La democracia islámica como colofón de la «primavera árabe»

¿Estado laico, Estado civil, Estado confesional? Para muchos no hay duda: serán Estados musulmanes

¿Qué ha pasado desde el lejano mes de enero en que empezaron las revueltas árabes, ese vértigo de libertad? ¿Bastaba con el desalojo de los Ben Ali y Mubarak, con sus corruptas familias, para dar todo su sentido a las protestas? Por supuesto, no era suficiente: tunecinos y egipcios querían más y, sobre todo, democracia. Si hasta entonces se había creído que la democracia era incompatible con el islam, la gran esperanza que se abrió paso en el mundo era que, a partir de ahora, los árabes podrían aspirar no ya a la convivencia de dos conceptos aparentemente contradictorios, sino a la apertura de una sana laicidad en la que se aceptara la libertad religiosa.

¡Falsa impresión! La democracia era posible, por supuesto, pero de acuerdo con la mentalidad islámica… que es abrazada por la inmensa mayoría de los que protestaban. Si, en un primer momento, parecía que los islamistas, es decir, la fuerza política mayoritaria pero mantenida en el ostracismo por los regímenes autoritarios alimentados por Estados Unidos y Europa, se mantenían al margen de las revueltas, pasados unos meses se observa con toda nitidez que serán estos los partidos que ganen las futuras elecciones.

Los partidos mayoritarios son islamistas

Habrá elecciones, por supuesto. En primer lugar, en Túnez, el 23 de octubre y, en segundo, en Egipto, a partir del 28 de noviembre, para formar asambleas constituyentes. Pero serán los partidos mayoritarios los que, en definitiva, elaboren las nuevas Constituciones. En Egipto, donde se votó de inmediato una reforma de la ley suprema vigente bajo el mandato de Mubarak, ya se introdujo en el artículo segundo lo que era todo un anuncio de lo que se prepara: la proclamación de la sharía, la ley islámica, como fuente de toda la legislación. Es decir, lo que querían los islamistas –en el caso de Egipto los Hermanos Musulmanes y en Túnez el partido reformista de An Nahda, ambos prohibidos bajo las respectivas dictaduras–, que se han constituido ya en partidos formalmente reconocidos.

Ocurre, además, que la euforia “liberal” ha supuesto la legalización nada menos que de casi un centenar de nuevos partidos en cada país y que, en principio, como no se llegue a sólidos acuerdos de coalición, apenas tendrán peso específico para hacer frente a las mayorías islamistas que se perfilan en los nuevos parlamentos. Conviene observar, no obstante, que en la inmensa mayoría de los países islámicos, la sharía es el tronco legal del que cuelgan todas las ramas de los códigos civil, penal y de familia.

Estado musulmán, Estado civil

En todo caso, el gran debate abierto en estos dos países pioneros del cambio es el modo de compaginar la identidad árabo-musulmana con la democracia formal. ¿Estado laico, Estado civil, Estado confesional? Para muchos no hay duda: serán Estados musulmanes. Otra cosa serán los matices con que se establezcan las relaciones con las minorías religiosas. Una pista nos la puede ofrecer Marruecos y otra Turquía, cada vez más interesada en recuperar la presencia en el mundo árabe, que hasta la desaparición del califato otomano en 1924 había sido parte de su imperio.

En Marruecos se ha consagrado la libertad de culto como máxima apertura en materia religiosa, lo cual indica que seguirá prohibido el proselitismo de cualquier religión que no sea la musulmana. En Turquía persiste el Estado laico fundado por Atatürk pero matizado con la mayoría islámica del partido de Erdo?an que mantiene la apariencia de libertad religiosa. Por cierto que en su reciente visita a Egipto, el primer ministro turco ha animado el debate con unas declaraciones en las que se ha mostrado partido de un “Estado laico”, provocando la ira de los Hermanos Musulmanes.

¿Laico? ¿Qué quiere decir eso? Para muchos musulmanes, el vocablo significa “ateo” y, por tanto, incompatible con el islam. La laicidad ni siquiera se estudia en las universidades, como tampoco existe ninguna asignatura de teología cristiana. Los musulmanes, a estas alturas del siglo XXI, solo conocen del cristianismo lo que dice el Corán y lo que predican con desprecio los mulás y ulemas de turno, al contrario de la apertura a la enseñanza islámica que hay en las universidades europeas. Esta es una de las razones por las cuales el diálogo interreligioso estará abocado al fracaso mientras no cambie la mentalidad islámica.

A este propósito, el corresponsal de Le Monde en El Cairo, al comentar la visita de Erdo?an, afirmaba que, según el director del Centro de Estudios Turcos en la capital egipcia, Tarik Abdel-galil, el mensaje del dirigente turco le había llegado demasiado pronto a los Hermanos Musulmanes, que aún no están preparados para ejercer el poder político… y que nunca han tenido tiempo para estudiar el pensamiento moderno. “Los egipcios –aseguraba– no aceptarán una laicidad que consideran hostil a la religión, pero apenas comprueben que no es así terminarán por aceptarla. En todo caso rechazarán las ideas de Atatürk pero no las de Erdo?an”.

