La laicidad para 2017 y más allá. De la insumisión a la emancipación

En un plano propiamente político, el laicismo que se expone en la obra es republicano: hace valer el espíritu público y el interés general, y se fundamenta en la universalidad del pueblo como cuerpo político de los ciudadanos libres e iguales en derechos.

«La laicidad para  2017 y más allá. De la insumisión a la emancipación». De. François Coq y Bernard Teper (Pensar y actuar, Eric James, ediciones) asume su elección política. Sus autores no se someten a la norma de una laicidad del «vivir juntos inclusivo», falsamente consensuada, que oculta un posicionamiento social-liberal. No, la laicidad no es neutra – explican- , encarna un modelo político y se sitúa hoy en el corazón de una apuesta histórica: en 2017, Francia verá las comunidades enfrentándose o el pueblo refundiéndose . Semejante a lo que Louis Althusser decía de la filosofía, la laicidad es hoy semejante a un campo de batalla, donde las posiciones son tomadas, perdidas o vueltas a tomar, se convierten en minoritarias o hegemónicas… En este terreno de lucha  en que se ha convertido el laicismo, donde se trata de ocupar la posición central, ¿el laicismo significaría todo y su contrario, a fuerza de derivaciones, de recuperaciones y de puestas al día?

Hoy, casi todo el mundo en Francia se declara laico, incluidos aquellos que antes atacaban a sus defensores. La confusión de pronto llega al colmo, puesto que se afirman laicos nostálgicos del concordato, comunitaristas, xenófobos y racistas de todo tipo. El Frente Nacional que ayer se oponía a la ley escolar del 15 de marzo de 2004, reclama hoy su extensión al conjunto del espacio público. En esta confusión, Teper y Cocq  no se colocan del lado de un laicismo autoritario porque dudan que una multiplicación de prohibiciones y otros «delitos de trabas al laicismo» haga recular a los integrismos religiosos. No se les verá evidentemente en el campo de un laicismo abierto a los «indígenas» de la República, difusores de odio. Pero no se repliegan detrás de un laicismo obsesivo que se coloca como último baluarte de la República. Y serán condenados sin compasión por los detentadores del «laicismo abierto e inclusivo» para quiénes el estado es laico pero no el pueblo, y que se representa este último como una  suma de subconjuntos yuxtapuestos y de identidades comunitarias fijadas, a propósito de las cuales no procede contestar las dominaciones, los sectarismo o las violencias. Por su visión de una laicidad reducida a la neutralidad bondadosa del Estado con respecto a las religiones, los laicos inclusivos convienen al capitalismo globalizado. Muy diferente es el papel que «el laicismo para el 2017» asigna a la laicidad. Presentando el laicismo como una «brújula» Cocq y Teper afirman un proyecto político republicano y Democrático: el del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. Siguiendo varias generaciones militantes, luchan por imponer su interpretación popular del laicismo, usando libremente fuentes etimológica de la palabra laicismo: Del griego, se sacará el pueblo, unión por encima de las jerarquías. De la fuente latina, se hará prevalecer el pueblo, la masa, las gentes de base, que nadie tiene por superiores a otros… En un plano propiamente político, el laicismo que se expone en la obra es republicano: hace valer el espíritu público y el interés general, y se fundamenta en la universalidad del pueblo como cuerpo político de los ciudadanos libres e iguales en derechos. Liberándose de la oposición estéril entre la República y la democracia, el laicismo que se sostiene aquí es igualmente democrático. Si trabajas por la emancipación del dominio de la religión sobre los espíritus, extiende este proyecto de autonomía a la soberanía del pueblo. El libro no se contenta con una connivencia etimológica entre las aspiraciones democráticas y el laicismo. Muestran que el lazo del principio de laicismo y del democrático es histórico y dialéctico. Cuando la democracia es zarandeada, el laicismo involuciona. Y, a la inversa, los progresos del laicismo son acompañados históricamente por reconstrucciones democráticas. Esta dinámica a veces descendente, a veces ascendente del laicismo y de la democracia se cristaliza en el carácter fundamentalmente social del laicismo sostenido por los autores, para quienes el laicismo está ligado a los combates por la República social.

