La guerra santa

La Iglesia católica incluye en su propio nombre el objetivo de constituir un credo urbi et orbe, una agrupación con voluntad de ser el brazo de la divinidad en el planeta Tierra. ¿Un brazo armado? Bueno; al poder de Dios le añade el catolicismo el muy terrenal mando y ordeno del poder del César, incluso con un Estado que, si bien carece de ejército, dispone de instrumentos mucho más sólidos de control como, por poner un ejemplo bien adecuado, el Banco Vaticano –heredero de aquél otro, el Ambrosiano, protagonista de sonoros escándalos en la década de los años 80 del siglo anterior–. La muy difícil compatibilidad entre las dos caras de una organización que se dice espiritual y universal pero cuenta con poderes políticos tan materiales como para intervenir en la política financiera internacional llevó, al menos en nuestro país, a disponer de fórmulas de influencia política directa durante todos los años de la dictadura franquista, cosa tan evidente como comprensible, e incluso –algo más sorprendente– de la España constitucional. Pero de un tiempo a esta parte la jerarquía católica española parece sentirse muy incómoda con unos poderes políticos que, aun haciendo caso omiso del carácter laico que las leyes imponen al Estado, han tenido a bien aprobar iniciativas legales como la del aborto o la muerte digna. Así que, de manera nada oculta, se ha declarado la Guerra Santa.
España es hoy, para el señor Rouco Varela –arzobispo de Madrid de profesión–, tierra de infieles, tierra de misiones. Y la misión cuenta con un programa que remite de forma directa a la confrontación. Sucede año tras año en los actos multitudinarios que el ciudadano español Rouco Varela, sometido que yo sepa a las leyes del Reino amén de su obediencia voluntaria al Papa, monta por Navidad. No se trata de celebraciones religiosas sino de manifestaciones, tal y como el mismo papa Benedicto XVI ha tenido a bien aclararnos respecto de la del domingo pasado en Madrid. Manifestaciones con un tono tan guerrero como el que cabe encontrar en otras llamadas a la guerra santa que vienen de credos a los que llamamos fundamentalistas, no sin razón.
Las guerras, santas o no, se dirimen contra un enemigo señalado. Pues bien, el enemigo al que hay que conquistar, liquidar, evangelizar o lo que sea que se propongan hacer el ciudadano Rouco Varela y sus cooperantes de asociaciones que se llaman de forma muy ilustrativa –Legionarios de Cristo, Opus Dei, Asociación Católica de Propagandistas, Camino Neocatecumenal– es el del Estado español, calificado como jabalí del laicismo agresivo. Dicho de otro modo, no se trata de una guerra de religiones como solía ser las que perseguían a los infieles, sino de una contienda declaradamente política con el propósito cada vez más firme de utilizar un partido como ejército armado. Cabría preguntarse a santo de qué es eso necesario si los dos que se alternan en el poder en España cuentan con católicos militantes en sus filas. La respuesta es sencilla: porque a Rouco Varela y sus muchachos no les basta. Que los laicos se vayan preparando.

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