La defensa del capitalismo y de la esclavitud y? de la fraternidad universal en el catolicismo

La defensa del capitalismo y de la esclavitud y… de la fraternidad universal en el catolicismo.

 “Esclavos, obedeced a vuestros amos terrenos […]como si de Cristo se tratara

                                                                                                        Pablo de Tarso

A pesar de que es posible que Jesús defendiera la igualdad de los hombres, en la Biblia se considera la esclavitud como una institución perfectamente acorde con la voluntad de Dios, hasta el punto de que en ella el propio Dios, en lugar de oponerse a tal institución, señala a su pueblo cómo deben ser sus relaciones con los esclavos. Por su parte, la organización católica, a lo largo de los siglos ha apoyado la esclavitud y también a las clases poderosas (reyes, nobleza, clase capitalista) hasta convertirse ella misma en la primera multinacional del mundo con un poder político de primer orden, olvidándose hipócritamente de los pobres y de las clases más desfavorecidas.     

1.En el Antiguo Testamento la esclavitud fue aceptada como una institución natural y son muchas las ocasiones en que se hace referencia a los siervos o esclavos, como sucede, por ejemplo, cuando Sara, no pudiendo tener hijos, le propuso a Abraham que se acostase con su esclava Agar para así darle descendencia. Igualmente en relación con Noé se cuenta:

“Cuando Noé se despertó de su borrachera, se enteró de lo que había hecho su hijo menor, y dijo:

-¡Maldito sea Canaán [= hijo de Cam]! Sea para sus hermanos el último de sus esclavos[1];

En otros muchos lugares de la Biblia, “palabra de Dios” -según los dirigentes católicos-, se sigue hablando de la esclavitud como de una institución perfectamente natural de la que el propio Dios de Israel o algún personaje destacado llega a hablar con la mayor ingenuidad como si se tratase de una institución compatible con principios como el de la fraternidad de los hombres. En este sentido puede hacerse referencia a pasajes como el siguiente: 

“El Señor dijo a Moisés y a Aarón: […]

-El esclavo que hayas comprado y haya sido circuncidado […] puede comer [el cordero pascual]”[2],

palabras divinas (?) que expresan de modo implícito pero indudable la aceptación de tal institución y que sólo indican en qué condiciones se debe permitir al esclavo comer el cordero pascual.

Hay además otros pasajes bíblicos que tienen especial interés porque en ellos se afirma de modo explícito que el esclavo es propiedad de su señor, como una simple cosa a la que se puede incluso llegar a matar sin mayores consecuencias para su dueño, por lo menos en el caso de que el esclavo o la esclava no muera en el acto, “porque son propiedad suya”:

“El que mate a palos en el acto a su esclavo o a su esclava, será severamente castigado. Pero no será castigado si sobrevive un día o dos, porque son propiedad suya”[3].

La defensa de la esclavitud aparece a lo largo de toda la Biblia, pero en los tiempos antiguos debió de existir un sentimiento de unidad del pueblo hebreo especialmente intenso que debió de influir en que, a pesar de que los sacerdotes tratasen de conservar tal institución, la rechazaban para aquellos esclavos que fueran de origen judío. Así se indica en un texto de Jeremías, en el que se habla de un contrato entre el profeta y el rey Sedecías, según el cual

“todo israelita debía liberar a sus esclavos o esclavas hebreas, para que ningún judío fuera en adelante esclavo de un hermano suyo”[4].

