«La familia es la respuesta a la crisis de humanidad y social que sufre España» Monseñor Reig Pla

Monseñor don Juan Antonio Reig Pla es el presidente de la Subcomisión de Familia y Vida de la Conferencia Episcopal Española y obispo de la diócesis de Alcalá de Henares.

–Monseñor don Juan Antonio Reig, si queremos hablar de la familia, no sé si por donde debemos empezar es por el principio: la Sagrada Escritura (Génesis 1,27), dice textualmente que Dios “hombre y mujer los creó”, tendrá esto su razón de ser…

-La expresión del Génesis “varón y mujer los creó” encierra varios significados: en primer lugar señala que, al ser ambos creados por Dios, participan de la misma dignidad. La diferencia sexuada “varón-mujer” indica, en segundo lugar, que la sexualidad es una dimensión esencial de la persona, abarca a toda la persona. El cuerpo humano, diseñado de forma esponsal, es la visibilización de la persona. No se puede decir que la persona tiene un cuerpo sino que es, a la vez, corporal y espiritual. Es necesario para una antropología adecuada mantener las dos tesis: la unidad sustancial cuerpo-espíritu de la persona y la diferencia sexual. Esta diferencia sexual de ningún modo significa desigualdad, sino que es riqueza de humanidad que apunta a la complementariedad sexual. Por último, hemos de añadir que de la creación del hombre “varón-mujer” se deduce que Dios es el autor del matrimonio. La diferencia sexual implica la vocación al don de sí, a la reciprocidad y a la comunión conyugal. Por eso añade el Génesis: “Abandonará el varón a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne” (Gn 2,24).

–Y un poco más adelante afirma (Génesis 1,28) que Dios les dijo “Creced y multiplicaos”; sin duda se refiere a los hijos, ¿es esta la finalidad del matrimonio?

-Unida a la comunión conyugal, que se enraíza en la diferencia sexual, está la apertura a la procreación. Dios ha querido unir el origen de la vida humana al acto conyugal de entrega amorosa de los esposos. La razón es clara: sólo el amor hace justicia a la persona humana. Por eso sólo el amor conyugal, cooperando con Dios creador, puede llamar a alguien a la existencia. La palabra procreación recuerda que sólo Dios crea. Los esposos, expresando su amor en el lenguaje del cuerpo, cooperan con Dios creador. El matrimonio, por tanto, abarca al menos, estos dos fines: la comunión amorosa y la procreación.

–Según estas dos respuestas que ha dado, parece claro que la unión de dos personas del mismo sexo nunca podrá ser matrimonio…

-La unión de las personas del mismo sexo de ningún modo puede ser ni llamarse matrimonio. Entre ellos ni se da la complementariedad sexual ni la posibilidad de procreación. A pesar de la presión cultural, hay que afirmar con toda claridad, y también con auténtico amor, que no existe la identidad homosexual. La inclinación hacia el propio sexo no cambia el ser y la naturaleza de la persona. Esta atracción o inclinación puede afectar a la conducta pero no hasta el extremo de que cambie la condición de varón o mujer. Aceptar lo contrario sería caer en la trampa del dualismo antropológico propio de la ideología de género. Las personas con inclinación hacia el mismo sexo, nuestros hermanos, deben conocer que son amados por Dios y por la comunidad cristiana. Ayudados por la gracia de Dios pueden vivir en castidad y desempeñar un gran papel como cristianos. Cristo no defrauda a nadie.

–Y también dice la Sagrada Escritura aquello de que “el día en que Dios creó al hombre, le hizo a imagen de Dios. Los creó varón y hembra, los bendijo” (Gn 5, 1-2). Este “a imagen de Dios” y “los bendijo” ¿añade algo más al matrimonio como algo propio sólo de la naturaleza humana?

-El hombre es imagen de Dios no sólo por ser inteligente y libre sino también por estar abierto a la relación amorosa. El matrimonio realiza de un modo especial este ser imagen de Dios amor. Dios vio que esto era bueno y los bendijo afirmando la bondad de la sexualidad humana, del amor y la procreación. Jesús, en la Nueva Alianza, elevará al matrimonio a ser un sacramento, signo eficaz del amor de Cristo a la Iglesia.

–Hay familias que se rompen por la separación, por el divorcio de los padres. ¿Cómo repercute esto en los propios esposos? ¿Preocupa esto a la Iglesia?

-La epidemia de las rupturas matrimoniales es una gran preocupación para la Iglesia. Estas son fuente de sufrimiento para los esposos y para los hijos. Los matrimonios deben buscar en la Iglesia la ayuda necesaria para la reconciliación y el perdón. Para Dios no hay nada imposible. Todas las personas, sea cual sea su situación, deben encontrar en la Iglesia una verdadera acogida, una casa donde curar todas las heridas.

–Cuando vea la luz esta entrevista, estaremos muy cerca del inicio de la Misa en la plaza Colón por las Familias. ¿Qué espera usted y, creo que se puede decir, qué espera todo el episcopado español, de esta ya tradicional Eucaristía?

-La fiesta de las familias cristianas en la plaza de Colón es un modo de visibilizar la belleza y el gran bien social de la familia. Esta es una auténtica respuesta a la crisis de humanidad y a la crisis social que sufre España. Serán muchas las familias numerosas que vendrán a dar gracias a Dios. Ellas son un ejemplo para salir del invierno demográfico, de la baja natalidad que amenaza nuestro futuro. Celebrar juntos la Eucaristía es acudir a beber en el manantial del Amor verdadero. Una sociedad se hace fuerte si sus familias son fuertes y permanecen unidas. Por eso la fiesta anual de las familias cristianas, unidas a la Sagrada Familia, son una buena razón para la esperanza.

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