La historicidad de Jesús y las fuentes no cristianas: Aportes a la crítica del negacionismo mitista

Se debe condenar a todo aquél que, sea cual fuere el lado del argumento en que se coloque, manifieste en su defensa falta de buena fe, malicia o intolerancia de sentimientos. Mas no debemos imputar estos vicios a la posición que una persona adopte, aunque sea la contraria a la nuestra. Rindamos honores a la persona que tiene la calma de ver y la honradez de reconocer lo que sus adversarios realmente son, así como lo que representan sus opiniones, sin exagerar nada de lo que pueda perjudicarlos, y sin ocultar tampoco lo que pueda favorecerlos. En esto consiste la verdadera moralidad de la discusión pública. Y aunque a menudo sea violada, me contento con pensar que existen muchos polemistas que la observan en alto grado, y que es mayor todavía el número de los que se esfuerzan por llegar a su observancia de un modo consciente.

John Stuart Mill, Sobre la libertad

Por desgracia, cada día hay más y más personas ateas o agnósticas que niegan la existencia histórica de Jesús de Nazaret, sobre todo desde que Internet popularizara en todo el mundo el documental Zeitgeist de Peter Joseph; y, más atrás aún, desde que la industria cultural (cadenas de TV, prensa escrita, editoriales, etc.), encaramada a la gran ola de El código Da Vinci –la novela y su adaptación cinematográfica– y la moda del revisionismo histórico conspiracionista, lograra transformar ese negacionismo tan controvertido en una lucrativa fuente de ingresos a través del marketing sensacionalista y la comercialización masiva.

Este negacionismo no es nuevo, por cierto. Se remonta al ilustrado siglo XVIII, época en la cual diversos librepensadores de Inglaterra (Toland, Collins, Woolston) y Francia (Volney, Dupuis), en base a una relectura crítica del Nuevo Testamento y otras fuentes antiguas, defendieron públicamente la tesis según la cual la figura de Jesús sería, in totum, un mito literario, una mera invención (de ahí que el negacionismo sea también llamado mitismo). Este enfoque, que en los países anglosajones recibe el nombre de Christ myth theory, fue retomado y desarrollado en el siglo XIX por el alemán David Strauss, alcanzando su formulación clásica con Arthur Drews a inicios del siglo XX; y luego de un largo paréntesis de oscuridad, experimentaría un modesto rebrote durante los 70 y 80 con las obras de –entre otros– George Wells, Alvar Ellegård y Robert Price; prolongándose hasta nuestros días de la mano de autores como Timothy Freke y Peter Gandy. No obstante, los mitistas, independientemente de su mayor visibilidad mediática, siempre han sido en el ámbito académico especializado un grupo muy minoritario y marginal, y lo siguen siendo.[1]

Pero aclaremos de inmediato, a fin de evitar malentendidos, qué se entiende exactamente por existencia histórica de Jesús de Nazaret. ¿La vida y muerte del «Hijo de Dios» hecho hombre? ¿La Encarnación, Pasión, Resurrección y Ascensión de Cristo? ¿Sus innumerables proezas como taumaturgo (curaciones milagrosas de enfermos e inválidos, exorcismos, multiplicación de los panes y peces, transustanciación, transfiguración, etc.)? Por supuesto que no. Todo eso pertenece al reino de la fe cristiana y su frondosa mitología. Por existencia histórica de Jesús de Nazaret se entiende la vida y muerte verídicas de Yeshúa min-Natsaret, el rabbí de Galilea crucificado por el prefecto romano Poncio Pilato a instancias del Sanedrín en el año 33, durante el reinado del emperador Tiberio. Es decir, el núcleo histórico real de la leyenda del Nazareno, su esqueleto factual despojado de toda su carnadura cristológica y soteriológica. En suma, la historia auténtica del más famoso de todos los pretendientes mesiánicos (aspirantes a Mesías) del pueblo judío,[2] haciendo a un lado deliberadamente las mistificaciones metafísicas y mistéricas de Pablo de Tarso y Juan el Evangelista, y del inmenso corpus teológico que se fue sedimentando sobre ellas a lo largo de dos milenios.

Confundiendo la paja con el trigo, los mitistas objetan –al decir de Gonzalo Puente Ojea– no sólo el “Cristo de la fe”, sino también el “Jesús de la historia”. Argumentan que no hay ninguna evidencia fidedigna de su existencia. ¿Qué entienden exactamente por evidencia fidedigna? Fuentes primarias que, amén de (1) tener autenticidad de origen y estar libres de adulteraciones ulteriores, sean (2) unívocas en sus alusiones al Galileo –que claramente se refieran a él y no a otro personaje histórico–; (3) externas e independientes a la tradición cristiana, viciada de parcialidad; (4) relativamente abundantes en cantidad y extensión; (5) rigurosamente contemporáneas y testimoniales, es decir, escritas en vida de Jesús o poco después de su muerte por testigos directos de sus dichos y acciones; y por último, (6) convergentes en la información factual que proveen.

