La Colombia atea: una ruptura cultural en el país del Sagrado Corazón

Aunque la sociedad colombiana ha sido tradicionalmente cristiana y creyente, encuestas recientes muestran un aumento porcentual de los colombianos que se identifican como ateos, agnósticos o no afiliados a ninguna religión. Hoy, estos tres grupos sumarían entre el 8% y el 11% de la población.

De confirmarse esta tendencia, contaríamos con un nuevo argumento para afirmar que la pluralización religiosa (a saber, la migración de católicas hacia nuevas religiones o creencias, incluidas las opciones de abandonar cualquier creencia religiosa, y la de abstenerse de participar en cualquier comunidad religiosa) constituye uno de los cambios más profundos que vive actualmente la sociedad colombiana.

Los estudios que se han ocupado de la pluralización religiosa en Colombia indican que la mayoría de los católicos que abandonan su iglesia no abandonan el cristianismo, sino que migran hacia otras comunidades cristianas de corte evangélico y pentecostal. Por lo cual, en lugar de ubicarse en ruptura con los valores cristianos, los reivindican y dotan de nueva vitalidad.

Esta afinidad cultural ha permitido, por ejemplo, que sectores evangélicos y pentecostales pacten alianzas con sectores católicos para defender una agenda política inspirada en la defensa de ciertos valores cristianos, en particular, aquellos relacionados con la moral sexual y la familia tradicional. Estas alianzas se han expresado en la oposición de católicos y pentecostales al reconocimiento de los derechos de la población LGBTI, y en su oposición a la completa despenalización del aborto y de la eutanasia voluntaria.

Sin embargo, esta situación social se modifica al considerar el aumento porcentual de ateos, agnósticos y no-afiliados a ninguna religión. Ya que en este sentido la pluralización religiosa si implica un quiebre cultural.

Aunque en Colombia los estudios que desde las ciencias sociales se ocupan de este asunto son escasos, los datos disponibles indican que, pese a su diversidad interna, buena parte de los ateos, agnósticos y no-afiliados a ninguna religión manifiestan una ruptura con los valores tradicionales que acabamos de mencionar. Por ejemplo, entre ellos son más frecuentes los cuestionamientos a los valores cristianos relacionados con la sexualidad, la reproducción y la familia. Asimismo, en este sector de la población es más frecuente el apoyo a las iniciativas políticas que busquen el reconocimiento de los derechos de la población LGBTI y la completa despenalización del aborto.

Una parte de los ateos y de los agnósticos reivindican el laicismo como bandera política y se organiza en asociaciones que les permiten promover esta agenda. En otras palabras, orientan su acción en garantizar que se mantenga y se materialice la separación entre los poderes públicos y religiosos (separación en iglesias y Estado). Por ejemplo, se oponen a que se mantenga la clase religión en los colegios públicas, y a que se financien actividades religiosas con recursos del Estado. Algunos, incluso, consideran que el poder que ostentan las grandes instituciones religiosas (como la Iglesia católica y las nuevas iglesias pentecostales) es excesivo e inconveniente. Les preocupa especialmente la influencia que ejercen algunos líderes religiosos en el campo de la política electoral. Por esta razón, se han propuesto como tarea vigilar la acción de las organizaciones religiosas para denunciar o prevenir que incurran en abusos de poder. Si bien, ateos, agnósticos y no afiliados a ninguna religión no monopolizan la agenda política laica, entre ellos se encuentran algunos de sus más comprometidos promotores.

En cuanto no hay motivos para prever que tanto no-creyentes como cristianos desistirán de sus objetivos políticos, en el futuro cercano seremos testigos de nuevas disputas y confrontaciones entre estos dos sectores de la población. Cada uno emprenderá nuevas iniciativas para posicionar su agenda política, al mismo tiempo que buscará desacreditar a sus contradictores.

Hasta el momento las cifras favorecen a los cristianos, pues la gran mayoría de los colombianos se identifican con alguna vertiente del cristianismo, entre las que se destacan el catolicismo y el pentecostalismo. Esta es la razón por la cual los candidatos a cualquier cargo de elección popular encuentran electoralmente rentable identificarse públicamente como creyentes y defender valores tradicionales.

Por su parte, el aumento porcentual de ateos, agnósticos y no afiliados, parece relacionarse con un cambio generacional. En otras palabras, las nuevas generaciones optan por la no-creencia con mayor frecuencia. Asimismo, el ateísmo, el agnosticismo y la no filiación religiosa, gozan de mayor acogida en los sectores urbanos, y entre quienes han logrado altos niveles de educación formal (profesionales y posgraduados). Estas asociaciones demográficas hacen plausible suponer que este sector de la población seguirá creciendo.

De ser así, estamos siendo testigos de un cambio cultural en ciernes, que no solo sacudirá el campo religioso, sino que también afectará el estado de las fuerzas en el campo de la política electoral colombiana.

William Mauricio Beltrán*
Profesor Asociado Universidad Nacional de Colombia

*Doctor en Etude des sociétés latino-américaines, Université de la Sorbonne Nouvelle, Paris 3. Magister en Sociología y Sociólogo, Universidad Nacional de Colombia, Bogotá.

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