Tal contrato pudo ser sancionado y bendecido por los sacerdotes judíos porque les beneficiaba directamente, por los esclavos que ellos mismos poseían, e indirectamente, porque así se ganaban el respeto de los poderosos que poseían esclavos y que, antes que renunciar a ellos, se habrían enfrentado a la clase sacerdotal. La defensa de la esclavitud aparece unida al bíblico racismo judío cuando Moisés comunica a su pueblo que podían comprar esclavos en las “naciones vecinas” -lo cual, por otra parte, no excluyó que los judíos pudieran tener esclavos igualmente judíos-. En este sentido se dice:

“[El Señor dijo a Moisés en el monte Sinaí] Los siervos y las siervas que tengas, serán de las naciones que os rodean; de ellos podréis adquirir siervos y siervas. También podréis comprarlos entre los hijos de los huéspedes que residen en medio de vosotros, y de sus familias que viven entre vosotros, es decir, de los nacidos en vuestra tierra. Esos pueden ser vuestra propiedad, y los dejaréis en herencia a vuestros hijos después de vosotros como propiedad perpetua. A éstos los podréis tener como siervos; pero si se trata de vuestros hermanos, los israelitas, tú, como entre hermanos, no le mandarás con tiranía”[5].

Posiblemente en estos momentos los sacerdotes y profetas judíos debieron de llegar a la conclusión de que les daría mayor autoridad entre su pueblo la exigencia de que ningún judío tomase o conservase como esclavo a otro judío.

Sin embargo, esta pretensión fue desapareciendo progresivamente, hasta el punto de que en otro texto de Éxodo,perteneciente al parecer al siglo IV a. C., se acepta que los judíos puedan tener esclavos igualmente judíos quizá por desconfianza hacia los esclavos procedentes de otros pueblos:

– [El señor dijo a Moisés:] “Si compras un esclavo hebreo, te servirá durante seis años, pero el séptimo quedará libre sin pagar nada […] Pero si el esclavo declara formalmente que prefiere a su amo […] y que no quiere la manumisión, entonces su amo […] le perforará la oreja con un punzón; y será esclavo suyo para siempre”[6].

En relación con esta cuestión tiene un especial interés resaltar el hecho de que tanto en Éxodo como en Deuteronomio, lugares en donde aparecen enumerados los mandamientos presentados por Moisés, solamente se mencionen nueve, pues el que actualmente aparece como el noveno –“no desearás la mujer de tu prójimo”-, en la Biblia forma unidad con el que en la actualidad aparece como el décimo, en cuanto, habiendo considerado que tanto la mujer como el esclavo eran simples propiedades del hombre, no tenía sentido descomponer el noveno mandamiento, que hacía referencia a la prohibición de codiciar los bienes o propiedades ajenos, en dos, uno de los cuales haría referencia a la prohibición de desear la mujer del prójimo, y otro se referiría a la prohibición de codiciar el resto de los bienes del prójimo, pues tanto la mujer como el esclavo y el resto de cosas eran simples propiedades. Y efectivamente, el noveno y último mandamiento decía:

“No codiciarás la casa de tu prójimo, ni su mujer, ni su siervo, ni su buey, ni su asno, ni nada de lo que le pertenezca”[7],

Así que, si posteriormente este mandamiento se descompuso en dos, los actuales noveno y décimo, posiblemente el motivo de tal disociación pudo ser el de tratar de que pasara al olvido aquella valoración denigrante de la mujer, que aparece en la Biblia, aunque no la del esclavo, del que, como más adelante se verá, Pablo de Tarso, cuyos escritos también forman parte de la Biblia católica, y personajes importantes de la organización cristiana, como el propio Aurelio Agustín, llegaron a escribir favora-blemente respecto a tal institución.

1.1.En relación con esta cuestión, merece una mención especial la obra de José, uno de los hijos de Jacob, que habiendo alcanzado el cargo de primer ministro del faraón de Egipto, consiguió, con sus dotes de capitalista usurero sin escrúpulos, reducir a toda la población egipcia a la condición de esclavos del faraón, tal como se muestra de modo admirativo en el siguiente pasaje bíblico que no tiene desperdicio como ejemplo asombroso del funcionamiento de la acumulación capitalista desde el punto de vista de la usura y del comercio:

“José acabó acumulando todo el dinero que había en Egipto y Canaán a cambio del trigo que le compraban, y lo iba depositando en la casa del faraón. Agotado el dinero en Egipto y Canaán, todos los egipcios acudieron a José, diciéndole:

-Danos pan; ¿vas a permitir que muramos, porque se nos ha terminado el dinero?

