La Iglesia en las periferias

Debe apostar por la democracia paritaria, eliminar el clericalismo, incorporar a las mujeres a todos los ministerios eclesiales, ejercer un liderazgo compartido, cambiar de amistades y compañías, luchar contra la corrupción,…

La dimisión de Benedicto XVI marcó el final del paradigma neoconservador en la Iglesia católica que se desarrolló durante más de tres décadas conforme al calculado programa de restauración del cardenal RatzingerJuan Pablo II y Benedicto XVI vaciaron el espíritu reformador del concilio Vaticano II, en el que habían participado activamente. Reforzaron la estructura jerárquica y patriarcal hasta imponer un gobierno personalista. Acentuaron el carácter dogmático de la doctrina católica, impusieron el pensamiento único y laminaron el pluralismo del Vaticano II. Condenaron la modernidad, a la que Benedicto XVI calificó de «dictadura del relativismo». Hicieron alianza con los nuevos movimientos eclesiales y anatematizaron a los movimientos cristianos de base y a las teologías en que se apoyaban.

MUTARON el programa de reforma conciliar por el de la contrarreforma preconciliar y tornaron la cálida primavera de Juan XXIII en frío invierno. Frenaron la investigación teológica y pusieron límites muy estrechos a la libertad de expresión. Numerosos teólogos y teólogas, algunos asesores del Vaticano II, fueron apartados de la docencia y sufrieron la censura de sus libros como en la inquisición. El final del paradigma neoconservador se produjo por agotamiento y por el mal ejemplo de no pocos dirigentes eclesiásticos, y se precipitó por los escándalos en la cúpula de la Iglesia católica, las deslealtades y la corrupción en el Vaticano, y, más grave, por la pederastia, cáncer extendido por todo el cuerpo eclesial, que se tradujo en décadas de violencia sexual contra más de 100.000 niños, adolescentes y jóvenes, practicada, muchas veces impunemente, por cardenales, obispos, sacerdotes y religiosos.

La elección de Francisco marcó el comienzo de un nuevo paradigma entre la continuidad y ruptura. El Papa argentino generó desde el principio grandes esperanzas en amplios sectores dentro y fuera de la Iglesia. Esperanzas fundadas inicialmente en su lenguaje llano, la renuncia al boato y la predicación con el ejemplo, las sanciones contra jerarcas incursos en comportamientos alejados del evangelio.

Tres características definen el comienzo del nuevo paradigma: el cambio de prioridades, la reforma de la Iglesia y la opción por los empobrecidos y marginados, las tres complementarias y en estrecha relación.

1) Francisco dejó claro desde el principio que sus prioridades no iban a ser el aborto, el matrimonio homosexual y el divorcio, cuya condena llegó a convertirse en obsesión de los pontificados anteriores y muy especialmente del episcopado español. Aun manteniéndose dentro de la doctrina tradicional en estos temas, su tratamiento me parece más comedido, su actitud más respetuosa y su tono más comprensivo, aunque creo necesario un cambio profundo de planteamiento al respecto.

2) La palabra reforma es una de las más frecuentes en el discurso de Francisco y constituye el punto fundamental de su programa de gobierno como se pone de manifiesto en sus gestos y manifestaciones públicas y, recientemente, en la exhortación apostólica La alegría del Evangelio. Esta reforma empieza por una crítica severa de la Curia, cuyo principal defecto consiste, a juicio del Papa, en ser «vaticano-céntrica», y de los obispos y sacerdotes que actúan como simples funcionarios y viven como príncipes. Implica, según la exhortación, la «conversión del papado», la descentralización, la transformación de las estructuras eclesiales, el reconocimiento de la responsabilidad de los laicos, una presencia más inclusiva de la mujer en los lugares donde se toman las decisiones, un mayor protagonismo de los jóvenes. Una Iglesia inclusiva de aquellas personas y colectivos hasta ahora excluidos.

3) La reforma de Francisco se traduce en la construcción de una Iglesia pobre y de los pobres, en sintonía con el cristianismo liberador, donde han de tener su lugar preferente la gente sin hogar, los drogodependientes, los refugiados, las comunidades indígenas, los migrantes, las personas ancianas y las mujeres objeto de maltrato, violencia y exclusión. Una Iglesia que acoge a quienes la globalización neoliberal margina y que es solidaria con las víctimas del sistema capitalista,  que, según el Papa, es «injusto en su raíz», impone una nueva tiranía y diviniza el mercado.

¿TENDRÁ ÉXITO el nuevo paradigma de Iglesia que da sus primeros pasos? Sí, a condición de introducir en ella la democracia paritaria, eliminar el clericalismo, incorporar a las mujeres a todos los ministerios eclesiales, ejercer un liderazgo compartido, cambiar de amistades y compañías, luchar contra la corrupción, y, como Francisco dice, ubicarse en las periferias, pero no para ejercer la beneficencia, sino para trabajar por otro mundo posible sin periferias.

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