La Iglesia Católica es enemiga de la ciencia

La Iglesia Católica ha sido históricamente un generoso mecenas para la ciencia?, siempre y cuando esa ciencia se detenga, doble la rodilla y agache la cabeza antes de pensar siquiera en cruzar ciertos límites

Leyendo un artículo de cierto católico que, con ínfulas de científico, intenta demostrar de la manera más obtusa concebible que el ser humano no es un ser meramente biológico (y que comentaré en una próxima entrega), me distrajeron unos como anuncios publicitarios que aparecían en torno al texto, promocionando un podcast apologético sobre ciencia, en inglés. Los pego aquí abajo:

Si la Iglesia Católica está en contra de la Ciencia…
 ¿por qué el padre de la teoría atómica moderna es un católico?

Si la Iglesia Católica está en contra de la Ciencia…
¿por qué hay 35 cráteres en la Luna con nombres de sacerdotes jesuitas?

Si la Iglesia Católica está en contra de la Ciencia…
¿por qué el padre de la química moderna es un católico?

Es necesario (o no, si el lector es un ser pensante y está haciendo uso de esa capacidad en este momento) aclarar que la premisa implícita de estas preguntas retóricas es totalmente falaz, por una cantidad de razones, de las cuales podría citar: 1) que se puede profesar una religión sin creer todos sus postulados hasta sus últimos corolarios, 2) que no es lícito que una religión se lleve el crédito por lo que sus seguidores hacen de bueno a menos que también acepte la culpa por todo lo que hacen de malo.

Vamos entonces a ver, ¿por qué, si la Iglesia Católica es enemiga de la ciencia, hay 35 cráteres lunares nombrados como sacerdotes jesuitas, el padre de la química moderna era católico, y el padre de la teoría atómica moderna también? Muy sencillo: porque ni la observación lunar ni la química básica ni la investigación sobre la estructura atómica han estado jamás, en tiempos modernos, en conflicto con dogmas católicos, con la interpretación católica contemporánea de las Escrituras o con los caprichos doctrinarios de ningún Papa o dignatario eclesiástico influyente.

Cuando Galileo osó proclamar que el Sol tenía manchas, encontró gran oposición de parte de los seguidores de la doctrina aristotélica de la inmutabilidad de los cielos, que estaba incorporada a la teología católica. Galileo estaba diciendo que la visión católica del universo —un universo perfecto e impoluto creado por Dios, con una Tierra imperfecta, manchada por el pecado humano, en su centro— era falsa. (De hecho, el asunto de la observación lunar no fue tan sencillo, al principio, por los mismos motivos. La manifiesta irregularidad de la superficie lunar era un desafío a la ideología de la perfección de los objetos ultraterrestres. Pero eso pasó rápido.) La infame retractación y condena que se le impuso a a Galileo por haber dicho que la Tierra giraba alrededor del Sol fue distinta. Lo que hace del asunto una prueba de que la Iglesia es enemiga de la ciencia es el hecho de que Galileo tuvo que renunciar a su teoría, no porque fuera incorrecta, sino porque los jueces de la verdad eran clérigos y sus únicos instrumentos de juicio eran sus interpretaciones de una doctrina arbitraria.

¿Por qué, si la Iglesia Católica es enemiga de la ciencia, los padres de la química y de la teoría atómica eran católicos? El “padre de la química”, Antoine Lavoisier, era de hecho católico y devoto, pero su religión no intervino en lo más mínimo en su ciencia (lo cual es algo que debemos agradecer). La pregunta debería plantearse de otra manera: ¿qué hubiera ocurrido si Lavoisier no hubiese sido católico sino protestante, judío o ateo? La respuesta es obvia: si no hubiese sido católico, en la Francia de mediados del siglo XVIII, la notoriedad que alcanzó lo habría expuesto a anatemas feroces, a la expulsión de los ámbitos académicos, al exilio o incluso la cárcel o la hoguera.

Si uno busca en Internet “padre de la teoría atómica moderna” encontrará a John Dalton, el inglés que concibió y midió por primera vez los pesos atómicos y que descubrió la ley de las proporciones múltiples. Dalton era cuáquero, miembro de una secta cristiana caracterizada por su austeridad y su pacifismo. Para otros (especialmente católicos y croatas), el título recae en el católico croata Ru?er Josip Boškovi? (Roger Joseph Boscovich, en la forma occidentalizada más común), que desarrolló —aunque en forma totalmente especulativa— una teoría de partículas y fuerzas a distancia que se adelantó a su época.

En todo caso, la idea de que toda la materia estaba hecha de partículas pequeñísimas e indivisibles es mucho más antigua. Si tenemos que buscar alguna relación entre la religión cristiana y la idea de átomo, la encontraremos en el pensamiento de René Descartes, que creía que todo estaba hecho de “corpúsculos”, pero rechazaba la idea de que hubiera porciones de materia indivisibles… porque Dios, lógicamente, no podía crear un trozo de materia que Él mismo no pudiera dividir. (Como hoy sabemos, un átomo no es indivisible, pese que el nombre átomo significa precisamente eso; pero un átomo consta de partículas que sí son indivisibles.) Descartes, aun siendo un cristiano devoto, tuvo que irse de su católica Francia natal a Holanda para encontrar un ambiente religioso más plural donde poder trabajar sin temor.

La Iglesia Católica ha sido históricamente un generoso mecenas para la ciencia…, siempre y cuando esa ciencia se detenga, doble la rodilla y agache la cabeza antes de pensar siquiera en cruzar ciertos límites dispuestos por el capricho de los dignatarios mitrados. Y esos límites son hoy cada vez más visibles. Hay una razón por la cual el padre de la química moderna pudo ser, hace tres siglos, un católico defensor de su fe, pero el padre o la madre de la próxima revolución científica, la que descubra cómo prevenir enfermedades modificando los genes de los embriones humanos o determine finalmente cómo el universo se creó a sí mismo sin ayuda de ningún Creador, no será, casi con seguridad, devoto católico ni de ninguna de las grandes religiones dogmáticas.

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