Y en efecto, si por evidencia fidedigna entendemos todo eso, preciso es admitir que no la hay. Ninguna de las fuentes existentes se ajusta a este séxtuple criterio. Los libros del Nuevo Testamento, aunque se adecuan al segundo y cuarto requisito, no lo hacen del todo con el sexto, e incumplen a todas luces con el primero y tercero, y también con el quinto (los Evangelios Sinópticos y las Cartas Paulinas, los más antiguos, datan recién de la segunda mitad del siglo I; y ninguno de ellos fue escrito de veras por personas que hayan conocido personalmente a Jesús). Lo mismo es aplicable a los evangelios apócrifos, con el agravante de que éstos son bastante más tardíos (los más antiguos datan de fines del siglo I y principios del siglo II) y menos concordantes. En lo que respecta a las fuentes extracristianas (judías y paganas), que sí se ajustan al tercer criterio, éstas son, amén de extemporáneas (retraso nunca inferior a los 60 años, salvo una poco fiable excepción de tercera mano que examinaremos luego), demasiado escasas y escuetas; y en algunos casos, parcialmente inauténticas, ambiguas y/o poco congruentes.

Las fuentes extracristianas

Las fuentes judías se agrupan en dos: las Antigüedades judías del historiador Flavio Josefo, cuya composición ha sido datada en torno al año 93, y el Talmud de Babilonia, que compila la literatura rabínica de los siglos III, IV y V –basada ésta, a su vez, en la tradición oral de los Tanaim, que se remonta a las dos primeras centurias de nuestra era–. Las Antigüedades judías contienen dos referencias al Nazareno. La primera y más importante, comúnmente conocida como Testimonio Flaviano (XVIII, iii, 3), ha sido objeto de no pocos cuestionamientos en lo atinente a su autenticidad documental; no obstante, y aunque no faltan quienes esgrimen la tesis de la falsificación total, entre los eruditos prevalece la tesis de la autenticidad parcial (Josefo efectivamente mencionó a Jesús, pero su mención fue posteriormente alterada por los copistas cristianos con algunos añadidos). El segundo pasaje (XX, ix, 1), menor en extensión e importancia (aunque no por ello exento de valor probatorio), ha suscitado menos reparos, siendo casi en su totalidad aceptado por la abrumadora mayoría de los filólogos. Por su parte, el Talmud de Babilonia contiene a priori numerosas referencias al Galileo; pero todas ellas son, además de incidentales, bastante oscuras y contradictorias, con el agravante de que su extemporaneidad duplica –en el mejor de los casos– la de las Antigüedades

Entre las fuentes paganas más antiguas tenemos una carta en siríaco del filósofo estoico Mara bar-Serapión a su hijo, que de acuerdo al parecer de la mayoría de los expertos, es auténtica y habría sido escrita entre el último cuarto del siglo I y la primera mitad del siglo II. Al margen de su extemporaneidad, el problema que ofrece este documento antiguo es que no está del todo claro que el pretendiente mesiánico condenado a muerte al que se hace mención sea realmente Jesús de Nazaret y no otro personaje, aunque bien podría tratarse de él.

En el ámbito de la literatura griega tenemos a Talo, un historiador helenístico presumiblemente palestino (Samaria). En torno al año 52 escribió una historia del mundo mediterráneo en tres tomos donde habría atribuido el presunto oscurecimiento producido durante la crucifixión de Jesús a un eclipse solar. Esta referencia tendría a su favor, amén de su objetividad (el autor es pagano) y nula ambigüedad, el hecho de su inigualada cercanía cronológica al suceso en cuestión (apenas dos décadas de distancia). Sin embargo, su valor probatorio es endeble, ya que se trata de una fuente de tercera mano. Ningún manuscrito de la obra de Talo ha sido encontrado hasta ahora, conservándose de ésta solamente 14 breves fragmentos, que son citas de otros autores. Su hipótesis sobre las tinieblas de la crucifixión nos ha llegado muy indirectamente a través de Jorge Sincelo, un erudito bizantino de fines del siglo VIII y principios del IX, el cual cita un pasaje perdido de la Crónica de Sexto Julio Africano –escrita hacia el año 221– en que este autor cristiano polemiza con Talo acerca de cuál habría sido la causa del supuesto oscurecimiento ocurrido el mediodía del primer día de Pascua del año 33. No obstante, al menos la autenticidad de Talo y su obra están ampliamente acreditadas por las referencias de otros autores antiguos como Eusebio, Tertuliano y Lactancio.

