La Iglesia y el cuerpo femenino

Una de las grandes contradicciones de la moral religiosa que me hizo pensar cuando empecé a tener edad de cuestionar las cosas es el veto radical que vierten desde las religiones sobre el cuerpo humano, cuando, a la vez, propugnan que todos somos obra divina y hemos sido creados a imagen y semejanza del dios correspondiente.

Si somos obra divina ¿cómo pueden a la vez defender la idea de que los cuerpos son sucios y vergonzosos? Si acotamos un poco más, lo que considera la moral cristiana vergonzante son algunas partes concretas de la anatomía humana que, tradicionalmente, ha convertido en tabú y vergüenza que esconder, como si tuviéramos que vivir amputados de una parte de nosotros mismos.

Relacionado íntimamente con ese absurdo tabú está el veto a la sexualidad humana, que han pretendido siempre, y siguen pretendiendo, acotar a unos límites cerriles e inhumanos que ellos focalizan exclusivamente en la procreación y en aquellas pautas represoras beneficiosas para sus propios intereses corporativos. Otra gran contradicción, porque la función humana que es capaz de crear vida no puede ser otra cosa que muy hermosa, por más que algunas mentes, empeñadas en constreñir y amordazar lo humano, se esfuercen en percibir la belleza y la pureza como fealdad y suciedad.

Lo sorprendente es que, en pleno siglo XXI, las coordenadas religiosas sigan siendo tan oscurantistas y tétricas como lo eran en la Edad Media , y continúen imponiendo prejuicios y vetos que pretenden alejar al ciudadano, no sólo de la autoestima integral de sí mismo y del derecho al placer y a la felicidad, sino también del conocimiento científico y de la divulgación médica.

La semana pasada el cura de Alella, una población barcelonesa, retiró la autorización para una exposición que, con motivo del día del cáncer de mama, mostraba en imágenes pechos femeninos durante y tras el tratamiento de curación de esa terrible enfermedad, y que buscaba concienciar a niños y adultos de la importancia del conocimiento del propio cuerpo para un pronóstico temprano y curable de una dolencia que es una de las principales causas de muerte en la población femenina.

Pero no, los ámbitos católicos perciben como una inmoralidad el que los jóvenes contemplen el cuerpo femenino desnudo, como si el cuerpo femenino fuera algo grotesco e indigno. La misoginia católica continúa, según parece, manteniendo en su ideario que la mujer es un peligro, su cuerpo una tentación, y su salud un asunto de tercer orden. Algo también muy contradictorio, si tenemos en cuenta que desde algunos ámbitos clericales se justifica, de manera inconcebible, la pederastia y el abuso sexual de menores. Al igual que lo es que criminalicen la homosexualidad declarada, mientras forma parte importante, aunque solapada, de sus filas. ¿De qué moral estamos hablando?

Las religiones, no sólo la católica, consideran el cuerpo de la mujer como pecaminoso e impuro, y acotan la supuesta “pureza femenina” a la virginidad. Pero mientras los fundamentalismos religiosos cubren los cuerpos de las mujeres y las hacen vivir sintiéndose inferiores e indignas por el hecho de serlo, millones de ellas enferman y mueren bajo esos mantos que, a modo de velos, burkas y pudores enfermizos y soterrados, cubren su propia, humana y hermosa identidad.

El cuerpo humano es hermoso, el cuerpo femenino lo es, y los pechos femeninos lo son también. Nada hay de impúdico en el cuerpo de las mujeres. Nada hay de qué avergonzarse, salvo de que a estas alturas de la historia siga habiendo mentes cerriles que consideran lo natural como pecado, que interpretan lo bello como una sucia tentación, y que ni se inmutan, sin embargo, ante la barbarie que es secuestrar las mentes infantiles mediante el miedo y la manipulación. A nadie debería avergonzarnos la desnudez, sino la intolerancia, la voracidad y la perversión que subyace tras toda represión antinatural, mórbida e insana.

Coral Bravo es Doctora en Filología

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