La Iglesia apocalíptica de Kiko Argüello, un profeta pesimista del siglo XXI

Artista, pintor, cantante, compositor y fundador. Se llama Kiko Argüello y ni siquiera es cura. Pero le siguen más de un millón de personas en todo el mundo. Su mensaje es claro y tajante: «El mundo es un antro de perversión y abominación en manos de Satanás» y su única salvación es «Cristo Resucitado».

En un mundo desgraciado, donde reina el aborto, la eutanasia y la homosexualidad, el camino neocatecumenal es la única salida que le queda al hombre para ser feliz y encontrar sentido a su vida.El aula magna de la Universidad San Pablo-CEU está abarrotada.No cabe un alfiler. Se masca el ambiente de las grandes ocasiones.Los congresistas esperan con expectación a la estrella invitada el segundo día del Congreso Católicos y Vida Pública: Kiko Argüello.Entra, en medio de una nube de fotógrafos. Le presenta Gerardo Rocha, presidente de la Universidad Santo Tomás, de Chile. En primera fila, el ex comisario europeo Marcelino Oreja, el ex consejero de Educación de la Comunidad de Madrid Carlos Mayor Oreja y el obispo de Jerez, Juan del Río, entre otros.

Kiko viste un traje negro con corbata del mismo color, que realza aún más su figura de cincuentón de pelo cano. Se nota que cuida su imagen. Todo está perfectamente pensado, desde su forma de vestir hasta su manera de hablar o de gesticular. Y, desde el principio, rompe esquemas. «¿Me permiten que hable de pie?», pregunta y se levanta. Y ya no volverá a sentarse durante la hora y tres cuartos que dura su intervención. Su comienzo es dubitativo y vacilante. Quiere hablar de que «la belleza salva al mundo», pero no lo consigue. No le salen las palabras. Vacila, suspira, suda, se mueve nervioso. Pasa la primera media hora contando su vida. A «pinceladas», como él mismo reconoce. Porque es incapaz de hilvanar su relato. Y cuenta su crisis de juventud en Madrid, en la Escuela de Bellas Artes, «cuando no me hice comunista porque Dios me ayudó». Su descubrimiento de Sartre, su vacío existencial, su búsqueda de Dios y su caída del caballo.«Un día entré en la iglesia del Carmen, cerca de Sol, la vi llena de viejas y creí y comencé a llorar a chorros como nunca».

Pierde el hilo («¿por donde iba?») y se aturulla. La gente se mira, extrañada: la estrella no tiene un buen día. Impertérrito y sudoroso, Kiko presume de familia bien, cuenta su estancia en las barracas de Vallecas «rodeado de quinquis, gitanos, ratas y perros», el lugar donde se encontró con el «sufrimiento de los inocentes». Y allí, en «aquel laboratorio», nació el Camino Neocatecumenal.

Poco a poco, Kiko se va calentando. Y pasa de la vacilación al dominio del escenario. Comienza a templar y a mandar, hablando de lo que conoce por dentro: la experiencia artística. Y exhibe, ante un auditorio boquiabierto, su capacidad pedagógica de profesor de Arte. Con demostración incluida. Hace levantar a una chica de la primera fila para explicar su teoría de la relación armónica: «Tus pómulos salientes, tu frente y el cambio de materia de tu pelo. La relación matemática de la belleza armónica». La chica se sienta, toda cortada. Y Kiko sigue con su clase de estética del arte, durante más de 20 minutos.

Y da paso a la tercera parte de su show. El Kiko vacilante se transforma en un telepredicador seguro de sí mismo, que domina el escenario, que se pasea con el micrófono en la mano, que se quita la chaqueta y se lanza a predicar el kerigma o el anuncio de que Cristo ha resucitado. Chilla, jadea, gesticula, coge el crucifijo y lo levante en el aire como un iluminado. Enrojecido, encolerizado, se escucha a sí mismo y lanza su mensaje: «Los ídolos ciegan. Sólo Dios nos salva».

Lee pasajes del Apocalipsis que hablan de demonios, rameras y abominaciones. Y de la Gran Ciudad, a la que identifica con Nueva York, símbolo de la cultura de la muerte. Clama contra los 300 millones de abortos sólo en China. Y dice que el mundo sólo se salva «por la necedad de los predicadores» del Camino. Se dirige a un cura, le señala con el dedo y le dice que es «un pecador bastante gordo».

Se da la vuelta y, señalando a Marcelino Oreja, le espeta: «¿Este hermano tiene vida eterna? Que lo demuestre». Monseñor del Río, que está sentado al lado del ex comisario europeo, baja la cabeza, anonadado. Kiko despotrica contra el compromiso social de los cristianos. Critica a Holanda y al teólogo Edward Schillebeeckx, como paradigma del «cisma católico de un cristianismo basado en lo social» y de un país «lleno de homosexuales». Por el tono, sólo le falta mandar a todos los gays a la hoguera. De pronto se detiene y concluye: «Rezad por mí». Tímidos aplausos. Hasta los católicos conservadores sienten un poco de vergüenza.

A tres calles del Aula Magna del CEU, en el Colegio Mayor Chaminade, de los marianistas, la Asociación de Teólogos Juan XXIII rinde homenaje a Hans Küng, el célebre teólogo disidente. Allí se habla de opción por los pobres, de utopía liberadora, de ética de la paz, de solidaridad, de lucha por la paz en la justicia. Dos mundos, dos lenguajes y dos Iglesias. La del Apocalipsis y la de la esperanza.

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