La estulta alianza de civilizaciones

La mejor forma de resolver un problema complejo requiere entender sus causas y actuar sobre ellas.

Contra el terrorismo islámico Zapatero propone una Alianza de Civilizaciones. ¿Responde esto a la premisa de conocer las causas? Veamos.Podemos conjeturar que los terroristas islámicos nos atacan porque ven que nuestra prosperidad va aparejada al amplio clima de libertades que disfrutamos, mientras que a ellos sus ulemas les exigen un sometimiento incondicional a la intolerante dogmática islámica y a sus estrechas opiniones. La facultad de pensar por cuenta propia se les anula desde la infancia en las escuelas coránicas donde toda la enseñanza procede de la sunna y del Corán, memorizado al vaivén hipnotizador de la cabeza infantil. Este oscurantismo intelectual les incapacita para promover el desarrollo económico y social que nacen con la libertad. Para ellos nuestra libertad conduce al pecado y a la lujuria. Pero la lujuria se reserva sólo a los fieles varones para disfrutar con muchas huríes en la otra vida. Por eso son suicidas.

El Islam reprime el sexo –según donde– con crueldad patológica, extirpan clítoris, azotan en público a la adúltera o la hacen lapidar y ahorcan adolescentes por prácticas homosexuales, como acaba de ocurrir en Irán. Los infieles occidentales en cambio disfrutamos abiertamente el sexo en este mundo, en vivo y en directo. Somos muy explícitos, nuestras mujeres insinúan sus pechos porque eso nos encanta, la juventud practica el sexo a destajo y por lo general los mayores están a la que caiga. A nadie se castiga por fornicar o por usar tanga. Tanta impiedad y Él no destruye nuestra Sodoma ni nos convierte en estatuas de sal. Nos permite prosperar, erradicar el hambre, el analfabetismo, explorar el espacio.A más libertad, más prosperidad. A mayor prosperidad mayor contraste con la pobreza y miseria cultural del mundo islámico. Y a mayor contraste, más odio y deseos de destruir nuestra forma de vida. Según el credo islámico "las naciones, como los individuos, pueden estar corrompidos por la riqueza, el poder y el orgullo, y si no se reforman serán castigados con la destrucción o sojuzgados por pueblos más virtuosos". Los terroristas son esos virtuosos reprimidos, motivados por su religión y guiados por un jatib extremista.

Occidente no ha sido siempre como es hoy, esta prosperidad y costumbres son recientes. Se las debemos a la industrialización del siglo XX, continuación de la revolución industrial del XIX, hija a su vez de la revolución científica del XVIII, fruto de la Ilustración del XVII que fue posible gracias a la Reforma del XVI y al Renacimiento del siglo XV. Estos movimientos consiguieron romper el monopolio que la Iglesia de Roma mantuvo durante toda la Edad Media sobre las conciencias y libertad de pensamiento. A partir de entonces los occidentales comenzaron a pensar por su cuenta, desechando el designio divino y el pecado como causa de sus vicisitudes y a descubrir leyes físicas que explican racionalmente esos fenómenos.

Este resumido encadenamiento de causas y efectos ha durado tantos siglos debido a la fuerte resistencia opuesta por la alianza de intereses entre el altar y el trono que veían con horror cómo mermaban sus divinas prebendas en la medida que los ciudadanos conquistaban mayores cuotas de libertad y bienestar. Este lento proceso, que ha permitido a Occidente evolucionar de una teocracia feudal a un Estado laico, ni siquiera ha comenzado en el mundo del Islam, aún fuertemente anclado en el oscurantismo religioso medieval. Turquía es la honrosa excepción.

Si el análisis precedente es válido y la agresividad contra Occidente es fruto de la frustración, la envidia y el rencor que provocan nuestra libertad, prosperidad y forma de vida, entonces las opciones para luchar contra el terrorismo islamista están muy acotadas. Sólo cabe reforzar lo que ya se viene haciendo, que es infiltrar espías en sus organizaciones, mezquitas, escuelas coránicas, etcétera, y a largo plazo ayudar a que allí surjan intelectuales como Atatürk y Salman Rushdie, dispuestos a guiar a sus pares por el mismo difícil camino recorrido por nuestra sociedad.

Nada de esto se contempla en el plan de Zapatero, que a todas luces parece no entender las causas del terrorismo islámico. Sin embargo propone una solución: crear una comisión para "profundizar en la relación política, cultural, educativa, entre lo que representa el llamado mundo occidental y en este momento histórico el ámbito de países árabes y musulmanes." O sea, tras la Alianza de Civilizaciones no hay más que un nombre rimbombante, una verbosidad simplona, pretenciosa y vacía de contenido y la sempiterna receta de dialogar. ¿Con quién, con Ben Laden? ¿Con los terroristas? ¿Con los 1.000 millones de musulmanes?

También hay un generoso presupuesto, pero dudo mucho que la estulta Alianza de Civilizaciones llegue algún día producir otro efecto que no sea el de gastar mucho dinero público en inútiles 'cumbres' de jefes de Estado diciendo estupideces.

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