La Iglesia Católica: una religión que no sabe convivir con el Estado laico

México es un país diverso, incluso en cuanto a credos religiosos. La Secretaría de Gobernación, al 15 de noviembre de 2006, tenía registradas 6 mil 652 asociaciones religiosas, agrupadas en Católicas apostólica y romana, Pentecostés, Bautistas, Presbiterianas, Espiritualistas, Ortodoxas, Adventistas, Luteranas, Judías, Budistas, Metodistas —tome un respiro—, de la Luz del Mundo, Científica cristiana, “Nuevas expresiones” (?), Hinduista, Testigos de Jehová, Krishna, Islámica, Anglicana, Mormones y —¡uf!— Ejército de Salvación. Y de entre esta enorme diversidad sólo una de problemas y dolores de cabeza a todos los que no son sus fieles. Sí, me refiero a la Católica romana y apostólica. Y antes de que los cristeros vengan a reclamar mi cabeza, déjenme explicarme.

De todos los credos antes mencionados, son realmente pocos los que no ven en el aborto y/o las uniones de parejas del mismo sexo como algo que atente contra la moral. Al contrario, la mayoría desde sus respectivos púlpitos, estrados, altares y ovnis rechazan estas acciones y muchas otras, muy particulares y específicas. Sin embargo, ¿cuándo la comunidad judía (que la hay, y es grande) ha ocupado las primeras planas y los horarios estelares para pronunciarse en favor o en contra? ¿O cuándo ha visto a los representantes de la fe Islámica —que tiene en su vertiente ortodoxa muchas más prohibiciones que la católica— hacer berrinches mediáticos o tildar de maciados a los políticos? Ni siquiera los Testigos de Jehová, famosos por el énfasis que ponen en su labor de evangelización, han hecho semejantes ridículos.

¿El hecho de que aún exista una mayoría católica en el país (que va en descenso, por cierto), le da algún permiso especial a esta fe religiosa para tratar de intervenir en la vida política del país?

La respuesta es a todas luces un NO en mayúsculas. La religión a profesar (o a, de plano, no hacerlo) es un derecho básico, una garantía individual plasmada en la Constitución. Vivimos en un estado laico, donde ninguna religión está por encima de la ley y tampoco por encima de las otras, sin importar el número de fieles que tenga o los disparatadas que puedan escucharse sus proposiciones desde la óptica judeocristiana que domina la percepción del mundo occidental. La Iglesia Católica parece haber olvidado un detallito que muchas les quedó claro desde el periodo Helenístico-Romano: el territorio de la fe es la interioridad de los individuos; el alma, si se quiere. Su líder espiritual de esta religión (el auténtico, no sus jerarcas) lo expresó en una máxima contundente: “al César los que es del César…”.

Todo este entripado viene a colación por lo siguiente: el domingo pasado la Iglesia Católica de León, Guanajuato, convocó a una marcha en contra del aborto, la cual el coordinador auxiliar de la Pastoral para la Familia, Manuel Rodríguez Fraustro justificó pobremente como “una procesión”. Que yo sepa, las procesiones son ritos religiosos donde no se llevan pancartas, ni se corean “Viva Cristo Rey” cuando sus 300 participantes se encuentran cara a cara con un grupo de jóvenes manifestándose en contra de la Iglesia Católica por incidir en decisiones políticas que se supone deberían ser laicas: la unión entre personas del mismos sexo y el derecho a que una mujer aborte, especialmente cuando dicho embarazo es fruto de una violación.

¿Cuál es el gran temor de la Iglesia Católica? Muchas religiones, por ejemplo, tienen fuertes prohibiciones, como evitar el consumo de alcohol, ciertos alimentos o incluso donaciones de sangre. La ley mexicana no sanciona ninguna de estas acciones, y, sin embargo, ni sus dirigentes ni sus fieles exigen que se prohiba. Si les cuestionamos sus motivos, ellos dirán todo un discurso ideológico de por qué nadie debería hacerlo; sin embargo, reservan dicha decisión a su interioridad y libre albedrío. Cada una de estos credos considera que es el camino auténtico a la salvación o la trascendencia, ¿por qué la Iglesia Católica sigue queriendo ser la mamá de los pollitos y gobernar un país desde el púlpito? ¿No confía en sus fieles? ¿Cree que la libertad de eligir llevará a sus pobres ovejas ciegas a la perdición? A mí la lógica me indica que considera a sus seguidores como niños, eternos menores de edad, que deben ser protegidas bajo sus faldones de cuaresma.

Y que conste, el problema no es la religión en sí. Dentro de la Iglesia Católica, hay facciones comprometidas con su fe que no están de acuerdo con el proceder de sus dirigentes y que están abiertas a nuevas formas de convivencia al interior y exterior de esa institución, como Católicas por el Derecho a Decidir y la Diócesis de Saltillo que promueve el respeto y la tolerancia hacia las diferentes expresiones y orientaciones sexo-eróticas. ¿Hasta cuando la jerarquía Católica mexicana tendrá noticia de que los días de Torquemada ya terminaron?

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