«La escuela laica asegura la libertad de conciencia y de expresión»

Entrevista a Gonzalo Puente Ojea. Invitado por la Asociación Nicolás Guerendiain, participa esta tarde en las Jornadas Republicanas

Decano del cuerpo de Embajadores de España, su nombre saltó a las páginas de los periódicos en 1985, cuando el gobierno de Felipe González le confió el Vaticano como destino. Ateo convencido y divorciado, muchos interpretaron el nombramiento de Gonzalo Puente Ojea como una ofensa a la iglesia católica. Fue, en todo caso, una ofensa breve, ya que su embajada ante la Santa Sede duró sólo dos años. En 1987 fue cesado en su cargo. Desde entonces, ha escrito varios libros e impartido conferencias en universidades y ateneos «para ilustrar a gente con espíritu crítico», dice. Esta tarde hablará en el Amaia sobre 'Laicidad y República'.

¿Puede avanzarnos, en síntesis, el contenido de su conferencia?

Voy a tratar de presentar una panorámica del proceso constitucional español, desde el inicio de la República hasta la llamada transición democrática y terminaré con un análisis de los conceptos básicos del laicismo. Va a a ser una conferencia entre teórica y práctica, en el sentido de que explicaré cómo se han ido aplicando los principios y postulados que se pregonan en el curso de esa historia.

Las Jornadas Republicanas se han centrado este año en la enseñanza, uno de los pilares del laicismo.

La escuela es el primer imperativo del laicismo: la escuela pública universal y gratuita, que educa y suministra datos sobre cómo es el mundo de la ciencia y no trata de meternos unos dogmas absurdos e infantiles en la cabeza. La escuela laica puede asegurar la libertad de conciencia y de expresión, porque suprime cualquier privilegio que le dé un carácter de monopolio total o parcial a ninguna institución religiosa o confesión. Pero la inmensa mayoría de españoles, tiene un indiferentismo religioso considerable y tolera la actitud prepotente y verdaderamente inicua de la iglesia católica. Eso supone un lastre. Es una masa pasiva que tampoco permite la evolución. El gobierno se encarga, además, de mantener al país en la ignorancia. Pero en cuanto uno se ilustra y en cuanto es capaz de distinguir entre su conciencia y la de los demás sobre un plano de igualdad, suprime automáticamente la pretensión de que se discrimine, se mejore y se favorezca institucionalmente y económicamente a un credo. Pero, en fin, España está muy lejos todavía de eso.

Según la Constitución, es un Estado aconfesional.

La Constitución es un galimatías. Se ha hecho sobre la base de la chapuza permanente, la cesión, la concesión, la negociación, lo que llaman el consenso, que no es más que la política en clandestinidad, que es como se fraguó la Constitución de 1978. La mentira pública es una cosa repugnante y es lo que estamos sufriendo aquí desde hace muchos años.

¿La II República, de la que usted hablará hoy en su conferencia, tenía resuelto el problema del laicismo?

El sistema laicista había arraigado en la República para el matrimonio, para el divorcio, para la expresión y la participación, con la supresión de los supuestos derechos de la iglesia. Pero la República fue asesinada en 1936 y después de 40 años de régimen franquista, lo que hizo la transición fue consolidar los supuestos derechos de la iglesia y adaptarlos con mucha más eficacia que antes. Hubo una traición de los partidos generalizada. Aunque las siglas fueran las de siempre, los viejos militantes habían desaparecido y la traición del PSOE fue determinante para que no pudiéramos acceder a unas relaciones con la iglesia ni positivas ni negativas, sino de igualdad de todas las conciencias. De forma que ahora vivimos en un confesionalismo de hecho, bautizado con un artículo 16.3 de la Constitución que dice que ninguna confesión religiosa tendrá carácter estatal, pero ese enunciado no se corresponde con la realidad.

Ha hablado de libertad de expresión y de creencias religiosas. ¿Qué opina de la crisis de las caricaturas?

Yo creo que la libertad de expresión se basa en la libertad de conciencia. Una conciencia que está manipulada, que no es libre desde su más tierna infancia, que opera en función de slogans, de referencias que son totalmente retóricas, naturalmente piensa que la expresión se debe supeditar a lo que creen los demás y no es así. El principio de libertad de expresión y de libertad de conciencia, que es el principio rector, significa que yo no pongo en cuestión el credo del otro, pero tengo derecho a criticarlo. Y desde el punto de vista de las conciencias religiosas, tienen todo el derecho para expresar su disconformidad con los esquemas de tipo agnóstico o ateo, cosa que hacen continuamente. El principio de libertad de expresión, a mi juicio, no tiene restricciones ni excepciones y debe ser mantenido en su integridad. No se puede tolerar el asesinato, el sabotaje, la matanza porque unos señores en Dinamarca hayan ridiculizado la figura de Mahoma. Si rompemos la integridad del principio de libertad de expresión, entramos en una pugna política ridícula y en una confusión de la gente total. Yo creo que no haría nunca esas caricaturas, porque me parece que es el modo menos inteligente y en cierto modo menos solidario de hacer humor, pero no es porque respete los dogmas del islamismo. El islamismo es probablemente el sistema de fusión y de colusión de lo político con lo religioso más retardatario del mundo. La iglesia católica hizo lo mismo durante siglos. Hoy día, afortunadamente, no se le deja hacer todo lo que quiere, sobre todo en el terreno de las costumbres.

Usted veranea desde hace años en Vizcaya y conoce bien la realidad vasca. ¿Cómo la ve?

Es un tema que nos afecta a todos. Creo que las reivindicaciones del nacionalismo vasco se fundan en un principio democrático: que cada comunidad o cada sociedad tiene derecho a decidir mediante referéndum o consulta electoral sobre el porvenir de esa comunidad. Por lo tanto, si reivindican la independencia será cuestión de negociarlo, pero no se les puede negar la reivindicación y decir que los etarras -que por otro lado son una calamidad que ha caído sobre el país- son unos delincuentes comunes. Eso es una falsedad absoluta. Yo digo todo esto sin ser para nada regionalista, porque tengo una visión socialista de la sociedad. Creo que la sociedad es un todo. Pero, evidentemente, cada pueblo tiene unas señas de identidad y si las quiere defender, creo que los sentimientos no se tienen porqué atropellar

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