La cuestión confesional

Por qué el mundo musulmán es el territorio más propenso a las guerras y a la violencia? No resulta fácil ensayar una respuesta. Son muchos los factores que inciden. De tipo étnico, de tipo económico, de tipo social, de carácter geopolítico. No obstante, existe un elemento que sobresale y que es válido para cualquiera de los países que componen dicho mundo: la cuestión confesional.
No se trata sólo del universo árabe, donde por cierto la cuestión está siempre presente. También vale para el Asia y para el Africa, donde el islam contabiliza millones de adeptos, inclusive mayoritarios en buena parte de los países de dichos continentes. Y se desparrama por Europa y América en razón de la fuerte presencia de musulmanes.
Centralmente, el dilema del mundo musulmán es la separación entre el Estado y la religión. Algo que casi todos los países no islámicos resolvieron, en los dos últimos siglos, a favor de la laicidad del Estado.
Los musulmanes se debaten entre la modernidad política del Estado laico y la tradición milenaria del Estado confesional. No es una cuestión de ideologías. Aquí no está en juego el socialismo o el capitalismo. Tampoco, el avance científico o tecnológico. Ni el consumo de bienes materiales. Todo ello tiene espacio dentro del islam, siempre y cuando la ley que impere sea la Sharia, especie de código ético y penal, basada en el Corán –el libro sagrado- y los preceptos del profeta Mahoma. O sea la ley de Dios.
Como se dijo, la Sharia no legisla sólo sobre cuestiones puramente religiosas. Avanza sobre el delito, la política, la economía, la higiene, la cuestión sexual y matrimonial, el ayuno, la peregrinación, la herencia. En síntesis, una regulación global de la vida de una sociedad. Y una regulación emanada de Dios, no del hombre, por tanto, prácticamente inmutable.

¿Choque de civilizaciones?

En boga hace más de una década, este concepto resulta insuficiente para explicar el enfrentamiento confesional.
Acuñado por el historiador británico Arnold J. Toynbee, fue desarrollado en 1993 por el politólogo estadounidense Samuel Huntington fallecido en 2008. Según su criterio, el choque de civilizaciones motorizará al conflicto mundial más allá de los choques internos dentro de cada una de estas civilizaciones.
Huntington reconoce ocho civilizaciones. A saber: 1) la occidental que incluye a los países cristianos de Europa y América, entre los que cuenta como sub civilizaciones al mundo ortodoxo de Europa Oriental y Rusia y al mundo latinoamericano; 2) el mundo musulmán de Oriente Medio, el Maghreb norafricano, Somalia, Afganistán, Pakistán, Malasia e Indonesia; 3) el pueblo judío de Israel y la diáspora; 4) la civilización hindú de la India; 5) la civilización sínica de China, y de la diáspora china en el Pacífico, el Asia y Occidente; 6) la civilización japonesa; 7) el Africa subsahariana y 8) las áreas budistas dispersas por el Himalaya, incluido el Tibet, Mongolia y el sudeste asiático.
Señala que los conflictos quedan focalizados, pues, en los límites difusos de cada civilización y cita varios ejemplos al respecto como la desintegración de Yugoslavia, el caso de Chechenia o los conflictos entre la India y Pakistan.
Tal vez suficientemente válida en esos casos, la teoría pasa de largo por sobre la divisoria de aguas entre la confesionalidad y el laicismo.
En mayor o menor medida, seis de esas ocho civilizaciones superaron la cuestión confesional e ingresaron a diferentes niveles de laicidad. Israel, si bien es indiscutiblemente un Estado moderno, muestra signos de confesionalidad aunque referidos más que nada a una cuestión étnica. Solo el mundo musulmán no ha resuelto la cuestión.
Cierto es que surgen conflictos por doquier fuera del universo islámico, pero todos ellos reconocen causas convencionales como límites territoriales, recursos estratégicos, liberación nacional o étnica y, hasta no hace mucho, cuestiones ideológicas.
También en el mundo islámico dichas causas de conflicto están presentes pero quedan focalizadas en diversas áreas. En cambio, la cuestión confesional abarca a todos. De allí la razón de ser de la no vencida, aunque debilitada, Al-Qaeda y sus distintas ramas regionales como elemento supranacional del fundamentalismo islámico. De allí, el avance de partidos islámicos moderados en la conquista pacífica del poder. De allí, la derrota de los dictadores relativamente laicos como en Egipto, Libia, Túnez y probablemente en Yemen y Siria. De allí, las enormes dificultades para establecer democracias plenas.

