La inaplazable laicidad del Estado

Valencia será escenario el próximo sábado de la jornada de reflexión que anualmente organiza Europa Laica, asociación que, como es sabido, tiene como principal objetivo lograr la laicidad del Estado. Este año con la mirada puesta en la laicidad y la libertad de conciencia en el contexto europeo. A dicha jornada de reflexión han sido invitadas todas las organizaciones políticas, sindicales y sociales y, por supuesto, toda la ciudadanía. Esta invitación general, obviamente, no podrá materializarse en las sesiones de la jornada pero estará vigente como llamamiento a la reflexión y a compartir el proyecto laicista porque, de alcanzarse, se verían sustancialmente mejoradas la justicia de la organización social y la convivencia.

         Puede llamar la atención el hecho de que el laicismo, que Europa Laica presenta como un proyecto que afecta a toda la ciudadanía, reciba en ocasiones furibundos ataques de algunos sectores entre los que destaca la actual cúpula de la Conferencia Episcopal Española cuyo mandato está próximo a finalizar. Se ha dicho del laicismo que es ateísmo, irreligión, incluso que es otra religión que quieren imponer quienes creen en ella. La Jornada Laicista de Valencia puede ser ocasión para insistir brevemente  en el carácter absurdo de las afirmaciones que se hacen para denostar al laicismo. Intentémoslo.

         El laicismo es un proyecto ético-político que surge vinculado al ideal de la democracia moderna de organizar de forma justa la sociedad. Su fundamentación y legitimación no es, pues, confesional sino resultado de la racionalidad y  voluntad humanas  y, por tanto, discutible y revocable. Se basa en que todo ciudadano es sujeto de derechos y libertades y, entre otros, tiene derecho a pensar y creer lo que considere oportuno.

         Pero históricamente no ha sido fácil compaginar el derecho de cada uno a su libertad de conciencia. La sociedad democrática ha de garantizar la pluralidad y diversidad de formas de pensar, de convicciones, de creencias. Esto sólo será posible reforzando aquello que toda la ciudadanía tiene en común, el espacio (instituciones, leyes…) que afecta a todos: lo público. Lo público es de todos y para todos y ha de ser siempre independiente de cualquier credo particular. Pero el Estado laico, al proteger el espacio público, salvaguarda y garantiza también el ámbito de lo particular, lo que sólo a cada uno concierne, el espacio de la propia conciencia.

         El marco de convivencia que crea la constitución democrática garantiza la misma protección a todas las creencias y, al mismo tiempo, que ninguna de ellas pueda convertirse en un deber para nadie. De ahí la importancia de la neutralidad ideológica del estado y de todas sus instituciones.

         En conclusión, el laicismo no habla para nada de dios o de dioses. Su único tema es la sociedad y su organización. En sentido estricto, tampoco es una creencia sino un principio de la organización de la convivencia que nos permite vivir juntos a pesar de nuestras diferencias de opinión y de creencias. Y lo hace garantizando que mis creencias, del tipo que sean, serán respetadas y protegidas en igualdad de condiciones con  cualesquiera otras y todas, del tipo que sean, sabrán que no podrán esperar ni obtener ninguna clase de privilegio. Por eso el laicismo es positivo, por eso el laicismo es necesario. Por eso el Estado laico es inaplazable.

         A algunos líderes religiosos les cuesta aceptar estos principios democráticos y, según la fuerza con que cuentan en las distintas sociedades, intentan invadir con sus creencias el espacio público con el propósito de que su punto de vista se convierta en una obligación para los demás ciudadanos. Por esta razón, es urgente que los líderes religiosos, en nuestro caso especialmente los católicos, se conviertan al laicismo. Esta conversión no será, de ningún modo, su derrota sino la victoria compartida de personas libres y tolerantes. El triunfo de la democracia.

Asturias Laica Por un Estado Laico en una manifestación republicana

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