Tres son las fuentes paganas de procedencia latina dignas de consideración por su datación más o menos «temprana» (primer cuarto del siglo II). La más importante son los Anales (XV, 44) de Tácito, un historiador romano célebre por su rigor documental. Aunque incidental, la alusión que hace este cronista a la figura histórica del Nazareno resulta muy clara, y aporta datos muy precisos que coinciden con el relato evangélico. Por lo demás, la inmensa mayoría de los estudiosos coincide en que es auténtica. Su único bemol radica, por ende, en su extemporaneidad (data aprox. del año 116). Otra fuente en latín es la obra Vidas de los doce césares (V, 25) del historiador Suetonio. Su valor testimonial es bastante limitado, ya que al margen de lo tardía que resulta su datación (c. 120), adolece de ambigüedad e imprecisión (no está del todo claro que Chrestus sea Jesús de Nazaret, ni cuál es el contexto espacio-temporal de su accionar sedicioso). La tercera fuente latina es la carta (X. 96) que Plinio el Joven, siendo gobernador de Bitinia y el Ponto, le remitió al emperador Trajano en torno al año 112. Esta epístola aporta muy poco al debate sobre la historicidad del Galileo, dado que su ambigüedad al respecto es extrema.

Un cuarto subgrupo de fuentes paganas –más tardías– estaría representado por el escritor helenístico Luciano de Samósata, el retórico latino Frontón de Cirta y los filósofos neoplatónicos (Celso, Porfirio, SosianoHierocles, Juliano) que polemizaron con los apologetas cristianos de la época post-apostólica (Minucio Félix, Justino, Tertuliano, Orígenes, Eusebio, Cirilo, etc.). El primero es autor de la sátira anticristiana Sobre la muerte de Peregrino (c. 165), un texto plagado de críticas mordaces a la nueva religión. Sin embargo, y pese a su declarado escepticismo, Luciano nunca pone en tela de juicio la historicidad de Jesús. Sí, desde ya, su divinidad y varios de sus milagros; pero no su existencia histórica. Lo mismo vale para Frontón (100-170) y los pensadores neoplatónicos Celso (s. II), Porfirio (s. III), Sosiano Hierocles (s. III-IV) y Juliano (s. IV), aunque lo suyo no sea la composición satírica sino la controversia filosófica. Tampoco ellos disimulan su incredulidad y encono hacia el cristianismo (Celso, por ej., se regodea haciéndose eco del rumor según el cual Jesús sería hijo adulterino de María y un soldado romano). Resulta muy significativo que estos polemistas paganos no hayan echado mano a un argumento tan potente como el de aseverar la falsedad histórica del Galileo. Todo hace presuponer que, de haber existido en aquel tiempo suspicacias acerca de la historicidad de Jesús, no hubieran vacilado en sacar partido de ello.

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La historicidad de Jesús y las fuentes no cristianas: Aportes a la crítica del negacionismo mitista

Federico Mare. Historiador y ensayista

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[1] Como manifestara hace un tiempo en una entrevista el erudito español Antonio Piñero, experto en cristianismo primitivo, “Jesús es un hombre que existió realmente […] El 99,9% de los investigadores serios –ateos o no ateos, dogmáticos o no dogmáticos, de derechas o de izquierdas– lo admite. El problema está en cómo se vio al personaje, cómo se transmitió” (cfr.www.periodistadigital.com/religión/libros/2012/12/23/antonio-pinero-hay-mas-pruebas-de-la-existencia-de-jesus-que-de-la-de-julio-cesar-religion-iglesia-libros.shtml).

[2] Mesías en el sentido hebreo tradicional de la palabra: no el Hijo de Dios o Verbo Encarnado de la novedosa especulación teológica cristiana –tributaria de la metafísica neoplatónica y la religiosidad de salvación helenística– , sino el Mashíaj («Ungido»)de las viejas profecías judías, el sucesor del rey David, un hombre providencial, un héroe al que Jehová le ha dado una misión sagrada y gloriosa, y al que le dispensa su protección y auxilio sobrenaturales, pero que sigue siendo al fin de cuentas –como Moisés– un hombre de carne y hueso. No el Christós modesto, apolítico, pacífico y portador de una redención puramente espiritual (no terrenal), sino un poderoso caudillo de sangre real que bajo la égida divina está llamado a restaurar el reino de Israel (la monarquía davídica y la independencia del pueblo judío) en toda su grandeza y santidad, enfrentando y derrotando en una guerra implacable a la nueva Babilonia de la opresión imperial: Roma. Como buen judío que era, Jesús entendía su pretendida mesianidad de esta última forma, y nunca como una divinidad encarnada, idea completamente extraña a su entorno cultural y religioso. Cfr. Puente Ojea, Gonzalo, La formación del cristianismo como fenómeno ideológico. Madrid, Siglo XXI, 1984 (1974), pp. 49 et sq.

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