La madre de todas las Córdobas

Vengo de pasar unas breves jornadas en Córdoba, España, de encuentro de gente que constituimos una representación del afán laicista de la sociedad, encuadrados en EUROPA LAICA.

Cuando te sientes en el foro y empiezas a presentir, a saber y a anotar mentalmente la tipología intelectual de la gente que acude a una llamada semejante, te das cuenta; ¡pero que mucha cuenta!, de que habrá habido inquisición, de que habrán estado señalando por muchos años seguidos con el franquismo con el dedo selectivo, podrido, achicando tiempos de estancia en esta tierra a mucha gente inocente; de que ahora disponen de todo el poder económico local, regional, nacional, y casi la mayoría del mundial; podrán inmatricular (robar en arameo) la propiedad privada; no pagar impuestos, ni luz ni agua ni ser solidarios con las sociedades donde viven, etc. etc.

Pero, al final, como enfrente tienen ahora la cultura y la ciencia, como nunca antes la han tenido, tendrán los cleros: la clerecía, que ganarse su jornal, o montarse en la chepa económica de los que ellos llaman sus fieles, cosa que lo saben hacer con la perfección del jinete experimentado al que el caballo, al final, aburrido, lo deja sobre su lomo en espera de circunstancias apropiadas.

Falta muy poco para que el gran tremendo fenómeno social que representa el futbol, estén en manos clericales más allá de letras de himnos futboleros donde son unas vírgenes determinadas las que hacen los pases para que un científico delantero, cuaje el tremendo milagro de que una pelota pase bajo un rectángulo, que ya lo llaman arco, para que evoque una hornacina eclesial; pero, a pesar, a no mucho, en nuestro caso español, ese solaje religioso del mundo oriental, tendrá, como todo quisque, que ganarse su existencia sin privilegios de ninguna clase.

El sacar la religión de la escuela; de la Universidad las capillas; los capellanes de los ejércitos, será, porque ya lo va siendo, una necesidad de respeto hacia las demás gentes, que aunque no tuvieron la enorme suerte de que sus abuelos vivieran en el paraíso terrenal, ni a lo mejor sus papis no tienen cuentas corrientes en esos otros paraísos fiscales que controlan directamente el clero, son gente que no tienen, que no tenemos, un por qué financiar esos corpúsculos sociales, que hoy por hoy, su carga iónica es negativa en todos los conceptos de la vida.

Pero si vengo de Córdoba en primavera; si vengo de la Córdoba madre de todas las Córdobas, y emulado a doña Gabriela Mistral iba caminando por sus hermosas y vitales calles canturreando para mis adentros aquello de ser ciudad de ciudades, de ser madre de todas las calles alegres de la tierra, en Córdoba es donde se aprecian, probablemente mejor en otro sitio alguno, que los fundamentalismos, como las epidemias, como la zonas de pandemias, con el tiempo se van al carajo, y quedan los Puentes Viejos, para comunicar orillas opuestas de las aguas.

Todo abuso social, y el clero vaticano lo es en España sin ir más lejos, por un principio universal de reacción a la acción, tiene que hacer que emerjan fuerzas que emparejen algo, especialmente una acción negativa, que inclina el árbol de la vida hasta que da con sus ramas en el suelo y pudre su fruto.

Contra esa acción que no permite que el hombre sonría por las alamedas, que no permite que el hombre se sienta contento consigo mismos y con la herencia recibida de sus mayores que acaparan otros, caso de la Mezquita y miles y miles de cachicos más de herencias por todo el mundo adelante, pronto tendrán que venir tiempos que pongan las cosas en su lugar correspondiente. Porque el agua siempre tiene que caminar por la cuesta abajo, y la religión tiene que ser algo libre, algo voluntario, que ocupe su espacio, pero que no lo inunde todo ahogándolo.

Juan Eladio Palmis Sánchez

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