Los autores van a las fuentes de Durkkeim quien, a pesar de sus ambigüedades, hace comprender que la atomización social amenaza el edificio republicano. En un momento en que proliferan en los medios diversos sociólogos y politólogos reaccionarios, vendedores de comunitarismo compasivo y manipuladores de la historia, Durkheim permite mostrar porqué los repuntes del laicismo republicano fueron históricamente  momentos de avances sociales y que puede ser igual mañana. Continuadores de la izquierda obrera y laica de los siglos XIX y XX, los autores estiman que la reivindicación de la libertad de conciencia trabaja sobre una » conciencia de sí social» y un rechazo de someterse a una pretendida «fatalidad de las injusticias sociales». El laicismo que plantean es la República social en cuyo seno los derechos sociales y las protecciones sociales destilan los derechos promovidos en 1789. Con datos de ayer, combates que recomenzar… hoy, el recorte de los servicios públicos, el debilitamiento de un marco social protector en materia de salud y derecho al trabajo, la política clientelista y las prácticas mafiosas en las antípodas de la virtud republicana, ofrece un terreno favorable a los colectivismo religioso, refractario de los principios republicanos de libertad y de igualdad, proveedores de identidades de sustitución y reconocimientos a bajo precio.

Pero este libro político no se ciñe a sostener la implicación recíproca  del laicismo y del pueblo,  bajo las tres declinaciones republicana, democrática y social. Percibe el genio histórico y filosófico del laicismo, de ser no solamente político sino simultáneamente humanista. Como enseña la filosofía política, los grandes modelos políticos se comprometen a visiones de la sociedad, de lo humano y del mundo. En el caso del laicismo un ideal de libertad individual atraviesa un proyecto de emancipación colectiva. Una visión de la universalidad humana, en cada uno y en la organización social, encarnada en una historia abierta, orienta el laicismo. Se comprende porque con la » laicidad para el 2017…» la historia del laicismo no comienza en 1905, ni en 1789. Hay una historia, y una prehistoria, del laicismo, perceptibles desde el siglo XVI en el rechazo de las guerras de religión, de la persecución religiosa y de los odios teológicos. Circunscrita en principio a la religión y a la consciencia, este resurgir de libertad ha tomado progresivamente un giro racionalista y político en el siglo XVII y en el XVIII.  Los autores de este libro hacen valer esta riqueza intelectual y moral del laicismo. Abandonan las escorias anti humanistas de un estructuralismo que ha envejecido mal, encuentra el humanismo universalista de Buissony Jaurès y se refieren a los combates de Lumière contra el fanatismo, por la libertad y la racionalidad. Muestran que hoy el laicismo tiene vocación de imponerse como antídoto político e intelectual de dos males  idénticos: El individualismo egoísta y el  comunitarismo gregario. La obra ve claro la réplica a oponerse a la ofensiva política que lleva a cabo hoy el islamismo, que concierne al conjunto de los demócratas porque, como escribe Gilles Kepel, » el islamismo absoluto considera el pueblo soberano o demos como un ídolo a derribar y que la soberanía solo pertenece a Allah y que la única ley es la sharía». Pero los autores alertan de los peligros de un intervencionismo del poder público, sin atrincherarse detrás de un formalismo jurídico que desconoce el problema social y político, pues, escriben, «el diálogo con la religiones que conviene tener para imponer el marco republicano no puede transformarse en injerencia en la batalla teológica y política que se lleva a cabo en el seno mismo del Islam». La separación laica de las iglesias y del estado no es una ley que basta nombrar para verla aplicarse. El principio laico de separación no está conseguido nunca: su aplicación resultará siempre de una voluntad democrática y de un combate ideológico en el seno de las religiones y fuera de ellas. El combate de los católicos laicos a favor del derecho al matrimonio homosexual, a pesar de la » Manif (manifestacion) para todos», ¿no fue en ese sentido, ejemplar de compromiso eficaz?