José les dijo:

-Si se os ha acabado ya el dinero, dadme vuestros ganados y a cambio os daré trigo.

Trajeron a José sus ganados, y José les dio alimentos a cambio de caballos, ovejas […] Pasado aquel año, vinieron a decirle:

-A nuestro señor no se le oculta que se nos ha acabado el dinero; también el ganado es ya de nuestro señor; sólo nos queda por darle nuestro cuerpo y nuestras tierras […] Cómpranos a nosotros y a nuestras tierras a cambio de pan. Seremos esclavos del faraón nosotros y nuestras tierras, pero danos simiente para que podamos vivir y no muramos […]

Así adquirió José para el faraón todas las tierras de Egipto […] y así el país pasó a ser propiedad del faraón. De este modo el faraón redujo a servidumbre [=esclavitud] a todo el pueblo del uno al otro confín de Egipto [con la excepción de las tierras de los sacerdotes][8].

¿Qué opinión debió de merecer el hombre que redujo a esclavitud a casi todos los egipcios? En el libro de la Sabiduría se menciona a José considerándolo como modelo de hombre justo y proclamando que Dios le otorgó una gloria eterna[9]. Y en Eclesiástico se declara que “no nació hombre semejante a José”[10], viéndolo igualmente como un hombre digno de ser admirado. Estas consideraciones pueden ayudar a entender que para el pueblo judío la esclavitud era algo perfectamente natural y mucho más tratándose de esclavos pertenecientes a otros pueblos.

En relación con el valor que los dirigentes católicos deben conceder a este pasaje  hay que señalar que, en cuanto consideran que la Biblia en su conjunto está inspirada por Dios, lo mismo debe afirmarse de cualquiera de sus pasajes en particular. Y, efectivamente, el catecismo de los dirigentes católicos afirma de modo explícito:

"La santa Madre Iglesia […] reconoce que todos los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento, con todas sus partes, son sagrados y canónicos, en cuanto que, escritos por inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios como autor, y como tales han sido confiados a la Iglesia"[11].

Al mismo tiempo tiene interés observar la naturalidad y admiración que provocó en los escritores bíblicos la salvaje y despiadada usura de que se sirvió José para arruinar al pueblo judío a fin de enriquecer servilmente al faraón. Y, por ello mismo, tiene interés igualmente observar cómo, a lo largo de su historia la organización católica –como luego se verá- no ha hecho otra cosa que seguir el ejemplo de José por lo que se refiere a su compulsiva obsesión por acumular riquezas a costa de quien sea y por medio de cualquier procedimiento, mientras a su alrededor cada año millones de hombres, mujeres y niños mueren en medio de la más absoluta miseria.   

2.Sin embargo y según los textos evangélicos la actitud de Jesús fue muy distinta a la de José, criticando duramente a los ricos y diciendo de ellos:

– “Le es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios”[12];

– “¡Ay de vosotros, los ricos, porque ya habéis recibido vuestro consuelo!”[13];

– “Es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja que para un rico entrar en el reino de Dios”[14].

Por ello y como consecuencia lógica de esta actitud de Jesús así como de su defensa de los pobres y de la idea de la fraternidad universal, en los primeros años después de su muerte sus primeros discípulos vivieron en un régimen de auténtica fraternidad comunista en la que no había ricos ni pobres entre la primera comunidad cristiana en la que todo se compartía, según se cuenta en el escrito, atribuido a Lucas, Hechos de los apóstoles, en el que se dice con absoluta claridad:

-“Todos los creyentes vivían unidos y lo tenían todo en común. Vendían sus posesiones y haciendas y las distribuían entre todos, según las necesidades de cada uno”[15];

-“No había entre ellos necesitados, porque todos los que tenían hacienda o casas las vendían, llevaban el precio de lo vendido, lo ponían a los pies de los apóstoles, y se repartía a cada uno según su necesidad”[16].

