La culpa es de los otros

El miércoles pasado se hizo público un informe encargado por la Conferencia Episcopal de Estados Unidos que sostiene que la culpa de los abusos y violaciones a niños en parroquias y colegios católicos de aquel país fue de la revolución sexual. El informe fue encargado en 2006, lo ha realizado el Colegio de Justicia Criminal John Jay de la City University de Nueva York y ha costado más de un millón de euros. Dicen las víctimas que para llegar a esa conclusión los investigadores no pudieron entrevistar a ninguno de los responsables de los abusos y que trabajaron sobre la información que les proporcionaron los obispos. En resumidas cuentas: la sociedad cambió abruptamente durante los años sesenta y setenta y a los religiosos aquellas transformaciones los condujeron a un estado de confusión tal que no pudieron librarse de las tentaciones, y abusaron de los menores. Según el estudio del John Jay College, realizado en 2004, entre 1950 y 2002 se produjeron en Estados Unidos 10.667 denuncias de abusos sexuales contra el clero. Se estiman creíbles unas 6.700, de las que serían curas los responsables de 4.392. ¿Qué hizo la jerarquía eclesiástica ante semejantes desmanes? No mucho. La medida que se tomaba habitualmente era la de trasladar al que había sido denunciado a otro lugar.

Más que preocuparse de acabar con los desmanes, lo que la Iglesia hizo fue simplemente escurrir el bulto. Y, por lo que se ve, la mejor manera de reparar aquellas tropelías ha sido encargar un estudio que muestre que la culpa no fue suya. La revolución sexual arrastró a los religiosos, así que fueron unas pobres víctimas de una época disoluta y perdida.

La Conferencia Episcopal de Estados Unidos ha vuelto, así, a dar una lección a sus fieles y, de paso, al mundo entero. Una vez más, el demonio está afuera. Nunca dentro de la Iglesia, nunca en sus prácticas, ni en sus reglas, ni en sus hábitos. Por eso, seguramente, los responsables de investigar aquellas denuncias para ponerles freno, protegieron a los abusadores limitándose a cambiarlos de sitio. Confusos y perdidos, eran también víctimas: de la revolución sexual.

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