 Esta muy buena obra militante es esclarecedora igualmente  para la escuela, otro lugar disputado en el campo de batalla en que se ha convertido el laicismo. Los laicos » abiertos e inclusivos » han olvidado que la separación de la Iglesia Católica y de la escuela pública precedió históricamente la separación de las iglesias y el Estado. Ellos prefieren ignorar capas enteras de la historia y del pensamiento laicos, pues no quieren hablar de la singularidad de la escuela pública y de la investigación pública, devastados por el ultraliberalismo. Prefieren oponer dos laicismo: el suyo, el bueno, abierto y respetuoso con las diferencias; y el de los otros, racionalistas dogmáticos y nostálgicos de la Francia colonial. No han asumido todavía la ley del 15 de marzo de 2004 porque ella presupone que la escuela pública es un lugar de enseñanza que no es comparable al espacio público de la calle. Aunque no han renunciado a minar esta ley, concentran hoy sus fuerzas contra la universidad que desean hacer comunitarista. Ellos junto con los islamistas han pasado a la ofensiva para imponer una presencia y una presión máximas. Quieren acreditar la idea de que el laicismo de la enseñanza pública sólo  concerniría al personal,  por oposición a los usuarios que no estarían  concernidos por el laicismo. Pero para ello haría falta que un alumno y un estudiante sean simples usuarios de conocimiento y consumidores de ciencias. Como dicen los autores, el campo del principio de laicismo concierne » la actividad pública de enseñanza y de investigación en sí misma «, por razones que tienen que ver con los objetivos y los métodos. La enseñanza y la investigación tienen una  necesidad vital de distancia crítica y de completa libertad de pensamiento, sin restricción ni reserva, por ejemplo religiosa. La racionalidad y el cuestionamiento libres son la regla de oro de toda enseñanza verdadera. Durkheim observaba que las propias  primeras escuelas cristianas habían comprobado la necesidad de laicismo, de racionalidad libre, de ahí que ellas procuraran enseñar conocimientos, en lugar de ceñirse a inculcar hábitos o creencias. Se comprende entonces que reclamando hoy la extensión de la ley del 15 de marzo de 2004 al conjunto del espacio público, el frente Nacional niegue, el también, la especificidad de la enseñanza pública. Sucede igual con la confusión de neutralidad laica en los servicios públicos y en las empresas privadas: al pretender alargar el laicismo a las empresas privadas sobre el modelo de servicios públicos, se minan los fundamentos republicanos del servicio público declarado de interés general y se consagra la lógica de privatización del sector público.

Con este libro, el laicismo se coloca en el cruce de varias formas y regímenes de libertad, con la búsqueda del máximo de libertad para todos. El movimiento reaccionario de la «Manif para todos» contra la igualdad de los derechos y el reconocimiento de la emancipación individual respecto a las orientaciones sexuales, se ha encontrado enfrente el laicismo militante de la libertad personal y de una sociedad emancipada de las morales religiosas, las prohibiciones y las prescripciones religiosas, según él, sólo pueden imponerse aquellos que creen.

Cocq y Teper recuerdan que el laicismo implica el derecho de practicar en paz y colectivamente su culto pero también el de interpelar » por la voz de la razón, a la religión, a la religiones, todas la religiones». Ellos no reniegan del código genético del laicismo la reivindicación del libre examen, y una resistencia opuesta al fanatismo religioso y a las guerras que éste suscita, agrava, o justifica. Siguiendo el ejemplo de Spinoza, el laicismo quiere una sociedad de paz para la libertad individual y colectiva. El libro recuerda que en Francia, el laicismo estuvo en el origen de la ley sobre las asociaciones de 1901 que refuerza las posibilidades de crear en común en el pueblo más allá de las concesiones espirituales.

El «laicismo para el 2017 y más allá» debe leerse con atención y difundirse sin moderación.

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Traducción para Laicismo.org por José Antonio Naz Valverde

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