La Iglesia gana lo que perdemos todos

«Marcar la casilla de la Iglesia en la declaración de la Renta no cuesta nada, y sin embargo rinde mucho.» -José Antonio Martínez Camino, portavoz de la Conferencia Episcopal-

Ya saben la noticia: la Iglesia Católica obtuvo el año pasado 11 millones de euros más que en el ejercicio anterior mediante la casilla de la declaración de la Renta, superando los 252 millones. En un año en que la recaudación total del IRPF disminuyó en más de mil millones, y la economía nacional se contrajo en todos sus indicadores, la Iglesia aumentó su trozo de tarta un 5%. De ahí que los titulares sean unánimes: la crisis no afecta a la Iglesia.

Sin embargo, yo hago otra lectura, en negativo: al leer la noticia, no veo que la Iglesia haya ganado 11 millones más, sino que el Estado, es decir todos, hemos perdido 11 millones más. Lo destacable no es que la Iglesia se embolse 252 millones, sino que la recaudación total se vea recortada en esos 252 millones. Lo que la Iglesia gana, lo perdemos todos.

No me miren así. ¿Qué se pensaban, que la aportación del IRPF por parte de los católicos es algo voluntario que cada cual aporta de su propio bolsillo? Pues no. Ese es el gran engaño de la financiación de la Iglesia, el malentendido en que muchos pican, y que hay que aclarar una y otra vez: cuando uno marca la casilla de la Iglesia, no es que añada un 0,7% a lo que le toca pagar y lo destine a los administradores de su religión, sino que ese 0,7% se le resta de lo que aporta. Es decir, que paga un 0,7% menos que quienes no marcamos la casilla, y resta ese dinero de lo que recauda el Estado para financiar sus servicios y prestaciones.

Lo mismo vale para la casilla de otros fines sociales, por supuesto, que se colocó para disimular el trato ventajoso a la jerarquía católica y dar apariencia de libertad de elección (aunque acaba llegando también a ONGs católicas). Se redondeó la broma con la posibilidad de marcar las dos casillas, descontando el doble.

Pero además, la famosa casilla es una minucia en la financiación total de la Iglesia, que recibe del Estado mucho más por otras vías. Lo que demuestra que la casilla, más que para financiar a los obispos, sirve para crear la ilusión de que se autofinancian.

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