. Sería una mirada retro. El Vaticano II fue una excelente iniciativa de Juan XXIII, que se dio cuenta de que la Iglesia estaba anclada en el pasado y vivía, desde el punto de vista cultural, en el paradigma de la Edad Media. Se dio cuenta de que era necesario adaptar la Iglesia a la nueva sociedad, al nuevo tiempo histórico, a los cambios culturales.El Concilio Vaticano II respondió de manera muy acertada a los problemas que entonces tenía planteados el mundo. Y hoy hay que responder de otra manera, más creativa. No hay que volver la mirada al Vaticano II salvo para recuperar lo mejor de aquella herencia, una herencia que hay que activar y mejorar.

¿Qué podría plantearse?
Quizás un Concilio, pero no al modo clásico, y desde luego no en el Vaticano. Creo que todo lo que tiene que ver con el Vaticano refleja centralismo, autoritarismo, verticalidad, falta de respeto al pluralismo… Hoy se necesitaría un Concilio pero no al modo clásico, que es aristocrático, en el que solamente participarían los mitrados, los jerarcas. Y yo creo que es necesario ahora mismo una asamblea universal de todo el Pueblo de Dios, de toda la comunidad cristiana. Y el lugar de celebración no podría ser el Vaticano, que no refleja la universalidad de la Iglesia.Si tiene que haber un nuevo Concilio tendría que celebrarse en el Tercer Mundo, donde el cristianismo demuestra más vitalidad y más compromiso con los pobres.

¿Cómo es posible que se haya vivido una involución; que, lejos de avanzar con los tiempos, la Iglesia haya retrocedido y se haya hecho más conservadora? ¿O habría que decir neoconservadora?
Creo que la expresión neo refleja muy bien la situación actual de la Iglesia. Todas las tendencias que llevan delante el término nuevo suelen ser peores que la marca original. Es correcto decir neoconservadurismo porque la Iglesia en este momento está haciendo una restauración del pasado; la elaboración de un pensamiento tradicional que no se corresponde con este momento histórico. Por tanto, es un elemento más negativo todavía de lo que ha sido el conservadurismo, al que añade unos planteamientos integristas con una cierta tendencia fanática.
Hay quienes no entienden que la jerarquía se haya alejado tanto del verbo de Jesús, de estar al lado de los preteridos de la tierra. La Teología de la Liberación es eso y, sin embargo, ha sido perseguida de manera inquisitorial.
De nuevo volvemos a la palabra que usted utilizó al principio. Y es miedo. Cuando se condena la Teología de la Liberación no se condena una desviación doctrinal o una herejía. ¿Qué subyace a esas condenas? El miedo a los pobres, al alejamiento de los pobres.Los que condenan, los inquisidores (que siguen existiendo) están ubicados en situaciones de poder, en ámbitos de privilegios, en un lugar social poderoso. Cuando ven que un sector de la Iglesia cambia de ubicación social están denunciando esa instalación en el orden establecido que tiene la jerarquía en su mayoría. Ahí está la gran traición al Evangelio de Jesús.

Usted ha denunciado el papel humillante de la mujer en el seno de la Iglesia. ¿Cómo podría invertirse esa situación?
Es el mayor escándalo que está dando al mundo la Iglesia católica. Veinte siglos después del nacimiento del Cristianismo, dos siglos y medio después del feminismo como teoría de la igualdad y movimiento social de lucha por la emancipación de las mujeres, me parece escandaloso que la Iglesia no solamente no se haya movido en dirección a la igualdad, sino que está dando pasos cada vez más rápidos hacia la desigualdad.Las mujeres son en la Iglesia la mayoría, y curiosamente una mayoría silenciosa y silenciada. Son las que se llevan la peor parte. No son considerados sujetos morales, ni religiosos, ni visibles, ni sacramentales, ni eclesiales, ni teológicos. Son marginadas en todos los sentidos.La marginación de la mujer es la gran blasfemia del Cristianismo. Pero curiosamente se da un fenómeno muy peculiar.Pese a todo lo dicho, las mujeres son las más fieles seguidoras de las orientaciones jerárquicas. La teología feminista es una de las grandes esperanzas del futuro de la Iglesia. Sin embargo, la jerarquía reacciona y acaba por ahuyentar a las mujeres, igual que ha hecho con los jóvenes y los intelectuales.De seguir así, el catolicismo se convertirá en una zona desértica.

¿Pasa el futuro del Cristianismo por frenar ese éxodo y recuperar a la gente, por una Iglesia laical, que es la utopía que usted propugna?
Claro. Sin laicos no hay Iglesia. La Iglesia clerical es una de las grandes traiciones contra el Evangelio de Jesús. El principio no fue la Iglesia, sino el movimiento igualitario de Jesús, movimiento de hombres y mujeres. La regeneración de la Iglesia debe hacerse a través de esa utopía de Iglesia laical, porque su base es el pueblo.

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