La fe

Cuando un creyente militante (la mayor parte de quienes se dicen creyentes o son ignorantes en la teología de su propia religión o pasan olímpicamente de estas cuitas) te pregunta “¿cree usted en Dios?”, lo hace partiendo de la base de que una respuesta afirmativa o negativa ya zanja el problema y lo sitúa (aunque cabe la posibilidad de un agnóstico “no sé”, que deja abierta la esperanza a los proselitismos).

Lo cierto es que esas presunciones del creyente militante parecen ser compartidas por intelectuales supuestamente laicistas y/o ateos, como el filósofo franco-español Henri Pena-Ruiz, que desde hace años nos ilustra en sus conferencias con una clasificación de los ciudadanos en creyentes (dentro de este grupo, católicos, protestantes, judíos, musulmanes, etc.), agnósticos y ateos.

Siempre me he preguntado si la clasificación es filosófica o política. Porque en el primer caso la indigencia intelectual es absoluta, y con semejante reduccionismo simplista es imposible dar cuenta de la historia del pensamiento y de las múltiples cosmovisiones que podemos encontrar a lo largo de la historia y en nuestra realidad inmediata. En el segundo, el reduccionismo es sencillamente peligroso, porque supone un censo (aunque sea intelectual) de los ciudadanos según el hecho de que estos tengan convicciones religiosas (en sus múltiples versiones), no se decanten acerca de las mismas o aseguren no tenerlas (“ausencia de convicciones”, como si las de tipo no religioso no existieran o fueran una y la misma). Es decir, se trata de un planteamiento perfectamente cómplice con la noción de “libertad religiosa”, que en nuestro país y en la mayor parte del planeta suplanta la “libertad de conciencia”, concebida esta última como libertad de pensamiento y de convicciones de libre elección, independientemente del carácter religioso o no religioso de las mismas.

Volviendo a la pregunta “¿cree usted en Dios?”, tendríamos que cuestionar, como Bertrand Russell: “¿A qué Dios se refiere usted?” Al Ser Supremo, a la causa primera, al “relojero” de Voltaire, al que es al mismo tiempo ser en sí y ser para sí, al diseñador inteligente que ya estaba ahí antes del Big Bang… También en este terreno hay quienes se devanan los sesos en una tarea tan prolija y admirable como inútil: demostrar la inexistencia de semejante criatura. Y es que la demostración de la inexistencia de un principio abstracto sin atributos (o “casi” sin atributos) es por completo imposible. A quien corresponde la responsabilidad de la demostración es a quien afirma la existencia de algo.

Lo cierto es que cuando nos preguntan si creemos en Dios, aunque se empiece con la tomista “causa primera” o con el “diseño inteligente”, se nos está preguntando otra cosa. De esas falaces demostraciones sobre la realidad de un principio abstracto casi sin atributos se pasa de inmediato a un Dios revelado con una carga de predicados y de predicamentos abrumadora. En el contexto en el que nos movemos, el Dios de Adán, de Noé y de Abraham, y cualquiera de sus posteriores derivaciones cristianas o musulmanas…

Aquí ya no se trata de un ser sin atributos, sino más bien de todo lo contrario. Si yo me invento un personaje llamado “El Gran Ladrón”, y poco más digo sobre él, salvo que es el principio del latrocinio, la mayor parte de quienes me escuchen se encogerán de hombros o me tomarán por idiota, pero, en buena lógica, nadie podrá demostrar su inexistencia. Otra cosa es la señora que se gasta en el bingo el presupuesto doméstico del mes y luego, en comisaría, denuncia al ladrón con cara de rumano y camisa negra que la atracó a las 12.45 al salir de la iglesia, donde había ido para rezar un Ave María a la Virgen del Prado. A poco que tenga experiencia el policía que le toma declaración, a los pocos minutos percibirá contradicciones que hacen inviable la existencia de semejante atracador y, por lo tanto, perfectamente demostrable su inexistencia.

Por eso, cuando ya estoy seguro de que se me pregunta por un Dios providente y cargado de atributos (la existencia o no del principio abstracto nos importa un comino, si no es como mero juego especulativo), mi pregunta, mejor que en qué versión (judaica, cristiana, musulmana…) es otra, y conduce por diferentes derroteros: “¿Cree usted en la existencia de don Quijote?”

-Claro que no –suele ser la respuesta.

-¿Y cómo es posible que desde Cervantes hasta ahora se haya derramado tanta tinta sobre alguien que no existe?

-Bueno, es un personaje de ficción.

-Ya empezamos a entendernos. Usted cree en el Quijote como personaje de ficción, y debe reconocer que ha influido tremendamente en nuestra realidad, al menos en lo que a la literatura se refiere. Yo tengo que reconocer que su Dios providente ejerce una influencia infinitamente mayor en nuestro devenir histórico y en nuestra actualidad.

-Sí, sí, ¿pero cree usted en Él como alguien real?

En ese punto me encojo de hombros:

-Si leyendo el Génesis no llega usted a la conclusión de que la viabilidad de su realidad es tan remota como la del ladrón que atracó a la señora que se había gastado todo su dinero en el bingo, ¿cree usted que aceptar como real a su Dios providente me haría cambiar mi opinión sobre él? Moussolini, Hitler, Stalin, Franco, y hoy Bush, Blair, Aznar, Berlusconi son perfectamente reales y me provocan una profunda repulsión. Real o no, su Dios tiene enemigos, seres que se rebelaron contra su tiranía: la serpiente, Eva, Lucifer… Yo estoy en ese bando.

Entonces el interlocutor me mira con una expresión que traduce no se sabe si la lástima o el odio. La cosa no suele acabar bien.

 

 

 

 

 

 

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