3.Sin embargo y a pesar de la claridad de estas doctrinas evangélicas, esa vida comunista de los primeros cristianos desapareció muy pronto, pues Pablo de Tarso, auténtico fundador y propulsor del Cristianismo, se puso descaradamente del lado de los ricos, de manera que en lugar de enfrentarse a ellos, como había hecho Jesús, se convirtió en su cómplice y aliado, proclamando que Dios les había otorgado sus riquezas para que las disfrutasen –o “disfrutásemos”-, aunque les pedía hipócritamente que procurasen no ser orgullosos:

“A los ricos de este mundo recomiéndales que no sean orgullosos, ni pongan su esperanza en la incertidumbre de las riquezas, sino en Dios, que nos provee de todos los bienes en abundancia para que disfrutemos de ellos”[17].

Al mismo tiempo y por escandaloso que pueda parecer, Pablo de Tarso, en línea con su defensa de los ricos, defendió igualmente la esclavitud de modo astuto e interesado,como una institución derivada de la voluntad de Dios, tal como puede comprobarse acudiendo a sus cartas, en las que exhorta a los esclavos a que cumplan con devoción y humildad las órdenes de sus señores en cuanto representan al propio Dios, según señala  cuando escribe:

“¿Eras esclavo cuando fuiste llamado? No te preocupes. E incluso, aunque pudieras hacerte libre, harías bien en aprovechar tu condición de esclavo […] Que cada cual, hermanos, continúe ante Dios en el estado que tenía al ser llamado”[18].

En este pasaje Pablo de Tarso plantea la posibilidad de optar o no por la libertad al incorporarse a la organización cristiana, pero considera mejor

“que cada cual […] continúe ante Dios en el estado que tenía al ser llamado”,

lo cual no sólo representa evidentemente una actitud de transigencia y de freno ante cualquier intento de rebelión contra una institución tan injusta y contraria a los principios de Jesús, sino un auténtico apoyo a dicha institución, lo cual llevaba implícita una oferta de colaboración con las clases poderosas del imperio romano, la oferta según la cual el cristianismo no iba a representar ningún peligro contra las clases poderosas del imperio romano sino una ayuda extraordinaria mediante la cual podrían controlar mejor a esos esclavos, argumentándoles que su situación se debía a la voluntad de Dios, tal como se indica en el siguiente pasaje:  

“Esclavos, obedeced a vuestros amos terrenos con profundo respeto y con sencillez de corazón, como si de Cristo se tratara. No con una sencillez aparente que busca sólo el agrado a los hombres, sino como siervos de Cristo que cumplen de corazón la voluntad de Dios”[19].

En efecto, en este segundo pasaje Pablo declara de forma ya totalmente explícita que hay que tratar a los señores ¡“como si de Cristo se tratara”!, y que los esclavos deben comportarse “como siervos de Cristo que cumplen de corazón la voluntad de Dios”. Es decir, la esclavitud aparece ya como una institución sagrada establecida por “voluntad de Dios”, a la que los esclavos deben someterse “con profundo respeto y con sencillez de corazón”.

En esta misma línea ideológica continúa escribiendo:

“Esclavos, obedeced en todo a vuestros amos de la tierra; no con una sujeción aparente, que sólo busca agradar a los hombres, sino con sencillez de corazón, como quien honra al Señor[20].

Este tercer pasaje representa una confirmación del valor de las palabras del anterior y en él se exhorta a los esclavos a “obedecer en todo a vuestros amos de la tierra” comparándolos con “el Señor”, es decir, el propio Dios, comparación muy halagadora para los amos o señores, que además suponía una fuerte y astuta tentación de Pablo para lograr que el emperador, la nobleza romana y las clases poderosas en general no temieran a la nueva religión, sino que, por el contrario, vieran en ella una aliada que justificaba en el propio Dios la existencia de la esclavitud y la obligación moral de los esclavos de obedecer a sus amos “como quien honra al Señor”.

