La formación liberadora del librepensamiento

Dentro de la temática de este VI Congreso de la AILP, «Librepensamiento: un reto frente al mundo contemporáneo», y de su Mesa 2 «Una educación liberadora para lograr un ser humano feliz», esta ponencia relaciona ambas al referirse a «La formación liberadora del librepensamiento». Para esto parte del referente de la realidad del mundo contemporáneo, luego revisa la teoría de la educación liberadora y del librepensamiento, y concluye con la praxis liberadora del librepensamiento.

EL REFERENTE DE LA REALIDAD

El mundo de ahora es consecuencia del de ayer, de sus miserias, ideales y luchas. En 1776 Thomas Jefferson, inspirado en la Declaración de Derechos de Virginia, el pensamiento del filósofo John Locke y las ideas de la Ilustración, redactó el Preámbulo de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América, el cual reconoció los primeros derechos humanos: vida, libertad y búsqueda de la felicidad, a los que consideró inalienables, consustanciales a todos los seres humanos, y razón de ser de los gobiernos, por lo que aquellos a su vez sustentan el derecho y el deber de derrocar a los gobiernos despóticos que destruyan dichos principios (Jefferson, 1776). Desde entonces hasta la actualidad —cuando incluso utilizamos indicadores para medir la felicidad—, este derecho ha constituido una forma de expresar los máximos ideales de sociedades organizadas, lo que desde diferentes culturas y cosmovisiones se manifiesta con otros términos: bien común, buen vivir, sumak kawsay, vivir bien. Ellos apuntan a que el fin de la sociedad y del Estado es la consecución de una situación de bienestar, dignidad y satisfacción general de toda la colectividad.

Sin embargo, el mundo actual muestra una realidad de violencia, injusticia, depredación de la naturaleza, violación de derechos humanos y una lista interminable de aberraciones que generan sufrimiento a la mayoría de habitantes del planeta. Ante esto ¿cabe aspirar a la felicidad si no se goza de libertad y justicia?

¿Si la felicidad de pocos es la infelicidad de muchos? ¿Si en África cientos de miles de niños literalmente mueren de hambre, mientras en otras partes se bota comida? ¿Si hombres, mujeres y niños mueren en el Mediterráneo, como último episodio de conflictos causados por quienes destruyen países para apropiarse de sus recursos naturales? ¿Si pueblos enteros son condenados a la pobreza para no disminuir las utilidades de la banca internacional? ¿De qué felicidad estamos hablando? ¿Para quienes? ¿Qué pasó con el objetivo fundacional del país que ha impuesto su estilo de vida en todo el mundo?

Me atrevo a señalar que los medios adoptados para el logro del ideal de felicidad no se corresponden con este fin, sino con uno muy distinto: la codicia de las élites adueñadas del poder mundial. Y en función de esta, ellas han potenciado un sistema económico que ha hecho inmensamente rica a una minoría, a costa de extender la pobreza, generar violencia, destruir la naturaleza, produciendo y consumiendo sin freno, sin importarles que los recursos de nuestro planeta son limitados.

Y para defender su codicia, su sistema económico y su poder político disfrazado de democracia, utilizan el control ideológico, recurriendo a todo medio, desde los tradicionales —ignorancia, miedo, superstición, religión—, hasta el actual control de la información y la cultura, incluyendo hasta los gustos, gracias a una tecnología que permitió globalizar los antivalores de la sociedad de consumo y propiciar comportamientos inmediatistas, impulsivos, primarios, que sustituyen al pensamiento y la reflexión, o solo los utilizan para repetir creencias y prejuicios, o para ser aceptados socialmente subordinándose a los patrones imperantes.

LA TEORÍA LIBERADORA DEL LIBREPENSAMIENTO

Esta opresión e injusticia son intolerables. Y frente al adoctrinamiento social, escolarizado y comunicacional que la sustenta ideológicamente, se requiere una educación que libere las mentes y ayude a la liberación de la opresión y la injusticia.

Así lo comprendió a fines del siglo XIX y principios del XX el pedagogo, anarquista, masón y librepensador catalán Francesc Ferrer i Guàrdia, quien con influencias positivistas, anarquistas, librepensadoras y masónicas y de autores como Rousseau y Tolstoi, planteó una nueva escuela para formar nuevas mentalidades, libres de la manipulación política del Estado y del clero, naturalista, mixta, multiclasista, laica, igualitaria, lúdica, investigativa, fundada en una enseñanza científica y racional, cuyo cometido fuese «…que el niño conozca el origen de la desigualdad económica, la falsedad de las religiones a la luz de la ciencia, el error del patriotismo y del militarismo y la esclavitud que supone la sumisión a la autoridad.», respetando la inteligencia y la libertad del niño, prescindiendo el maestro de sus ideas de adulto. (Cuevas, 2003, 98-103). No es de extrañar que Ferrer fuese injustamente acusado, condenado y fusilado en 1909.

