La Iglesia y el aborto en Argentina: “Renunciar a expectativas maximalistas”

La revista católica Criterio, habitual vocera de un sector de la intelectualidad católica alineada con la institución, admitió en el editorial del número de mayo que ha comenzado a circular en estos días, que la posición adoptada por los obispos al “llamar al diálogo público en torno al aborto implica un desafío exigente” y demanda, como consecuencia, “alcanzar un acuerdo operativo en un tema sumamente sensible, para lo cual quien desea dialogar sinceramente debe estar dispuesto a renunciar a expectativas maximalistas, aceptando que en el análisis del problema habrá muchas diferencias inconciliables y que para consensuar medidas concretas será necesario llegar a compromisos y recíprocas concesiones”.

En el editorial, la revista dirigida por el periodista José María Poirier, destaca el tono “sereno y mesurado” del mensaje episcopal sobre el tema y reconoce que el mismo fue “ampliamente elogiado e influyó positivamente entre los fieles”.

“Si los católicos participamos del debate con una posición demasiado rígida”, afirma el editorialista de Criterio, “¿no terminaremos aislados en un rol meramente testimonial, quizás heroico pero prácticamente irrelevante?”.

Entre los argumentos señala que no sería procedente invocar el magisterio de la Iglesia en la discusión “ya que éste nos brinda elementos para poder participar en el debate con firmeza y flexibilidad a la vez”.

En primer lugar porque “ningún texto del magisterio (de la Iglesia) afirma directamente que el embrión es persona” y dado también que “la Iglesia reconoce que su tradición en este punto no es unánime, ya que importantes autores (entre ellos, Santo Tomás) defendieron la tesis de que el alma espiritual no es infundida en el cuerpo desde el principio sino sólo cuando ha alcanzado cierto grado de organización”. Pese a lo cual, se sostiene, “esto nunca impidió que el aborto fuera considerado unánimemente un crimen, una falta grave, aunque la severidad de la pena pudiera variar según el período de la gestación, y nunca se lo equiparara completamente a un homicidio”.

Respecto de la condición humana que algunos le adjudican al embrión el editorial de Criterio sustenta que “el carácter personal de esta nueva vida no es un tema científico sino filosófico” y “hoy por hoy es imposible llegar a un acuerdo extendido sobre el carácter de persona del embrión humano” razón por la cual “esto no debe bloquear el diálogo como si ese tópico fuera la precondición ineludible para todo lo demás”.

La argumentación reconoce además que “la hipótesis de descriminalizar ciertos supuestos de aborto es mirada por el magisterio con disfavor, ya que se corre el riesgo de interpretar esta medida como una tácita autorización”. Pero, aun así “mientras la Iglesia rechaza taxativamente el reconocimiento de un derecho al aborto, no excluye totalmente la descriminalización de ciertos casos, ya que reconoce que con frecuencia debe tolerarse lo que en definitiva es un mal menor para evitar otro mayor” alternativa que “sólo puede ser resuelta por consideraciones de prudencia jurídica, en atención a sus consecuencias”. Y en relación a los casos de violación o donde existe riesgo de vida para la madre y más allá del juicio moral, “la pregunta pertinente –dice Criterio– es si un Estado democrático tiene poder para imponer a la madre bajo sanción penal continuar el embarazo hasta su término”.

En la citada nota se agrega además que “si bien la Iglesia reconoce la importancia insoslayable del rol de la ley para la protección de la vida, y el efecto pedagógico (o anti-pedagógico) que puede ejercitar sobre la sociedad, es bien consciente de que el poder de la ley tiene límites, y que nada podría la mejor ley contra una cultura y unas costumbres que pierdan el sentido de la dignidad de cada ser humano”. Y, por tal motivo se argmenta, “el desafío, en su última profundidad, no es de naturaleza legal sino cultural”.

El editorial de Criterio finaliza diciendo que para que el diálogo al que aspiran los obispos sea fructífero “deberá partir del reconocimiento de que el Estado no puede sustituir la responsabilidad personal de los ciudadanos”. Porque “de poco serviría su más firme compromiso con la vida frente a una sociedad adolescente, que exalta la ‘liberación’ sexual para escandalizarse después de sus naturales consecuencias”.

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