En este mismo sentido Pablo vuelve a insistir en esta idea cuando escribe:  

“Todos los que están bajo el yugo de la esclavitud, consideren que sus propios amos son dignos de todo respeto […] Los que tengan amos creyentes, no les falten la debida consideración con el pretexto de que son hermanos en la fe; al contrario, sírvanles mejor, puesto que son creyentes, amados de Dios, los que reciben sus servicios”[21].

La novedad de este último pasaje consiste en que ya no sólo se habla de cristianos esclavos de señores no cristianos, sino de cristianos esclavos de otros cristianos, de forma que no sólo se defiende la idea de que el esclavo debe conformarse con su estado y obedecer a su señor sino también la idea de que el cristiano puede ser señor y dueño de esclavos, con la conciencia bien tranquila, a pesar de que tratar a alguien como esclavo consiste en considerarle como un simple objeto con el que se puede hacer cualquier cosa.

Conviene recordar, por otra parte, que las ideas de Pablo de Tarso no eran una innovación absoluta en la ideología cristiana sino que, como se ha podido ver, se correspondían, si no con el mensaje de Jesús, sí con la doctrina del Antiguo Testamento que de modo natural defendió la esclavitud en todo momento.  

4.La defensa de la esclavitud por parte de los dirigentes católicos fue permanente durante todo el tiempo. De hecho a lo largo de la Edad Media una gran parte de la población europea tenía el status de siervo–otra forma de nombrar al esclavo– frente a los señores feudales, mientras la organización cristiana bendecía las estructuras políticas feudales mediante las que se mantenía al pueblo llano en la miseria más absoluta. En los siglos VXI, XVII y XVIII la conquista de América significó el resurgimiento más duro de la esclavitudtanto en relación con los negros como en relación con la población autóctona americana. Posteriormente la industrialización dio lugar a la aparición del proletariado, una nueva denominación de los esclavos en la sociedad capitalista. Sin embargo, de acuerdo con los fundamentos del catolicismo, los jefes de la organización católica justificaron en muchos casos y mantuvieron silencio en casi todos respecto a la nueva forma de esclavitud representada por el proletariado, que de nuevo tendría su justificación última en aquella “voluntad divina” de que había hablado Pablo de Tarso.

Y, por ello, aunque apenas hace un siglo que los dirigentes católicos se han atrevido a evolucionar hacia una teóricacondena de la esclavitud, lo han hecho a remolque y con posterioridad al hecho de que la propia sociedad política y civil lo hiciera, pero sin tomar partido por la clase proletaria sino, por el contrario, poniéndose siempre al lado del capitalista, con quien comparte unos mismos intereses. Por ello mismo, no fue nada extraño que todavía en la Alemania de Hitler los dirigentes católicos llegaran a tener entre seis mil y siete mil“trabajadores forzosos”, es decir “esclavos”.

Por otra parte, la actitud de complicidad de los jefes de la organización cristiana con los ricos, iniciada con Pablo de Tarso, transformó su organización en un inmenso negocio que, adaptándose a todo tipo de circunstancias políticas y sociales, se fue enriqueciendo progresivamente hasta convertirse en la mayor multinacional “del espíritu” –y de lo que no es el espíritu-, incomparablemente más rica que cualquier otra de cualquier tipo, dedicada a la venta fantástica de parcelas de Cielo, mediante sus amenazas de excomunión, sus guerras “religiosas”, sus cruzadas, su alianza con las monarquías absolutas y con las clases política y económicamente poderosas en todos los momentos de la Historia, su constante confabulación sin escrúpulos con los gobiernos tiránicos de cualquier signo con tal que le proporcionasen suculentas ganancias económicas y le despejasen el camino para seguir adoctrinando al pueblo. Un instrumento especialmente sanguinario, utilizado por los jefes de la organización católica para conseguir sus objetivos, fue el de su Santa Inquisición, cruelmente opresora y sanguinaria, que fue utilizada por la jerarquía católica para mantener su poder, pisoteando la libertad de pensamiento y expresión de quienes, pretendiendo usar libremente su razón, pudieran criticar sus doctrinas, socavando así los fundamentos ideológicos de su fuerza política y económica. Los tiempos en los que la jerarquía católica ha tenido mayor poder político han sido a la vez los más escandalosos y sanguinarios en el funcionamiento de esta institución, que cometió innumerables asesinatos. A lo largo de la Edad Media y hasta ya entrado el siglo XIX, la Inquisición fue el mayor y más cruel instrumento de control de la jerarquía católica sobre los pueblos de Europa, conspirando contra la libertad y la justicia.