Y quien desarrolló y difundió la educación liberadora durante las últimas décadas del siglo XX, desde una concepción cristiana con influencia marxista, fue el educador brasileño Paulo Freire, el que criticó la educación tradicional domesticadora, a la cual denominó «bancaria» por depositar conocimientos en sujetos pasivos, reconoció el carácter político de la educación al preguntarse ¿para qué? y ¿en favor de quiénes? existe, y planteó una educación democrática y dialogante, que parta del conocimiento de la realidad y fomente el pensamiento crítico para construir y transformar dicha realidad. (Ovejero, 1997, 672-677). Afirmó «Ésta es mi opción: un trabajo educativo… que se dirija hacia la transformación de la sociedad en favor de las clases dominadas.» (Freire, 1978). En suma, formar un nuevo ser humano que construya una nueva sociedad, lo que implica concientización y acción en distintos ámbitos sociales.

Pero una educación para la libertad requiere liberación mental, lo que se logra con el ejercicio del librepensamiento, el cual —como actitud— nació con la Filosofía, y a lo largo de la Historia aportó mártires como Miguel Servet y Giordano Bruno. Pero la palabra librepensamiento surgió hacia 1667 para referirse a algunos integrantes de la Royal Society, (Álvarez, 1986, 77) y quienes primero escribieron sobre él fueron los filósofos William Molyneux y Anthony Collins, del entorno de Isaac Newton y John Locke (de la Llosa, 2010), desarrollándose en un ambiente racional, filosófico y científico. Sin embargo su concepto evolucionó y llegó a generar disputas en las organizaciones de librepensadores del siglo XIX, hasta que su caracterización definitiva la dio el Congreso de la Federación Internacional de Librepensamiento efectuado en Roma en septiembre de 1904, el cual aprobó la Declaración de Principios del Librepensamiento sobre la base de la propuesta presentada por el filósofo, educador y masón del Gran Oriente de Francia Ferdinand Buissón, Presidente de la Asociación Nacional de Librepensadores de Francia (Álvarez, 1986, 82), defensor del sufragio femenino y de la laicidad, término que él creó, quien también fue Presidente de la Liga Francesa para la Defensa de los Derechos del Hombre y del Ciudadano y Premio Nobel de la Paz de 1927.

De Buissón y los librepensadores reunidos en Roma en 1904 vienen nuestros principios, los que nos aportan una magistral caracterización del librepensamiento, concebido como un método —a ser aprendido— para conducir el pensamiento y la acción en búsqueda de la verdad, mediante la razón, la experiencia y la ciencia, del bien a través de la moral y de la belleza a través del arte; que rechaza dogmas, credos o autoridades que pretendan imponerse sobre la razón; se esfuerza por el logro de ideales humanos, relativos, no inmutables, sujetos al progreso; y está abierto a completar y corregir sus investigaciones. (AILP, 2012)

LIBREPENSAMIENTO Y PRAXIS

Caracteriza al librepensamiento la vocación hacia la praxis de los seres humanos que lo cultivan, quienes quieren utilizar su razón y su libertad con lógica, basados en evidencias y en la ciencia, para desprender de su reflexión un comportamiento que implique un posicionamiento ético-cultural laico, democrático y social, en los contextos ideológico y religioso, cívico y político, y social y económico.

La ética y cultura laicas suponen comprender que muchas personas tienen ideas y prácticas religiosas, las que no se pueden sustentar con argumentos y pruebas pues constituyen convicciones íntimas, y que si bien quienes las sustentan tienen el derecho a expresarlas en los mismos términos en que se manifiesta cualquier otra opinión, su influencia en el Estado y en los servicios públicos afecta a quienes piensan diferente, genera conflictos, e impone ideas que, pudiendo ser incluso mayoritarias, para quienes no las comparten resultan imposiciones totalitarias, y por tanto antidemocráticas, por lo que debe excluirse su influencia e intervención en los asuntos públicos.

Por su parte, la ética y cultura democráticas implican que el gobierno de los Estados se sustenta fundamentalmente en el ejercicio pleno de ciudadanía, la que está basada en los derechos y deberes humanos, en términos de igualdad, ya que democracia implica que el poder del Estado pertenece a la ciudadanía —su única autoridad—, pero ni aún esta puede vulnerar los derechos humanos, que constituyen el espacio soberano de las personas no delegado ni a la sociedad ni al Estado, correspondiendo a éste garantizarlos y cumplir las disposiciones de aquella, que es su mandante, a través de sus mandatarios y funcionarios, que son sus empleados, a la cual, en las personas que la integramos, deben respeto y rendición de cuentas.

