La Internacional del odio asalta el poder blandiendo la Biblia

Luis Fernando Camacho, líder del movimiento que derrocó a Evo Morales, en un mitin el pasado 4 de noviembre blandiendo una Biblia.  DANIEL WALKER (AFP / GETTY IMAGES)

La sintonía entre HazteOír y Vox ejemplifica una tendencia americana que llega a Europa: la ultraderecha de Dios gana fuerza

América Latina, Estados Unidos y Europa estamos asistiendo a un avance de las organizaciones y partidos políticos de extrema derecha, que conforman un entramado perfectamente estructurado y coordinado a nivel global y están en conexión orgánica con grupos fundamentalistas religiosos, preferentemente evangélicos, hasta conformar lo que Nazaret Castro llama “la Internacional neofascista” y yo califico de “Internacional Cristo-neofascista”. Esto sucede en las diferentes religiones e iglesias, incluida la Iglesia Católica, durante el pontificado reformador del papa Francisco, que tiene a sus adversarios dentro de la Curia Romana y en un importante sector del episcopado mundial.

Uno de los ejemplos más emblemáticos de esta Internacional en España es la complicidad y total sintonía entre HazteOír, organización católica española ultraconservadora, y Vox, a quien L’ Osservatore Romano —órgano oficial del Vaticano— califica de “formación política de extrema derecha”, mientras que el cardenal español Antonio Cañizares la define como de derechas y totalmente constitucional. HazteOír sirvió de plataforma para visibilizar y aupar mediáticamente a Vox en sus inicios como partido político y ha concedido premios a Santiago Abascal y a otros líderes del mismo partido. En legítima correspondencia, Vox ha incorporado a miembros vinculados a HazteOír en parlamentos autonómicos, ayuntamientos y en el Congreso de los Diputados.

En Colombia fracasaron los Acuerdos de Paz porque los evangélicos fundamentalistas y los católicos integristas hicieron campaña en contra alegando que en ellos se defendían el matrimonio igualitario, el aborto y la homosexualidad. En la primera vuelta de las pasadas elecciones de Costa Rica ganó el pastor evangélico Fabricio Alvarado con un discurso a favor de los “valores cristianos” y del neoliberalismo y contra el aborto y el fallo de la Corte Interamericana de Derechos Humanos favorable al matrimonio entre personas del mismo sexo.

En Brasil, los partidos evangélicos fundamentalistas fueron decisivos en la reprobación de Dilma Rousseff y en la elección del exmilitar Jair Messias Bolsonaro como presidente del país. Son ellos realmente los que inspiran y legitiman su política declaradamente homófoba, sexista, xenófoba y antiecológica.

El gobierno de El Salvador parece seguir similares derroteros. En su toma de posesión el presidente de la República, Nayib Bukele, invitó a dirigir una oración al pastor evangélico argentino Dante Gebel, conocido por sus vínculos con pastores ultraconservadores como Cash Luna. La diputada de Conciliación Nacional, Eileen Romero, ha presentado una moción para decretar la lectura obligatoria de la Biblia en las escuelas.

En Bolivia, los militares y los grupos religiosos fundamentalistas han dado un golpe de Estado contra Evo Morales, presidente legítimo de la República Plurinacional, que colocó a las comunidades indígenas en el centro de su política social, cultural, económica y en la cartografía mundial. Y lo han hecho con la Biblia y el Crucifijo para legitimar el golpe, lavar las muertes producidas por el mismo, confesionalizar cristianamente la política, negar la identidad de las comunidades indígenas, justificar la represión contra ellas y desprestigiar sus cultos, calificándolos de “satánicos”.

Tras estos fenómenos producidos en diferentes países habría que hablar de una alianza cristo-bíblico-militar-neoliberal-patriarcal fascista que actúa coordinadamente en todos los continentes, y muy especialmente en América Latina, y utiliza irreverentemente el nombre de Cristo. Y lo hace con excelentes resultados: refuerza gobiernos autoritarios, derroca a presidentes elegidos democráticamente, da golpes de Estado, encarcela a opositores políticos, legitima el neoliberalismo como religión monoteísta del mercado y se opone a la aprobación de leyes en defensa de los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres.

Estamos ante una crasa manipulación de la religión y una perversión de lo sagrado que viene a apoyar los discursos de odio y las prácticas de los partidos de extrema derecha en todo el mundo, que nada tienen que ver con la orientación liberadora e igualitaria del cristianismo originario.

El cristo-neofascismo se alimenta del odio, crece e incluso disfruta con él, lo fomenta entre sus seguidores y pretende extenderlo a toda la ciudadanía. En su libro La obsolescencia del odio (Pre-textos), el intelectual pacifista Günther Anders lo define como “la autoafirmación y la autoconstitución por medio de la negación y la aniquilación del otro”. Todo ello está en contradicción con los principios morales de la mayoría de las religiones, en concreto del cristianismo, como el perdón y el amor al prójimo, también a los enemigos, y la renuncia a la venganza del “ojo por ojo y diente por diente”.

El odio se traduce en una serie de manifestaciones dogmáticas y agresivas contra: la “teoría de género”, a la que llaman despectivamente “ideología de género”; el feminismo, definido como “feminazismo”, “cosa del diablo” y “suicidio de la propia dignidad humana”; los programas de educación afectivo-sexual en colegios bajo la consigna “con mis hijos no te metas”; la violencia de género, negando la evidencia de miles de feminicidios en todo el mundo; el LGTBIQ; el matrimonio igualitario y la homosexualidad; la interrupción voluntaria del embarazo con la denuncia de quienes la practican; las personas y los colectivos migrantes, refugiados y desplazados.

La Internacional cristo-neofascista defiende, a su vez, el fortalecimiento de la familia patriarcal, exige la sumisión de las mujeres, niega dogmáticamente el cambio climático y se opone a las medidas para combatirlo, practica el epistemicidio, que consiste en el deprecio de los conocimientos y saberes que no se atienen al modelo cultural occidental, muestra un odio visceral a las personas musulmanas, judías y negras, basado en estereotipos y prejuicios, se opone al laicismo y está a favor del teísmo político y de la confesionalización cristiana de la política, la educación, la cultura, es contraria al evolucionismo y defiende la teoría creacionista.

Ha cambiado el mapa político y religioso en Estados Unidos, está cambiándolo en América Latina y va camino de hacerlo en Europa. El salto a la política del movimiento religioso fundamentalista en alianza con la extrema derecha supone un grave retroceso en la autonomía de la política y de la cultura, en la secularización de la sociedad, en la separación entre Estado y religión y en la autonomía de la ciencia. Mientras tanto, muestra una total insensibilidad ante los fenómenos de la pobreza y la injusticia estructural, las dictaduras militares, las crecientes desigualdades por razones de etnia, cultura, religión, género, clase social, identidad sexual, etc.

¿Tendremos que resignarnos ante esta Internacional del odio y sus violentas manifestaciones? En absoluto. Coincido con la intelectual Carolin Emcke en la necesidad de hacer un elogio comprometido de lo diferente y lo “impuro”, reconocer a los otros y las otras, observar el odio antes de su estallido, tener el valor de enfrentarnos a él como condición necesaria para defender la democracia, adoptar una visión abierta de la sociedad y ejercer la capacidad de ironía y duda, de la que carecen los generadores de odio, enfundados como están en certezas absolutas.

Juan José Tamayo

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