La laicidad, el último refugio de la razón

Las violaciones a la laicidad suelen esconderse detrás de loables campañas desbordantes de buenas intenciones que “solo” reclaman tolerancia. Pero, en el fondo, no representan otra cosa que el pensamiento más reaccionario y conservador que subyace en los rincones más oscuros de la sociedad.

La semana pasada, un liceo público de Salto albergó una “intrascendente” charla en contra del aborto, destinada a los alumnos del centro educativo y promovida por las  autoridades del mismo. Allí, lo que se produjo no fue una instancia informativa, ni mucho menos formativa. Lo que sucedió fue un burdo y malintencionado intento de adoctrinamiento religioso.

Vale decir que el problema no es haber reivindicado las posturas antiaborto, que existen y son muy válidas, sino haber centrado el debate en posturas religiosas que reclaman, del creyente, una actitud pasiva, acrítica y obediente.

Afortunadamente, en tiempos de un relativismo aplastante, las autoridades de la educación actuaron de forma enfática para evitar todo atisbo de duda y separaron inmediatamente del cargo a la directora del liceo. Porque si su función es defender los valores centrales de la educación pública, una violación a la laicidad promovida por ella es una falta doble y amerita un castigo ejemplar.

Una vez más: lo que se pone en cuestión aquí no es el carácter ético del aborto, sino las razones esgrimidas en su contra y, principalmente, el lugar en que fueron pronunciadas. Los estudiantes deben formarse a través del pensamiento racional y el conocimiento científico, desarrollando la capacidad de independizar su pensamiento y analizando de forma crítica el mundo que los rodea. Los valores tradicionales, la superstición que antecede a toda creencia religiosa y la irracionalidad que se esconde detrás de todo ser racional deben ser puestos a un lado cuando el estudiante ingresa a un centro educativo. Es allí donde se los formará para la vida en sociedad, para el respeto de las normas impuestas por la república democrática. La religión, por tanto, deberá ser siempre un asunto de su vida privada, porque no es válida para dar repuestas a los problemas de la vida pública y comunitaria.

La laicidad, en lo que refiere a los asuntos sociales, es el último refugio para la razón. Una vez que desaparece, estamos condenados a un desagradable viaje directo a la Edad Media.

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