En los últimos siglos, la jerarquía católica ha seguido siendo la aliada constante de los podereseconómicos y políticos del capitalismo y de la mayor parte de las dictaduras del planeta, sin otras excepciones que las de los países con dictaduras contrarias a la religión católica, de manera que, en el año 1949, el papa Pío XII excomulgó a los católicos afiliados al Partido Comunista, pero no realizó ninguna condena similar respecto a los afiliados al partido Partido Nazi, a pesar de la monstruosa barbarie con que actuó a lo largo de la segunda guerra mundial, sino que, por el contrario y como todo el mundo puede comprobar incluso con el testimonio de abundantes archivos fotográficos, muchos obispos y cardenales fraternizaron con el régimen nazi, con el fascismo, con la vergonzosa “cruzada nacional” –según la bautizó el cardenal Gomá- del general Franco, y con los criminales gobiernos golpistas sudamericanos.

Y en los últimos años la actitud de los jefes de la organización católica no se ha ceñido a la de conformarse con ser la multinacional más poderosa y rica del mundo y la más firme aliada de la plutocracia planetaria actual, sino que además ha condenado abiertamente a quienes, como los Teólogos de la Liberación,han tratado de adoptar una postura más próxima a la de Jesús, en defensa de los pobres y de los oprimidos, despreciando y pisoteando la doctrina de aquél en cuyo nombre decían predicar, doctrina según la cual:

“No podéis servir a Dios y al dinero”[22].

 


[1]Génesis 9:24-25.

[2]Éxodo 12:43-44.

[3]Éxodo 21:20-21. La insistencia en que el esclavo es una propiedad o no es libre aparece continuamente: “Si uno se acuesta con una esclava que pertenece a otro […] será castigado, pero no con la muerte, pues la mujer no era libre”.

[4]Jeremías 34:9.

[5]Levítico25: 44-46.

[6]Éxodo 21:2-6.

[7]Éxodo 20:17. Como confirmación de que los mandamientos son nueve y no diez, puede verse que más adelante, en Deuteronomio 5:7-21 se enumeran de nuevo y, al igual que en Éxodo, sólo se mencionan nueve. La formulación del noveno en Deuteronomio es idéntica en su contenido a la que aparece en Éxodo y dice así: -“No codiciaras la mujer de tu prójimo, ni desearás la casa de tu prójimo, su campo, su esclavo o su esclava, su buey o su asno, ni nada de lo que le pertenece”. 

[8]Génesis 47: 14-22.

[9]Sab 10:13.

[10]Eclo 49:15.

[11]Catecismo de la Iglesia Católica, Prim. Parte, Cap. 3, 105.

[12]Marcos 10:25.

[13]Lucas 6:24.

[14]Lucas 18:24.

[15]Hechos 2:44.

[16]Hechos 4:34:

[17]Pablo: I Timoteo 6:17.

[18]Pablo, I Corintios 7:21-24.

[19]Pablo: Efesios 6:5-6. La cursiva es mía.

[20]Pablo, Colosenses 3:22. La cursiva es mía.

[21]Pablo: I Timoteo 6:1-2.

[22]Mateo 7:24.

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