En cambio, los partidos liberales recién formados hablan sin rodeos de un “Estado civil” inspirado en el pensamiento de un célebre reformista egipcio, Mohamed Abduh, que ya a finales del siglo XIX consideraba que islam y democracia eran perfectamente compatibles. Por supuesto, Abduh no consiguió poner el cascabel de la libertad al felino del integrismo egipcio y, por ahora, no parece posible que la mentalidad vaya a cambiar de la noche a la mañana. “Tenemos demasiados problemas sobre la mesa para ocuparnos ahora de la libertad religiosa”, declaraba al diario Le Monde Abdel Gaffar Chukr, representante de la nueva Coalición Popular Socialista, la principal corriente de izquierdas.

La “revolución” saudita

A pesar de todo, no puede afirmarse que el mundo islámico esté condenado por la historia –y por la religión– a no evolucionar. Afirma a este respecto el gran especialista en el mundo islámico Daniel Pipes, que el mero hecho de que se acepte en el mundo islámico la participación política representa un giro colosal si la comparamos con la sharía. La ley islámica, recordemos, fue elaborada hace más de mil años a base de textos del Corán, hádices o dichos del Profeta y su propia manera de interpretar la revelación de que fue objeto. El código en cuestión tuvo sus inicios en un contexto tribal y aplicado en unas circunstancias muy diferentes a las de hoy. Es obvio que muchos de sus mandatos son absolutamente incompatibles con la democracia y repugnan cada día más a la sensibilidad occidental cimentada en la libertad.

De manera llamativa, en Arabia Saudita, el rey Abdallah acaba de autorizar a las mujeres a votar en las próximas elecciones municipales… en 2015, aunque siga en pie la prohibición de conducir o de ir por la calle sin la compañía de un tutor, además de ser obligatorio el niqab. Los islamistas más rigurosos, como ocurre en la wahabita Arabia –en lo que coincide con Al Qaida– denuncian la democracia como una herejía “occidental” y una traición a los valores islámicos.

Como es natural, se esperan discusiones apasionadas en las constituyentes antes de que se apruebe un texto consensuado y se convoquen las elecciones legislativas definitivas y las presidenciales. En Túnez serán el 23 de octubre y en Egipto habrá que tomárselo con calma, porque si bien los comicios constituyentes empiezan el 28 de noviembre, no terminarán hasta el 11 de marzo. El país ha sido dividido en tres grandes circunscripciones en las que la llamada a las urnas será paulatina tanto para el Parlamento como para el Senado, de donde saldrán los cien “sabios” que elaborarán la nueva Constitución, sin que aún se haya fijado la fecha de las presidenciales.

Después vendrá la normalización de la vida política en Libia, donde está claro que la sharía será la que module las nuevas leyes, una vez que Europa –en especial la Francia de Sarkozy– haya apostado por apoyar a la corriente mayoritaria de los rebeldes, es decir, a los islamistas, tanto por el petróleo como para enmendar el error de haber respaldado a las dictaduras árabes so pretexto de contener el terrorismo islamista.

Queda por ver lo que ocurrirá en la “intocable” Siria cuya dictadura baasista en poco se diferencia de la iraquí de Saddam Husein y, de manera especial, la evolución en Yemen, donde el retorno del presidente Saleh ha convertido este país ignorado y tradicional refugio de terroristas en un campo de sangre.

Pero, sobre todo, lo que ya centra la atención mundial más allá de la “primavera árabe”, es el desafío planteado en la ONU por Mahmud Abbas, presidente de la Autoridad Nacional Palestina, para que sea admitido como miembro de derecho el todavía hipotético Estado de Palestina, nudo de todos los conflictos del Cercano Oriente. No parece por tanto que sea del todo cierto que en la revuelta de Egipto nadie se había preocupado por la situación de los palestinos. El reciente asalto de la embajada de Israel en El Cairo lo desmiente y no presagia nada bueno.

Como resumen, hay que volver a la esperanza latente del principio de las revueltas. La democracia llegará al mundo árabe, sí, pero paso a paso. Y será, además, dentro de unos principios irrenunciables a la identidad islamo-árabe que, solo con el tiempo, tenderá a hacerse más dialogante con el mundo moderno y con la laicidad bien entendida, pero nunca con el laicismo. Un aspecto del que Occidente deberá tomar buena nota no solo para mantener las mejores relaciones posibles con el islam, sino para considerar que, sin recuperar sus auténticas señas de identidad cristiana, siempre será objeto de sospecha allí donde la fe en un Dios único es una norma de vida.

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