La conquista islámica de Europa

Por último, como buen conservador, enlaza con el concepto de 'vieja Europa' publicitado en sus días de gloria por los 'neocon' y ve en la debilidad europea un peligroso caldo de cultivo para el yihadismo que, hace menos de diez años, derribó los símbolos del poder militar y financiero de EE UU.

El periodista estadounidense Christopher Caldwell alerta sobre los peligros de la inmigración en un polémico ensayo que resalta la debilidad de los valores continentales

Europa se convirtió en una sociedad multiétnica en un momento de despiste". Así, rotundo y brillante, inicia el periodista estadounidense Christopher Caldwell su polémico ensayo 'La revolución europea'. Caldwell, habitual del 'Financial Times' y el 'Wall Street Journal', lleva años escribiendo sobre la presencia islámica en Europa. Ahora, con el subtítulo 'Cómo el islam ha cambiado el viejo continente', lanza lo que parece un documentado diagnóstico sobre las mutaciones irreversibles que la inmigración ha causado.
En esencia, Caldwell, que asume la teoría del choque de civilizaciones de Huntington, sostiene que la inmigración masiva iniciada tras la II Guerra Mundial es una bomba de relojería que las elites europeas no han sabido desactivar. La invasión ha crecido mucho más de lo previsto y ha dinamitado las bases políticas y sociales europeas hasta generar una disidencia interior que amenaza seriamente a una Europa que él ve ve sobrada de mala conciencia, corta de valores sólidos y débil.
En 2006, el 57% de los nacidos en Bruselas eran hijos de musulmanes. ¿Cómo se ha llegado ahí? Al día siguiente de la capitulación nazi, Europa, desangrada, precisaba mano de obra para la reconstrucción. Y la importó, pensando que sería fugaz. Nadie pensó que los inmigrantes, de mayoría islámica, se quedarían, que su número se multiplicaría hasta ser el 10% de la población y que, además, conservarían sus costumbres.
Cuando se comprobó el gigantesco error de cálculo, a finales de los años 60, se tomaron medidas para limitar la inmigración. Pero era tarde. Los primeros en llegar abrieron camino hasta generar toda una colonización, reforzada por las reagrupaciones familiares. El fenómeno se agravó con ingentes solicitudes de asilo político. Sin embargo, las elites europeas nunca debatieron los costes y beneficios a largo plazo. Proclamaron que la inmigración era beneficiosa económica y socialmente. En paralelo, creció el rechazo de la población, en particular a los islámicos.
Caldwell detecta un caldo de cultivo ideal para el trato de favor dado a los inmigrantes: la culpa colectiva por el nazismo y el colonialismo, el sentimiento de deuda pendiente con el mundo por siglos de explotación. En cuanto al error de cálculo, simplemente se sobrevaloró la falta de mano de obra. Así que los beneficios de la inmigración fueron marginales y temporales. Pero los cambios sociales, espirituales y políticos que acarreó han sido masivos y duraderos, porque el inmigrante, dice Caldwell, no mejora la cultura europea, sino que la suplanta e introduce en ella una ruptura sin precedentes.
Los costes de la riada inmigratoria han sido cuantiosos para una envejecida Europa de baja natalidad. Aparte de causar "desorden, penuria y delincuencia", los extranjeros han roto costumbres e instituciones, y han obligado a pagar "un elevado precio en libertades". Además, la inmigración casa mal con el Estado del bienestar, ayuda a pagar pensiones hoy a costa de un problema para mañana y dificulta la construcción de la UE. Por no hablar de educación, sanidad y vivienda, o de lo mal que compagina el islam con el laicismo, que, a juicio del autor, no lleva ni de lejos las de ganar.
Las consecuencias se agravan, prosigue Caldwell, por la actitud de tolerancia -actualmente ya simple disfraz del miedo- adoptada por los rectores europeos. En estas décadas, Europa está reescribiendo sus valores, lo que le dificulta enfrentarse al conflicto étnico. ¿Cuáles son esos valores? Tras desterrar el nacionalismo homicida, y en plena guerra fría, se entronizan individualismo, democracia, libertad y derechos humanos. Es decir, se demoniza la intolerancia de la intolerancia. Se deifica la corrección política, que conduce a pensar que ninguna cultura es mejor y a abordar con neutralidad asuntos de inmigración y etnia.
Resulta de lo anterior que "el abanico de expresión de opiniones está estrechándose", porque se amplía el número de personas objeto de tolerancia y se endurece la ideología de la tolerancia. Transgredirla se vuelve peligroso. En suma, declarar que la inmigración ha sido un éxito es la única opinión aceptable, ya que lo contrario lleva a ser acusado de racismo.
Aunque lo anterior vale para todos los inmigrantes, el problema, acusa Caldwell, son los islámicos, porque traen una religión que acaba siendo su rasgo identitario más fuerte. La compatibilidad de la ley islámica con las leyes nacionales es fuente de fricción, ya que el islam es una identidad poderosa que "da forma a todos los aspectos de la vida del creyente".
Y el problema se agrava con el renacer del islam político y el respaldo de los inmigrantes a la yihad. Hay 20 millones de musulmanes en Europa. En 2025 serán 40. Sus barrios son guetos, colonias étnicas, territorios que sirven de escenario a revueltas como las de París en 2005. Las generaciones están cada vez menos integradas. Caldwell resume así el panorama: si en los primeros años se hubiera sabido que iba a haber miles de mezquitas en Europa, no se habría permitido.

Errores al hablar de España
El conflicto, que el autor compara con el que EE UU tiene con los negros, es insoluble para Caldwell, quien trata en detalle aspectos como la polémica del velo o las caricaturas de Mahoma. Insoluble, porque no se puede integrar a millones de musulmanes en un país de base cultural cristiana.
Claro que también se puede rebobinar un poco. Las argumentaciones de Caldwell parecen irrebatibles hasta que habla de España y el lector detecta errores. Por sólo citar uno (página 52), sostiene que los millones de casas construidas por mano de obra inmigrante en España durante 'el boom del ladrillo' eran para ellos mismos. Más allá (página 98), el periodista demuestra, además de una homofobia recurrente, una gran ignorancia histórica al asegurar que la superioridad moral de la heterosexualidad sobre la homosexualidad "había sido una opinión de consenso desde los albores de la civilización hasta finales del siglo XX". Convendría que leyese o que se pasease por algún museo que exhiba cerámica griega.
Al final, pasada la última página y metabolizada la arrolladora retórica del periodista curtido, el lector puede llegar a tres conclusiones. La primera, metodológica, es que Caldwell privilegia sin justificación el enfoque religioso, ignorando cuestiones esenciales como exclusión, pobreza, hacinamiento o falta de horizontes en los guetos. Claro que el autor no dudaría en calificar todo eso de subproductos de la 'ridícula' corrección política.
La segunda, que ayuda a entender el enfoque religioso, es que, el destinatario del libro es el público de EE UU, víctima de la manipulación que acompañó la cruzada antiyihadista de Bush. Y la tercera es que Caldwell, periodista independiente, es un conservador estadounidense. Como tal, recela de los "valores europeos", que no incluyen ya la religión -es patente su desprecio del laicismo- ni el militarismo, los tres grandes pilares de la identidad estadounidense.
Por último, como buen conservador, enlaza con el concepto de 'vieja Europa' publicitado en sus días de gloria por los 'neocon' y ve en la debilidad europea un peligroso caldo de cultivo para el yihadismo que, hace menos de diez años, derribó los símbolos del poder militar y financiero de EE UU.

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