“La discriminación hacia los que no profesan la fe se da a diario”

Entrevista con Marcelo Puertas, abogado y defensor del laicismo, presidente de la Asociación Civil 20 de septiembre
“Que es ajeno a toda confesión religiosa” dice el diccionario de la RAE (Real Academia Española) acerca de la palabra laico.
La Constitución argentina y también la de Mendoza declaran al Estado con esa condición. Es decir, el Estado argentino no es –o no debería ser– confesional. Sin embargo, existen contradicciones, como lo es el sostenimiento económico del culto católico por parte del Gobierno nacional o los feriados en conmemoración de fechas religiosas. Defender los derechos de los laicos y mantener el espacio público libre de íconos ligados a una creencia en particular es la motivación que el abogado penalista mendocino Marcelo Puertas ha tenido desde la adolescencia, cuando en el servicio militar era obligado a asistir a celebraciones litúrgicas. “Algo tenés que ser”, le decían los militares. “Es muy difícil cuando no te pueden encasillar. Es verdaderamente un problema”, reflexiona.

Quizás por ese espíritu rebelde Puertas ingresó a la facultad de Derecho de la UNCuyo, fue militante de Franja Morada y desarrolló una carrera política durante el gobierno radical de Julio Cobos. Luego puso sus conocimientos en función en la asociación que formó con otros defensores de la laicidad: la 20 de Septiembre, que se dedica principalmente a realizar acciones jurídicas cuando se produce  lo que ellos consideran un avasallamiento religioso de los espacios públicos.