Y la ética y cultura social entrañan que todos los seres humanos somos el fin de la sociedad y de los Estados, en los cuales «la justicia social no es más que la razón aplicada por la humanidad a su propio gobierno» (AILP, 2012), por lo que cualquier factor de la producción económica y de la relación social está subordinado a las personas, sin discriminación ni privilegio alguno, razón por la cual la ética y cultura social del librepensamiento rechaza el yugo del capital en materia económica, reconociendo que el trabajo es el único factor que, por sí mismo o con el capital, puede crear riqueza económica y social, la que por tanto debe revertirse equitativamente en beneficio de quienes la crean y de la colectividad que la necesita.

Y como el método, la ética y la cultura del librepensamiento se aprenden, antes de asumir la difusión o la enseñanza del librepensamiento en la sociedad, necesitamos formarnos en la práctica liberadora del librepensamiento, conociendo su teoría y fundamentalmente practicándolo, es decir enderezando nuestros pensamientos desde la razón, la evidencia y la ciencia, y nuestras actuaciones hacia la práctica de una ética y adopción de una cultura laicas, democráticas y sociales.

CONCLUSIÓN

En este esfuerzo de formarnos, practicar y trascender con el método librepensador, racional y científico, y con su ética y cultura laicas, democráticas y sociales, no podemos perder de vista los fines, como aquellos señalados por Jefferson hace 240 años: la vida, la libertad, la felicidad, pero a partir del análisis de la realidad a la que nos enfrentamos, so pena de incurrir en la enfermedad del idiotismo, término con el que en la Grecia clásica calificaban a quienes no se preocupaban de los asuntos públicos —los apolíticos— (Frías, 2015). Esto lo tuvieron claro hace 112 años quienes emitieron los Principios del Librepensamiento, pero hemos olvidado que el mismo Congreso de Roma de 1904 aprobó la siguiente declaración:

«El Congreso afirma que el Librepensamiento no debe atacar solamente a las preocupaciones y a los dogmas religiosos, sino sobre todo a las preocupaciones políticas y sociales, que son tan perjudiciales para la emancipación integral de la humanidad. Declara que la emancipación intelectual y moral no es posible más que por la emancipación material y económica de la clase obrera, de la opresión capitalista que pesa sobre ella, emancipación que libertará a la humanidad entera, asegurando a todos el derecho a la vida.» (Álvarez, 1986, 83)

Pese al cambio de circunstancias, y a las luchas, errores y fracasos del último siglo, en lo esencial la tarea sigue pendiente. Y ahora es nuestra.

REFERENCIAS
AILP (2012). Anexo: Declaración de Principios. Estatutos de la Asociación Internacional del Librepensamiento. Adoptados en Mar del Plata, Argentina, el 17 de noviembre de 2012 (V5). Recuperado de http://www.internationalfreethought.org/spip.php?article273

Álvarez, P. (1986). Conceptos de librepensamiento: aproximación histórica. Áreas, Revista Internacional de Ciencias Sociales. 6 (Cultura, ideologías y prácticas sociales). 77-83.

Araujo, J. (2015, septiembre 3): Contra el idiotismo. Blog Jaime Araujo Frías: Filosofía, Política y Derecho. Recuperado de https://jaraujofrias.wordpress.com/2015/09/03/contra-

Cuevas, F. (2003): Anarquismo y educación. La propuesta sociopolítica de la pedagogía libertaria. (1ª. ed.) Cuadernos libertarios. Vol. 11. Madrid: Fundación de Estudios Libertarios Anselmo

Lorenzo. Recuperado de http://www.enxarxa.com/biblioteca/CUEVAS%20Anarquismo-y-educacion.pdf

de la Llosa, P. (2010): La razón y la sinrazón. Introducción a una historia social del librepensamiento. Barcelona: Ediciones del Serbal.

Freire, P. (1978, mayo 20): Entrevista: Paulo Freire: «La educación es siempre un quehacer político». Entrevistado en Ginebra por Karmentxu Marín. El País, Recuperado de http://elpais.com/diario/1978/05/20/sociedad/264463223_850215.html

Jefferson, T., et al. (1776, July 4): Copy of Declaration of Independence. [Manuscript/Mixed Material]. Library of Congress. Recuperado de https://www.loc.gov/item/mtjbib000159/

Ovejero, A. (1997): Paulo Freire y la Psicocociopedagogía de la Liberación. Psicothema 9 (3), 671–688. Recuperado de http://www.psicothema.com/pdf/136.pdf

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