Estado de situación

Area del Maghreb:
Marruecos presenta una monarquía moderada y pro occidental con algún grado de apertura política pero con importante presencia fundamentalista, incluida la rama maghrebí de Al Qaeda.
Argelia es laica con una democracia amañada y conflictos étnicos con la minoría bereber, también con fuerte presencia islámica.
Túnez, tras la revolución que derrocó al dictador laico Zine Ben Ali en 2011, es hoy presidida por un laico que gobierna en coalición con un parlamento dominado por los islamistas moderados y que debe redactar una nueva constitución, toda una incógnita.
El pueblo libio derrocó recientemente a su tirano, Muamar Khaddafi, y su destino es por demás incierto. De la revolución participaron elementos laicos, islámicos y tribales. Es imposible afirmar que la heterogénea coalición continúe y mucho menos predecir si algún sector prevalecerá sobre otro.
Por fin, Egipto que, tras Túnez se deshizo de su dictador Hosni Mubarak, atraviesa una transición militar que ya deparó elecciones legislativas donde ganaron los islamistas moderados seguidos por los islamistas extremistas. Los moderados anunciaron el jueves pasado que no presentarán candidato a la presidencial de junio y que buscarán un candidato común con otras agrupaciones.
Área Medio Oriente:
Las monarquías del Golfo, encabezadas por Arabia Saudita son fundamentalistas y no democráticas, pero son aliadas de Occidente en razón de sus intereses petroleros y, como tales, se enfrentan con Al Qaeda. Dentro del Islam son sunitas. Su bienestar petrolero y su escasa mano de obra determinó una fuerte inmigración shiita venida del Irán persa, algo que convalida una fuerte contestación ante la escasez de derechos de los inmigrantes.
El único país no monárquico, Yemen, está al borde de la guerra civil. Con un dictador laico Ali Salah en proceso de dejar el poder, el país se debate entre enfrentamientos tribales, una posible secesión del sur y una fuertísima presencia de Al Qaeda cuyos guerreros acaban de ser expulsados de una ciudad, Rafeh, que habían tomado recientemente.
Siria está en guerra civil. Los Assad, padre fallecido e hijo, dominan el poder desde hace más de treinta años. El ejército se partió. Hay lucha en varias ciudades. La Liga Arabe propuso un plan para la salida de Assad que fue rechazado. La ONU se apresta a tratar el asunto. Las minorías alawitas –Assad es alawita-, drusa, armenia, kurda y cristiana sostienen al dictador, temerosas de una marea sunita que puede llevar al país al fundamentalismo. Rusia es el gran aliado del clan Assad.
En Líbano, el fundamentalismo quedó en manos del Hezbollah shita apoyado por Irán. Son un partido político con presencia parlamentaria pero también son un ejército que no fue desarmado tras la guerra civil.
Por ultimo Irak, de donde acaba de retirarse el ejército estadounidense, está al borde del estallido. El país puede quedar dividido en tres partes. El sur shiita, el centro sunita y el norte kurdo –los kurdos no son árabes-. Aunque debilitada, desde la caída de Saddam Hussein, Al Qaeda intenta hacer pie entre los sunitas.
Como se puede apreciar, la cuestión confesional cruza transversalmente a todas las naciones árabes. En la próxima columna analizaremos la situación en el resto del mundo musulmán no árabe y la relación con el Occidente cristiano y con el Estado de Israel.

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