La escuela sin Dios o cómo la escuela salvadoreña se hizo laica

¿Debe darse cabida a la religión en las escuelas públicas? ¿Es la religión enemiga de la modernidad y el progreso? El libro La escuela sin Dios, de Julián González, describe la transformación de la escuela pública confesional en un tipo de escuela laica como parte del reformismo liberal de la década de 1880.

La escuela pública del siglo XIX fue creada para proporcionar las competencias básicas al futuro ciudadano de la nación. El principio fue asumido por las repúblicas latinoamericanas que surgieron en el contexto de las luchas independentistas. Además de Lectura, Escritura, Aritmética y Gramática, los niños aprendían los principios y preceptos de la Doctrina católica. Desde México hasta la Argentina, memorizaron el catecismo de Ripalda. Se familiarizaron con el concepto de pecado, con la noción de infierno y con la idea de salvación (para quienes se comportasen según los mandamientos de Dios y de la Iglesia). La escuela morigeraba las pasiones e instruía en las competencias básicas.

Fue hasta en el último tercio del siglo XIX que las élites gobernantes volcaron su interés hacia la escuela laica. Inspirados en un liberalismo continental secular y laicizante, procedieron a la transformación de los Estados. En esta ruta se embarcaron países como Argentina, Uruguay, Colombia y México. El Salvador no se quedó a la zaga. La opinión pública se dividió en dos bandos. Los guardianes de la tradición advirtieron que solo la religión católica era capaz de formar personas de bien y de apadrinar el progreso que la patria necesitaba. Los reformistas señalaron que la modernidad y el progreso exigían un tipo de sociedad secular, es decir, abierta a principios como la pluralidad religiosa, la tolerancia y la libertad de conciencia. En defensa de la religión católica surgieron periódicos como La Verdad y El Católico. El Diario Oficial, La Discusión y La República apoyaron el proyecto de modernidad laica.

A diferencia de países como Costa Rica y Colombia, el Estado salvadoreño no retrocedió. La religión fue excluida del plan de estudios desde junio de 1880. La nueva educación cultivó una sensibilidad secular en el infante. La experiencia cotidiana y la observación de las cosas debían ser el punto de partida de la pedagogía. Educar significó conducir al niño desde lo simple hasta lo complejo, desde lo empírico hasta lo teórico. El método de enseñanza lancasteriano cedió terreno a la pedagogía Pestalozzi-froebeliana. El nuevo sistema pedagógico tenía como eje de la enseñanza el desenvolvimiento natural de las capacidades de del individuo.

En lugar de recrear imágenes del cielo y del infierno en el salón de clases, actividad propia de la educación católica, el maestro hizo suyo el reto de forjar un imaginario de nación en los futuros ciudadanos. La patria incluía desde los lagos y volcanes hasta las virtudes republicanas que el ciudadano debía desarrollar. La escuela laica debía formar al ciudadano soldado al estilo romano, es decir, un individuo preparado para defender los intereses de la madre patria frente a cualquier tipo de amenaza. Según informes de la época, algunos niños recibieron rifles de madera para la clase de Ejercicios militares. El alma y el cuerpo debían prepararse para servir a la patria. Se abandonó la lealtad hacia Dios por la lealtad hacia el Estado.

Las raíces de la nueva cultura escolar estaban en la enseñanza del catecismo político, el cual comenzó a impartirse en 1874. El niño aprendía en dicha materia los principios del sistema político moderno. Tiempo después, cuando se decretó la escuela laica, la Iglesia empleó la prensa moderna para combatirla. Alegó que los próceres dejaron una Centroamérica católica y que, por tanto, debía conservarse como religión oficial. La Iglesia aseguró que la libertad de culto junto con la escuela laica eran graves atentados en contra del orden, la paz y las buenas costumbres.

De la lucha entre el Estado y la Iglesia puede decirse que ni hubo triunfos absolutos ni pérdidas totales. El Estado triunfó en el aspecto jurídico-formal, pero perdió en el terreno de lo social-cultural ya que la política secular permeó en forma tenue a la sociedad. Del otro lado: la Iglesia perdió en el terreno jurídico-formal, pero conservó vitalidad en el seno de la sociedad y en la creación y administración de colegios católicos. El lugar de la religión en El Salvador del siglo XXI no se comprende sin antes haber revisado la batalla que se libró en favor de la escuela pública laica.

El libro de Julián González asume el reto de leer —y provocar— con nuevos lentes aquel reformismo liberal. Ciertamente, no era ni la tercera parte de la población en edad escolar la que lograba matricularse. La asistencia real diaria no debió ser un número elevado. No obstante, la reforma educativa de la década de 1880 no solo sentó las bases sobre las que se erigió la educación del siglo XX. Quiso, además, romper el monopolio religioso y conducir a la sociedad salvadoreña a un mundo secular, es decir, a un mundo social donde la tolerancia religiosa, la pluralidad de ideas y creencias y la autonomía de la conciencia rigieran las prácticas cívicas de los salvadoreños.

 

*Julián González Torres es Doctor en Filosofía Iberoamericana y Catedrático/Investigador del Departamento de Filosofía de la Universidad Centroamericana "José Simeón Cañas" es autor de La escuela sin Dios: apuntes para una historia de la educación laica. Sus áreas de interés son la Filosofía política y la Historia del pensamiento político y educativo de El Salvador y Centroamérica. Ha publicado trabajos en revistas como Realidad, Cultura, Estudios Centroamericanos (ECA), de El Salvador, y en la revista Estudios, de Costa Rica.

Libro La escuela sin Dios

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