La crisis con fe es un poco menos crítica

Las dificultades económicas convierten a las iglesias en refugio para el alma. Un recorrido por varias parroquias evidencia la participación de los feligreses en misa durante toda la semana

La madera del último banco cruje. Busca su particular protagonismo, un discreto segundo de gloria en medio del silencio que avala su crujido. Pero no es suficiente para que el hombre de mirada cabizbaja opte por trasladarse al banco anterior, a la hilera contigua, a la otra parte de la iglesia. El chasquido de la madera parece contribuir a su paz, la misma que refleja un rostro de ojos cerrados, manos apretadas, rodillas inclinadas sobre una tablilla acolchada. Sólo la voz del sacerdote logra rescatarle del ensimismamiento al que invita el lugar.

Porque la tranquilidad que obsequia la ausencia de ruido, el frío húmedo de unas paredes que trasmiten calor, la tenue luz y el olor de la cera penitente se han dado cita a las 13.15 horas de un miércoles de enero. No es jornada festiva, ni el calendario indica una actividad santoral diferente, especial, que invite a pensar que hoy sí toca visitar a Dios.

Y, sin embargo, la iglesia no está vacía, tampoco llena, pero en ningún caso vacía. Una treintena de personas se distribuyen por la parroquia. Solas o en pareja, más mayores que jóvenes, se entregan al ritual de la misa, conocedoras de cuándo han de levantarse, sentarse, reclinarse, persignarse o simplemente callar y meditar.

Cada momento forma parte de un todo en el que los asistentes saben cuál es muy bien su papel. Las palabras del cura son repetidas, murmuradas, como coletillas a las que las propiedades acústicas del lugar contribuyen a multiplicar. Pero la imagen dista de cualquier pantomima, de una representación teatral en la que aspirantes a actores asumen su papel de creyentes, gesticulando sus labios en silencio, haciendo como que rezan, contando rosarios con los dedos, memorizando padrenuestros.

No hace falta ser católico, apostólico y romano para entender que quienes acuden a la iglesia a las ocho, diez, una y siete de la tarde lo hacen por fe. La misma fe que disimula un turista, que transcurridos veinte minutos desde el inicio de la misa irrumpe en la iglesia haciendo uso de eso que la religión llama ‘las puertas están abiertas para todo el mundo’.

Su cámara de fotos –milagrosamente analógica– delata sus ansias de inmortalizar las bellas imágenes esculpidas, los santos y vírgenes que se erigen a modo de altar a un lado y otro de la iglesia. Pero su aparato, el mismo que se retrae de disparar con alegría debido al ambiente litúrgico, solemne y respetuoso que respira en el ambiente, no ejerce de careta para esconder su asombro.

Los ojos del visitante inesperado se abren de par en par, como si hartos de fotografiar iglesias aún se dejaran sorprender por según qué rincones, como si no hubiesen siquiera imaginado que detrás de una deteriorada puerta de madera, en el interior de un disimulado edificio, en mitad de una céntrica y comercial calle de la ciudad, pudiese encontrar tal derroche de arte escultórico y armonía estética. Sin embargo, no logra distanciarse más de cincuenta centímetros de la puerta de entrada.

A falta de persignarse en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, derrocha respeto cuando opta por refugiarse detrás de una columna, impidiendo que la suela de sus zapatos vuelvan a retumbar en cada paso dado sobre el frío mármol. Desde allí puede escuchar las palabras del sacerdote, en las que anima a “rezar antes de participar en el banquete de la eucaristía”. Así lo hacen todos. Unos sentados, otros de pie y bastantes arrodillados, si bien no todos deciden formar parte de la cola que conduce hasta el cura para recibir el elemento purificador.

Quienes optan por no participar del banquete permanecen en sus lugares de rezo, con la cabeza baja, inhalando paz, expirando preocupaciones, las inquietudes propias de la cotidianeidad, los temores añadidos a una crisis que parece respetar e incluso incentivar la fe. La Iglesia lo sabe y ansiosa de recuperar ovejas descarriadas, de incrementar su ‘rebaño’, recuerda a sus feligreses la importancia de creer en Dios para curar el alma.

Por eso, varios carteles se dejan ver pegados en la puerta de acceso a la parroquia, allí donde un hombre extiende la mano para pedir limosna, una especie de chantaje emocional que juega con las conciencias de los feligreses. Allí mismo, donde hombre toca el organillo y una furgoneta acaba de aparcar restando visibilidad a la iglesia, los carteles dan la bienvenida al transeúnte, recordándoles que “en tiempos de crisis, lo mejor es fraternizar”.

