La intolerancia

Nadie va a ser intransigente por defender que dos y dos son cinco. Pero sí hay mucha gente intransigente por afirmar o por negar la existencia de Dios.

Lo que ocurre es que las evidencias son más escasas que las creencias. Y lo peor de todo es que hay demasiada gente que tiene inclinación a convertir en evidencias lo que son meras convicciones que se aceptan o se rechazan libremente.

MUCHAS veces se ha dicho que la intolerancia es constitutiva de los españoles. Eso afirmaban algunos frailes en el siglo XIX. Y lo hemos visto de sobra en el siglo XX, sobre todo desde la república y la guerra civil hasta la insoportable crispación vivida en la pasada legislatura. Pero es un error decir que la intolerancia es característica de tal país, de tal grupo o de tal persona. Intolerantes somos todos. Es más, la intolerancia ya se da en los animales, muchos de los cuales marcan su territorio con sus propios excrementos y luego luchan a muerte para no tolerar que otro les arrebate lo que les pertenece. La intolerancia es natural en el niño, como afán de apoderarse de todo lo que le gusta. Y es que la intolerancia escapa a todo análisis, a toda definición. Como bien ha dicho U. Eco, cuando la intolerancia se convierte en teoría, ya es tarde para derrotarla.

Afinando más, P. Ricoeur ha precisado: «La intolerancia tiene su fuente en una disposición común a todos los hombres, que es la de imponer sus propias creencias, sus propias convicciones, dado que cada individuo no sólo tiene poder para imponerlas, sino que, además, está convencido de la legitimidad de dicho poder». Por eso el mismo Ricoeur añade: «Dos son los aspectos esenciales de la intolerancia: la desaprobación de las creencias y convicciones de los demás, y el poder de impedir a estos últimos vivir su vida como les plazca».

Pues bien, si esto se da, de una forma u otra, en todos los seres humanos, la intolerancia aumenta en la medida en que una persona o un grupo se rige más por creencias que por evidencias. Nadie va a ser intransigente por defender que dos y dos son cinco. Pero sí hay mucha gente intransigente por afirmar o por negar la existencia de Dios. Lo que ocurre es que las evidencias son más escasas que las creencias. Y lo peor de todo es que hay demasiada gente que tiene inclinación a convertir en evidencias lo que son meras convicciones que se aceptan o se rechazan libremente.

Por eso las instituciones, que se basan en creencias y las fomentan, tienen el peligro de convertirse en volcanes de intolerancia. Tanto más cuanto más plural es la sociedad y sus ciudadanos. De ahí que, cuando era verdad lo de las 'dos españas', en España no se podía vivir ni convivir. La intolerancia nos asfixiaba a todos. Y a muchos les quitó la vida. Ahora, al menos en lo que concierne a la política, parece que la intolerancia se va suavizando. El giro que se percibe últimamente en el PP así lo da a entender. Otra cosa es lo que estamos viendo en cuanto se refiere a las creencias religiosas. La búsqueda de espacios humanos de tolerancia entre confesiones religiosas no abunda demasiado. Ni en eso hemos avanzado mucho en los últimos años. Si nos referimos al cristianismo, es un hecho que, en el pontificado de Juan Pablo II, se dieron pasos importantes en el diálogo con los líderes de otras religiones y con las otras confesiones cristianas, por ejemplo al aceptar un documento común con los protestantes en el espinoso asunto de la 'justificación por la fe', que de forma tan radical planteó Lutero en el siglo XVI. Pero tan cierto como lo que acabo de decir es que, en la Iglesia católica, el papado de Benedicto XVI se está caracterizando, entre otras cosas, por la creciente intolerancia dentro de la Iglesia. Intolerancia entre católicos conservadores y progresistas. Lo cual, hasta cierto punto, es comprensible y ha pasado casi siempre en la Iglesia. El problema más preocupante radica en el hecho de que la cúpula eclesial ha tomado partido, de forma clara y decidida, por el sector más conservador e integrista de la Iglesia. La intolerancia de los que mandan ha encontrado su mejor acogida en la intolerancia de los que más se someten.

Tal como están las cosas, en este momento de crisis y dificultades, lo que menos necesitamos es intolerancia. Esa postura no es buena ni para la sociedad, ni para la Iglesia. Es bueno saber que los tiempos de más prosperidad para la Iglesia fueron los tiempos en que los cristianos se hicieron más receptivos y tolerantes. La primera gran expansión del cristianismo se produjo en una «época de angustia» (E. R. Dodds). Antes de Constantino, cuando se extendió por el mundo occidental la más grave crisis de su historia, fue cuando la Iglesia, en lugar de cerrarse sobre sí misma, se hizo más tolerante con las gentes de entonces, que se sentían más desamparadas que nunca. Debieron ser muchos los que experimentaron ese desamparo: los bárbaros urbanizados, los campesinos llegados a las ciudades en busca de trabajo, los soldados licenciados, los rentistas arruinados por la inflación y los esclavos manumitidos. Para todas estas gentes, el entrar a formar parte de la comunidad cristiana debía de ser el único medio de conservar el respeto hacia sí mismos y dar a la propia vida algún sentido. Dentro de la Iglesia se experimentaba el calor humano y se tenía la prueba de que alguien se interesa de verdad por nosotros. Sin duda alguna, el mejor servicio que las religiones pueden prestarnos a todos, en la difícil situación en que estamos entrando, no es presionar más sobre la gente con intolerancias que pocos entienden y soportan. Lo que más necesitamos todos no es intolerancia, sino respeto y acogida. En cualquier caso, lo que menos falta nos hace ahora mismo es seguir levantando barreras de intolerancia con los excrementos que nos dividen y nos enfrentan.

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