La idea de Dios

«Mientras la religión a las dudas les opone la fe, la ciencia le entrega más dudas», dice Diego. 

Dios, ¿existe? Para Golombek, la pregunta es irrelevante. Que mucha gente crea que sí existe, en cambio, lo intriga como científico. Los experimentos para ver dónde se aloja la fe 

Cuando era chico, Diego Golombek le hablaba a dios. No tenía una educación religiosa, pero así y todo depositaba sus inseguridades de niño confiando en algo o alguien más allá de la experiencia humana. Hasta entonces, hasta sus doce años, Diego no tenía más contacto con la vida espiritual que la influencia de cierta religiosidad social: juntarse para las fiestas judías, ir al templo de tanto en tanto. Su abuelo paterno había sido maestro religioso en una colonia judía de Entre Ríos, pero no era esa una vertiente familiar que lo influenciara demasiado, sino más bien la de su padre, militante comunista y anticlerical. Cuando estaba entrando en la adolescencia, Diego tuvo una revelación inversa a la de experiencia religiosa: sintió que aquella voz que le contestaba sus preguntas no era más que un diálogo consigo mismo. «Esto lo controlo yo», se dijo, y fue dejando sin desilusión, «como parte de algo normal», la vida espiritual.

Muchos años después abrazaría la ciencia -es doctor en Biología-, y con ella una distancia aún mayor del pensamiento religioso: la existencia o no de dios lo tiene sin cuidado porque, dice, no es una pregunta científica. Pero por qué la gente cree en dios, por qué él de niño creyó en dios, sí le parece una pregunta que se puede responder con los métodos de la ciencia, y por eso escribió y publicó un libro que explica que la religión es una parte esencial de la biología del ser humano. Que creemos en dios porque nuestro cerebro viene formateado para la vida espiritual.

Esto es lo que Diego desarrolla en Las neuronas de Dios, su último libro, que ha captado la atención de creyentes y no creyentes, en el que el investigador del Conicet y divulgador científico se sirvió de los últimos hallazgos en neurociencias, más precisamente en una rama llamada «neuroteología», la disciplina que encontró a dios en los mismísimos pliegues del cerebro humano.«La idea de Dios -propone Diego- está ‘cableada’ en nuestras cabezas, es innata: el ser humano como especie nunca hubiese podido escapar de la religión». De hecho, así explica su religiosidad de cuando era chico: «Si la propensión a la creencia es innata, y yo soy un humano, era inevitable que tuviera creencias religiosas». 

La neuroteología está sustentada en el trabajo que hace la neurociencia con el estudio de la conducta humana a través de la actividad cerebral. Los mapas cerebrales, que permiten ver cómo el cerebro se «ilumina» a partir de determinadas ideas o sensaciones, logró que la idea de Dios se volviera tangible para la ciencia. Así notaron los científicos que dios está alojado en una parte específica del cerebro, asociada con la sensación de gratificación que se genera cuando realizamos una actividad placentera, como comer un chocolate o tener sexo. «Algunos fenómenos religiosos están asociados a ese mismo circuito de recompensa», dice. Este mismo mecanismo es el que explica, según la neurociencia, por qué hay gente, como Diego, que en algún momento creyó en algo sobrenatural y luego dejó de hacerlo. Lo curioso es que entre esas funciones aparecen algunas otras inesperadas: la misma zona que se activa para operar en clave religiosa es la que se activa cuando se consume una droga como el LSD.

Pero aun con la comprobación empírica, la religión no acaba en mapas cerebrales. La religión sale del individuo, que se congrega, fomenta lazos y crea y venera rituales, usos y costumbres. La religión es cultura y Diego se preocupa por rescatar su importancia social. «La cultura es fundamental. No todo es cerebro y genes. Somos dos cosas claramente unidas: lo que traemos de fábrica y el ambiente. Las creencias también son innatas», aclara el científico. De hecho, Diego asegura que si no hubieran existido las religiones tal como las conocemos actualmente, se habrían creado otras.

¿Entonces la neurociencia encontró a dios? «En realidad no, la neurociencia encontró la idea de Dios. La pregunta sobre si existe, o no, no es científica, pero la idea de Dios es una actividad de la mente, y las actividades de la mente sí pueden estudiarse bajo la lupa de la ciencia», dice. Y lo interesante es que este hallazgo tiene, además, un sustento en la teoría de la evolución por selección natural de Darwin.

El experimento mental que propone Golombek es el siguiente. Pensemos en dos neandertales de hace unos 230 mil años. Uno tiene una actitud curiosa frente a lo que sucede. Si hay un ruido fuera de su refugio, va a mirar qué está pasando. Otro cree en entidades sobrenaturales: ante cualquier ruido desconocido deja que el miedo lo lleve a buscar otro hogar. Ante la duda, el procaz científico de las cavernas saldrá a comprobar su hipótesis y muy probablemente termine siendo la cena de un predador. Mientras que el creyente, ya en otra caverna, no se preocupará demasiado por entender y sobrevivirá.

Lo curioso es que la ciencia y la religión comparten una misma raíz: a ambas las mueve la curiosidad y el miedo a lo desconocido. Pero allí acaban las semejanzas. «Mientras la religión a las dudas les opone la fe, la ciencia le entrega más dudas», dice Diego.

Salvo, como sugirió Albert Einstein, que la ciencia sea una forma de religión. En enero de 1936, cuenta el libro Dear Professor Einstein: Albert Einstein’s Letters to and from Children, una nena neoyorkina llamada Phyllis le hizo una pregunta. «En nuestra clase del domingo pasado nos preguntamos si podíamos creer tanto en la ciencia como en la religión. Les escribimos a científicos y otros hombres importantes para intentar tener una respuesta a nuestra pregunta: ¿rezan los científicos?, ¿a qué le rezan?». 

Unos días después, Einsten le contestó: «Los científicos creen que cada ocurrencia, incluyendo los asuntos de los seres humanos, se debe a las leyes de la naturaleza (…). Sin embargo, debemos conceder que nuestro conocimiento actual de estas fuerzas es imperfecto, por lo que al final, la creencia en la existencia de un espíritu último, final, deriva en una clase de fe. La búsqueda de la ciencia conduce a un sentimiento religioso especial, que sin duda es muy diferente de la religiosidad de alguien más ingenuo».

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