La laicidad es cosa de todos

Me voy a permitir un comentario sobre la laicidad. ¿Vaya palabra, la laicidad! En la Universidad y en los medios de comunicación se habla de la laicidad como si fuera algo claro y sencillo para todos. Se oye por doquier "el Estado es laico", o "la Iglesia no acepta la laicidad", o "hay muchos laicistas sueltos". Pero, ¿es una palabra tan sencilla como se dice? ¿Podemos concretar mejor su uso?

La laicidad es una característica fundamental de las sociedades democráticas. Obedece a un acuerdo de todos, y es una fórmula o procedimiento que consiste en que el Estado, nuestra organización política principal, es neutral ante las distintas concepciones del mundo, es decir, los fundamentos, religiosos o no, que damos a la vida y los valores; el Estado debe respetar a todos los grupos y animar su creatividad cultural y moral, en el marco de los derechos humanos; no vale cualquier cosa, claro está; por tanto, no es neutro; estima la creatividad de su sociedad, se nutre de ella, y defiende los derechos humanos. Pero sí es neutral; es decir, que 'gane' democráticamente la 'mejor' interpretación de esos derechos.

¿Y los ciudadanos de ese Estado cómo somos laicos? Nos comprometemos a ser tolerantes y democráticos al proponer nuestras ideas y valores, y al resolver qué leyes nos damos. La laicidad, por tanto, es algo común y previo a todas las concepciones de la vida, religiosas o no, y a todos los comportamientos ciudadanos. Se puede decir que, primero, todos somos laicos, es decir, demócratas, y desde ese cimiento común somos creyentes, o no creyentes, o ateos, o agnósticos o mezclas variadas de todo esto. Primero, todos somos laicos por demócratas. El primero de todos, el Estado y su gobierno.

Queda dicho que las concepciones globales de la vida pueden ser religiosas o no religiosas en cuanto a su fundamento o explicación. Hasta hace poco, casi todas eran religiosas. Hoy, mucho menos. Pero la cosa es que cada uno tenemos nuestra forma de explicar el mundo en su conjunto, o de decir que no tiene explicación clara, que es otra forma de dar una respuesta. Tenemos, por tanto, una concepción general de la vida con la que tratamos de explicar, no de probar, sino de explicar, qué es el mundo, qué valores son fundamentales, qué está bien y qué está mal, qué es vivir feliz, qué esperamos después de la muerte, qué esperamos de los otros. En fin, la respuesta particular a las últimas preguntas es nuestra cosmovisión o visión general de la vida. Son nuestras razones y creencias últimas. Siempre se da esta mezcla de creencias y razones. Cambia la proporción.

Pues bien, decimos que nuestra sociedad es laica, es decir que su Estado es neutral ante esas respuestas, y las deja a la libre discusión de sus ciudadanos. El Estado laico no tiene religión propia, ni una concepción general de la vida propia y en competencia con las de la sociedad. El Estado, como decía, es neutral y respeta la creatividad de la sociedad civil, es decir, nosotros. El Estado laico, añadía, es neutral, pero no neutro, es decir, no desprecia las respuestas sociales ante las grandes cuestiones de la vida como una cosa inútil o privada; al contrario, el Estado laico respeta, favorece y facilita la creatividad cultural y moral de la sociedad; cuida que todos tengan derechos, voz y voto, especialmente las minorías y los grupos sociales más débiles; apela a la tradición de los derechos humanos en la que vivimos; y, por fin, hace una ley que, con el máximo apoyo democrático, es ley para todos. La ley se cumple, salvo casos extremos y muy concretos que justifiquen la objeción de conciencia, y el debate social sigue y, democráticamente, puede dar lugar a otra ley en su momento. Para lograrlo, hay que ganar las elecciones.

Si un Estado no es neutral ante ese debate social de ideas y valores, respetándolo pero animándolo, y elige ser neutro, es decir, ajeno e indiferente al debate de su sociedad sobre los valores, es un Estado sin futuro. ¿Por qué? Porque los ciudadanos lo sentirán extraño a sus ideales, una estructura de poder sin más. Y si un Estado elige tener su propia concepción global de la vida, una cosmovisión religiosa o no, pero oficial, es un Estado confesional o laicista, es decir, que atropella al pueblo, tratándolo como a un menor de edad. Tal vez sea políticamente eficaz, pero es abusivo. Los estados, sus gobiernos, he dicho que animan el debate social, y le dan su orientación peculiar, más de derechas o de izquierdas, según el grupo gobernante, pero son entidades al servicio democrático del pueblo. No lo manipulan, o teledirigen, o modernizan según una ideología oficial. Los estados facilitan el debate social sobre ideales, valores y derechos; lo impulsan para dar forma a una moral civil compartida inspiradora de sus leyes, y vigilan que nadie abuse de su posición de poder, sean empresas, medios de comunicación, grupos políticos o iglesias. En la sociedad laica el pueblo de los iguales es protagonista y todos, las religiones y las no religiones, tienen los mismos derechos y deberes. Todos son parte de la única sociedad civil, partícipes iguales de la necesaria moral civil compartida. En una sociedad laica todos somos primero laicos por demócratas y, en esa tierra común democrática, defendemos los valores de cada grupo, de los que el Estado se nutre, también democráticamente, para ser Estado de ese Pueblo.

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