Y mientras esos mensajes continúan decorando la puerta con imágenes de familias sonrientes y exultantes de paz, amor y felicidad, el sacerdote da por finalizado el servicio, sin que ello signifique que los presentes vayan a abandonar la parroquia inmediatamente, en tropel, como si ya hubiesen cumplido con sus 45 minutos de católico practicante. La marcha será progresiva, toda vez que se hayan dado la paz los unos a los otros, con castos besos y reconfortantes apretones de menos. Se irán poco a poco, después de persignarse por última vez, de echar una moneda junto a la vela, o de esperar a que el párroco les atienda.

Así lo hace una joven, que pese a no haber participado activamente en la misa, esperó pacientemente a que ésta terminase para tocar con sus nudillos a la puerta que hay junto al altar para trasmitirle su deseo, que no es otro que buscar fecha para contraer matrimonio en dicha iglesia. Junto a ella se quedan otras dos mujeres de recatada vestimenta cuyos idénticos peinados, les hace parecer siamesas, si bien confiesan en voz baja ser feligresas activas de la parroquia. No son las únicas. Incluso los jóvenes escuchan a veces la llamada del Señor.

En contra de lo que muchos pueden pensar, de la ruptura fe-ciudadano que otros tantos auguran, lo cierto es que un recorrido por varias iglesias parroquiales de la ciudad obliga a replantearse tal razonamiento. Aunque no todas ofrecen una nutrida oferta de misas en cuanto a diversidad horaria se refiere, la mayoría no se limita a abrir sus puertas los domingos. No es raro encontrar, al menos, a una docena de personas que a lo largo de la mañana o tarde se dirigen a sus parroquias para escuchar mensajes bíblicos en boca de su sacerdote.

Mujeres mayores, otras de mediana edad, e incluso un nada despreciable número de hombres y hasta jóvenes se dejan ver a la salida de las iglesias, vestidos de domingo aún sin serlo, sonrientes, preguntándose por la salud, comentando el tiempo, dejando escapar algún comentario que otro sobre “cómo la fe ayuda a llevar mejor la crisis”. Las frases no son aisladas, en especial, cuando por fin llega el domingo y, entonces, el aforo de las iglesias granadinas hace lo propio que los panes y los peces: multiplicarse.

"La gente busca consuelo tras haber puesto su fe en el dinero"

Ya lo dijo Jesús: “No sólo de pan vive el hombre”. Más de 2.000 años después, estas palabras parecen tener vigencia para mucha gente, que en tiempos de crisis, se afanan por diversificar la fuente de sus recursos, cambiando los materiales por los espirituales. Así lo percibe José Carlos Isla, sacerdote desde hace casi ocho años y desde 2003 párroco de la Iglesia de Nuestra Señora de las Angustias, donde lejos de apreciar un notable desinterés o apatía religiosa, constata “un aumento constante del número de personas que se acercan a la iglesia en busca de ayuda y consuelo”.

Por ello, la imagen general que se proyecta “desde algunos medios de comunicación” en cuanto al descenso del aforo en la iglesia, “no coincide, al menos, con mi parroquia, a la que acuden cada día muchas personas, tanto del barrio, como del resto de la ciudad e incluso de otros municipios, para ver a la Virgen, a la que consideran su madre”, explica José Carlos.

A juicio de este joven párroco, uno de los motivos por los cuales se ha notado un incremento en la participación de la eucaristía es la crisis económica que afecta a nuestros bolsillos. “En estos tiempos, la gente empieza a darse cuenta de que las cosas materiales no tienen tanto valor o no son lo más importante, tal y como creían”, subraya el sacerdote, para quien este momento de dificultades económicas es propicio para que muchas personas “que pusieron su fe en el dinero y su ilusión en tener una casa o coche mejor, pues ahora empiecen a ver otras realidades y acudan así a la iglesia en busca de consuelo y ayuda”.

Por otra parte, la iglesia también se afana por aliviar las penas a través de actividades de fraternización en las que “los jóvenes y el resto de la familia puedan disfrutar de ocio sano y un tiempo de esparcimiento en compañía de otras personas creyentes”, explica el párroco, que también incide en el notable número de parejas que eligen a la iglesia para unir sus vidas en matrimonio. “He iniciado un cursillo prematrimonial con sesenta parejas”, destaca en este sentido.

Print Friendly, PDF & Email

También te podría gustar...