–¿Cómo y con qué motivaciones se formó la asociación?
–La asociación civil se formó a partir de la inquietud de que en Mendoza no había una entidad que peleara por los temas relacionados con la laicidad, que se refiere a la separación no sólo entre Iglesia y Estado sino a la separación de cualquier dogma con el espacio público.
–¿Cómo lleva adelante la defensa de la laicidad del Estado?
–Comenzamos  en el 2008 con los planteos de pedirles explicaciones a los tres poderes del Estado con respecto a por qué había signos religiosos en los espacios públicos, oficinas, salas de debate, oficinas del Poder Ejecutivo sala de sesiones de la Legislatura…
–¿En qué se basan para realizar estos planteos?
–En que el Estado argentino se declara laico desde la Constitución. Y por esto los espacios públicos nos tienen que representar a todos: católicos, musulmanes y a los que no tienen ninguna creencia religiosa. La laicidad está mencionada explícitamente en la Carta Magna provincial también. En este sentido, es casi única en el país. En ella está impresa la idea del liberalismo. Es la única que establece claramente que nuestra educación tiene que ser laica. Fue obra de  Joaquín V. González y Agustín Álvarez, dos liberales, conservadores, pero laicos, típicos exponentes de la generación del ’80.
–¿Usted cómo se involucró en esta temática?
–Estoy profundamente vinculado con la libertad de pensamiento desde la adolescencia y luego, durante mi época universitaria. Allí fue cuando comencé a interiorizarme en los valores de la república. De lo que yo considero que debe ser una república, no es el pensamiento de la pura verdad, pero es a la postura a la que yo adhiero.
–¿Cual sería esa postura?
–Una postura inclusiva de las minorías. Yo también soy minoría, porque no tengo religión.
–¿Se ha sentido discriminado por esto?
–Sí, he sufrido a lo largo de mi vida muchas discriminaciones.
–¿Y de qué manera? 
–Una situación puntual que recuerdo fue cuando hice el servicio militar, en 1985, en la IV Brigada Aérea. Me imponían asistir a oficios religiosos. A los que no podían encasillarnos, por no tener religión, nos daban días de arresto por no ir a misa, por ejemplo. Sin embargo, considero que la discriminación hacia los que no profesamos ningún tipo de fe se da a diario cuando no se nos respeta en los espacios públicos. Considero que se me discrimina cuando ingreso a un lugar público donde hay símbolos religiosos. Un símbolo religioso tiene una carga simbólica, específica y clara, que yo considero discriminador, porque no me incluyen a mí ni a las personas que piensan como yo. Recalco que esto es en la parte pública, ya que en la vida íntima cada persona puede creer lo que desee y profesarlo de la manera que decida.
No así en los espacios comunes.
–Por supuesto que no. Allí tiene que existir el respeto por las minorías, porque la democracia tiene que ser inclusiva.
–¿Qué hechos concretos han generado desde su asociación?
–Uno de esos hechos es el de haber frenado la promoción del Himno a Mendoza. Nosotros pedimos su impugnación porque hacía mención a la Virgen. Allí viene la discusión de si es un hecho cultural, una tradición… También fue una tradición apalear a las mujeres o cortar cabezas. Y no por haber sido una tradición es una situación positiva que hay que destacar.
 –¿Usted cree que la designación de un papa argentino ha profundizado la influencia de la religión católica en el Estado?
–Efectivamente. Hay que decir que su designación ha influido hasta en la reforma del Código Civil. De hecho, el artículo 33 del Código Civil asigna a la Iglesia Católica como persona jurídica de derecho público. Esta es una carga muy importante, porque  la equipara, por ejemplo, con un municipio.
–¿Esto en qué beneficia a la institución?
–Le otorga privilegios. Por ejemplo, es uno de los motivos por los que el Estado sostiene económicamente a la Iglesia Católica, y por el que los obispos cobran la jubilación más alta, con el 82% asegurado. Es un beneficio que sólo tienen los legisladores (nacionales o provinciales), jueces y obispos. Yo no estoy en desacuerdo en que cobren, pero que lo pague la clerecía.
–¿Considera que la religión se introduce en el debate político?
–Los tres partidos políticos más tradicionales de la provincia le dan importancia a lo religioso. Y en los menos tradicionales, por ejemplo, la izquierda, no es un tema que interese y por el cual romperían lanzas
 –¿Su familia comparte su pensamiento?
–No lo comparten, pero tampoco se trata de una familia particularmente ligada a lo religioso. Son como el 70% de los católicos, sólo de registro. A mis hijos no se los impongo, hablamos de estos temas y ellos tienen la libertad de hacer lo que consideren mejor, ¡inclusive ordenarse sacerdotes! (se ríe). Les enseño a tratar estos temas con seriedad. Que yo tenga un determinado pensamiento no quiere decir que no respete a los   creyentes. Lo que digo es que forma parte de la intimidad. Las convicciones íntimas no tienen que transmutarse en públicas.
–¿Considera que la educación pública es laica?
–No lo es. Todavía hay festividades religiosas, símbolos en las aulas y en las secretarías, se hacen misas y se celebran liturgias en las escuelas. El espacio público de la escuela tiene que integrar y no expulsar, sobre todo por cuestiones de intimidad. Lo que te pasa en la niñez te marca para la vida.  Si en la escuela te hacen a un lado por no ser creyente, por no participar en una misa, por ejemplo, ese tipo de situaciones te signan. Y generás reacción. Por lo tanto, estás criando un reaccionario. Sería bueno que el niño crezca y pueda elegir por convicción y no por reacción. En definitiva, detrás de esta imposición social  de la religiosidad hay una cuestión de dominación implícita.

Perfil  del abogado que defiende un espacio público no confesional

Marcelo Puertas (48) es oriundo de General Alvear, lugar en el que vivió hasta que realizó el servicio militar en 1985.
Luego estudió Derecho y en 1998 egresó de la Universidad Nacional de Cuyo. Ejerció en diversos cargos como funcionario público del gobierno de Julio Cobos. En el 2006 se especializó en derecho penal. En 2008 formó con un grupo de personas interesadas en temas de laicidad la asociación civil 20 de Septiembre, de la que es presidente. Se dedican a realizar acciones jurídicas y a dar charlas sobre defensa de un espacio público laico.
Marcelo  Puertas
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