«La islamofobia, el arma de los islamistas contra la laicidad»

Un neologismo acaba de hacerse sitio con estrépito en nuestra escena política: “islamofobia”. Esta palabra, fonéticamente próxima a “xenofobia”, está destinada a dar miedo -evocando, de manera subliminal, el odio, las persecuciones, las discriminaciones- tanto como a culpabilizar. Algunos querrían verla convertida en sinónimo de “racismo” y simétrica de “antisemitismo”, dos monstruos que sólo duermen con un ojo abierto. Pero ¿es compatible su empleo con la doble exigencia republicana de salvaguardar la laicidad y combatir el racismo? ¿Acaso no engendra amalgamas de resultados ruinosos para la República, sus valores y su legado?
 
(Traducción: Martinito – Reproducida con autorización de su autor)

La investigación sobre sus orígenes y su historia llevada a cabo por Caroline Fourest y Fiammetta Verner en su libro Tirs croisés (1) reserva sorpresas, porque pone al descubierto las intenciones de quienes la crearon. No es inocente que el vocablo “islamofobia” haya sido acuñado inicialmente (en los años setenta) por islamistas radicales que atacaban a las feministas. La guerra contra las mujeres es la cuna de este término; así, Kate Millett, célebre militante del movimiento de emancipación de la mujer, fue violentamente insultada y seguidamente tachada de islamófoba por haber incitado a las iraníes a negarse a llevar el velo.

De nuevo es en torno a la cuestión del apartheid de las mujeres -velo en la escuela, en las instituciones, en la calle, autosegregación en las piscinas- como se concentra la crispación, y la acusación de islamofobia amenaza a todo el que se alce contra el intento de oficializar ese apartheid. En los años noventa el término “islamofobia” fue difundido más ampliamente por los islamistas londinenses en el marco de las campañas anti-Rushdie. El escritor y los defensores de la libertad de pensar y publicar se encontraron acusados de islamofobia a la vez que amenazados de muerte.

El concepto de “islamofobia” es originalmente un arma forjada por los islamistas con el fin de imponer su visión totalitaria del mundo. Hunde sus raíces en el más sórdido oscurantismo. En principio, pues, “islamofobia” fue una palabra de combate; y a nadie hay que recordar la fórmula del poeta revolucionario Maiakovski, “las palabras son balas”. Al utilizarla ingenuamente, amigos sinceros de la libertad se colocan en el terreno de sus adversarios. ¿Es posible, como desean los islamistas, identificar la islamofobia con un racismo y hacerla equivalente al antisemitismo?

La amalgama de islamofobia y racismo está destinada a volverse contra toda crítica de la religión, tan importante en nuestra cultura desde Bayle y Voltaire, tan importante también en la elaboración de la idea republicana.

¿Es “racista” rechazar las imposiciones que se practican, desde Mauritania hasta el Pakistán, en nombre del islam? ¿Rechazar la sharía, las lapidaciones, las mutilaciones, la esclavitud (todavía muy viva en sociedades musulmanas), la criminalización de la homosexualidad, el estatuto inferior de las mujeres, etcétera?
¿Es racista recordar que en ningún país musulmán están vigentes ni los derechos del hombre ni la democracia?
¿Es racista calcular que cientos de millones de seres humanos viven cada día bajo el yugo impuesto por esa religión?
¿Es racista inquietarse por las exigencias, en nuestra sociedad, de una religión que está tan lejos de demostrar su capacidad de interiorizar los valores emanados de la Ilustración?
¿Es racista preguntarse si es posible un islam de rostro humano, como en otro tiempo se preguntó si era posible un socialismo de rostro humano?

Si el racismo (por ejemplo, la arabofobia) es absolutamente condenable, el combate contra las intromisiones de lo religioso en la vida cívica, combate del que emanaron los valores republicanos, no lo es en modo alguno. El islam es una religión -un conjunto de ideas, de mitos, de supersticiones y de ritos-, no una “raza” (suponiendo que esta palabra tenga algún sentido) ni una etnia. Hay musulmanes de todos los tipos humanos; esta religión, análogamente al cristianismo, aspira a la universalidad. Siendo una religión, el islam es también una ideología, como el comunismo y el liberalismo. ¿Habrá que condenar el antiliberalismo o el anticomunismo, el rechazo de sus ideologías y de la organización del mundo que implican, como si se tratara de racismo? La actitud a la que se acusa de islamofobia no es racismo, en tanto en cuanto, lejos de ser odio a tal o cual pueblo, es el rechazo vehemente de lo que algunos predican y quieren imponer en nombre del islam. Es el rechazo de los aspectos arcaicos e incompatibles con los valores republicanos que vehicula cierta interpretación del islam.

El antisemitismo, por su parte, no estigmatiza a una religión sino a un pueblo. Ahora bien, no existe un pueblo musulmán como existe un pueblo judío; por lo tanto, poner en paralelo la islamofobia con el antisemitismo es abusivo. El islam es un atributo accidental, aplicable -por el hecho de su proselitismo- a cualquier ser humano, sean cuales sean su etnia y el color de su piel. Por el contrario, “judío” designa a un único pueblo, debido a su ausencia de proselitismo. Lejos de ser el simple combate contra una religión, el antisemitismo es el odio inmotivado e inextinguible contra cierto pueblo, el pueblo judío. Podrían los judíos ser ateos o cambiar de religión, y el antisemitismo persistiría. Si bien hay judíos ateos (porque la palabra “judío” enuncia la pertenencia a un pueblo, al margen de las ideas que tengan los así clasificados), la expresión “musulmán ateo” resulta absurda (porque ser musulmán significa profesar una creencia).

Los islamistas ven, en la batalla del vocabulario, una apuesta importante. El término “islamofobia” esconde la trampa tendida a las instituciones laicas por los integristas musulmanes para impedir la crítica de la religión, a la vez que se somete a segmentos de la existencia social (especialmente la de las mujeres) a un control totalitario. Perder la batalla semántica, utilizando el vocabulario puesto en circulación por los islamistas como si tal cosa, es desastroso. La palabra “islamofobia” remite falsamente de la defensa de la libertad y de la laicidad a la intolerancia y al odio. Consigue forzar a los valores republicanos a ponerse a la defensiva: ahora son ellos los que, apurados por la sofistería de un juego de manos lexical, se ven acusados de intolerancia y de integrismo. La prestidigitación de esa palabra consiste en darle la vuelta a la realidad, colocando al oscurantismo en la posición de víctima y a la laicidad en la de agresor. La laicidad debe mantener la palabra “islamofobia” fuera del radio de los debates, a la vez que persigue el racismo, y en particular la arabofobia.

(1) Tirs croisés: la laïcité à l’épreuve des integrismes juif, chrétien et musulman. París, 2003.

© R. Redeker et La Dépêche du Midi

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