La iglesia católica y la crisis

Para todos es conocida la posición de los autodenominados liberales, para muchos otros, neocon, y asimilados, respecto a las subvenciones o cualquier ayuda pública que provenga de cualquiera de las administraciones u instituciones del estado.

De todos es conocido su discurso radical en contra de las mismas, sean del tipo que sean, y provengan de donde provengan.

Sí llama la atención, cuando se trata dicho tema, la opinión que tienen respecto a la Iglesia Católica y la ayuda que ésta recibe de los gobiernos desde tiempos inmemoriales. Las estimaciones más acertadas cifran dichas ayudas en 10.000 millones anuales y repartidas en distintos conceptos, desde la asignación por IRPF, hasta las conocidas como  jornadas de la juventud. Sin entrar a discutirlas, y lo que la iglesia católica devuelve a la sociedad en prestaciones o trabajos -mención aparte merece Cáritas Diocesanas-. Llama poderosamente la atención, como decía, lo comprensivos que se muestran los liberales con dichas ayudas o subvenciones, y los radicales que son con otras, al margen de la cuantía. Suelen argumentar que lo de la iglesia: es distinto, es otra cosa. ¿Es distinto, es otra cosa? Los mil millones que se ahorran de IBI todos los años. ¿Es distinto, es otra cosa? Los quinientos millones que se dedican a cuidar y conservar su patrimonio. ¿Es diferente, es otra cosa?  La subvención que tanto detestan en otros, los cuatro mil seiscientos millones que recibe del Estado por el concierto, por profesores de religión de los colegios públicos y la financiación de centros concertados.

Sea como sea, y aprovechando la Semana Santa, sería conveniente, en beneficio de todos, una iglesia cada día más autosuficiente, más capaz de vivir por sí misma y con sus propios medios, que fuera mantenida fundamentalmente por sus seguidores, y por las ayudas que pudieran recibir del estado como el resto, si bien en mayor proporción por ser la más importante.

Ello, sin duda, la haría más creíble, más auténtica, una iglesia cercana, y el referente de los menos favorecidos, en definitiva, lo que debería ser. Y abandonar para siempre lo que viene siendo desgraciadamente desde hace ya mucho tiempo, que no es ni más ni menos, que: la iglesia de la derecha.

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