La censura de lo políticamente correcto

La retirada de obras de arte o la multa a un joven por poner su rostro a Cristo reabren el debate sobre la libertad

«La que puede estar sucia es la mirada, no la obra de arte». Con esa frase el catedrático de Historia del Arte de la Universidad de Santiago, José Manuel García Iglesias, lanza su primer golpe contra los que creen que hay cuadros que no deberían de exhibirse en los museos porque resultan pornográficos o pueden resultar molestos para determinados colectivos. Pero eso mismo que se ha cocido en las salas de los museos durante años, ha dado el salto a cada vez más ámbitos de la vida cotidiana. Desde los colectivos de panaderos ofendidos por como los retratan refranes como «pan con pan, comida de tontos» a la multa impuesta a un joven de Jaén que lanzó en Instagram una foto de Jesucristo a la que puso su rostro. Parece que todo es susceptible de ofender, pero ¿dónde está el límite? Estos sucesos han abierto el debate en torno a lo que se ha dado en llamar la censura, o dictadura, de lo políticamente correcto.

Más allá del veto a algunas obras de arte ejercido por Facebook, la censura en el mundo del arte volvió a ponerse de actualidad en noviembre después de que una mujer norteamericana Mia Merryl, escandalizada por la obra de Balthus, Teresa soñando, emprendiera una campaña para recoger apoyos para instar al Metropolitan (MET) de Nueva York a retirar la obra «por perturbadora». La institución, por supuesto, se negó. No fue el único caso. El pasado 16 de enero la Manchester Art Gallery del Reino Unido retiró una obra del pintor prerrafaelista John William Waterhouse, Hilas y las ninfas. La razón aducida por el museo en su página web fue la apertura de un diálogo en torno al papel de la mujer en el mundo del arte. Pocos días después los Gobiernos de Reino Unido y Alemania rechazaron colocar en sus respectivos metros carteles que reproducían varios desnudos de Egon Schiele al entender que no era ético mostrar genitales en público porque era arte pornográfico. Por contra dieron luz verde a mostrar los mismos carteles, pero con las partes que podían causar malestar tapadas con una banda en la que pone: «Lo siento, 100 años después aún es algo atrevido».

Pero quizá uno de los casos que ha encendido las redes esta semana es el de un joven de Jaén multado por atentar contra los sentimientos religiosos al subir a Instagram un montaje de su cara colocada en un rostro de Jesucristo. Al parecer, como recoge Europa Press, logró recaudar los 480 euros de la sanción en una hora. Hasta el presentador Jesús Vázquez desempolvó la portada que había protagonizado hace prácticamente 18 años, en la que aparecía caracterizado como Cristo para apoyarlo. «¿Qué ha pasado con la libertad de expresión en nuestro país?», se preguntó en Twitter.

No es el único que empieza a hacerse la misma pregunta. ¿Estamos sacando de contexto las cosas? García Iglesias recuerda que lo que está ocurriendo «no es algo nuevo», al menos en el mundo del arte. «No hay que olvidar que una obra creativa tiene algo de provocación. Pero estamos en una época en la que parece que todo molesta. ¿Qué haríamos con las pinturas del Neolítico? ¿Borrarlas porque pueden entenderse como un acto de maltrato animal? Estamos llegando a la locura. El arte es libertad, creatividad», dice. Otra cosa, matiza, es usar el rostro propio para poner en una imagen de Cristo porque puede ofender a una religión.

Buena campaña de márketing

La polvareda que levantan este tipo de polémicas no deja de encerrar un toque de márketing. El profesor de filosofía del arte y de la Universidad Autónoma de Madrid y crítico de arte, Miguel Cereceda, pone como ejemplo los atentados contra la Venus del Espejo por parte de las feministas que acuchillaban el cuadro. «La reacción conservadora o defensora de la moral que trata de impedir que la imagen sea pública logra todo lo contrario. Lo que provoca es un exceso de divulgación».

Pese a todo lo que ocurre no cree que haya más moralina ahora que antes. «Lo que produce más reacción es el gesto censor», dice. En el caso del chaval de Jaén entiende que no era para tanto e incluso «no es descartable que pueda recurrir alegando libertad de expresión. Teológicamente se puede argumentar». ¿Cómo? Puedes argumentar que Cristo se encuentra en nosotros. No hay actitud ofensiva. Lo que es escandaloso es que se haya puesto una multa», añade.

No opina lo mismo la presidenta de Mulleres en Igualdade, Beatriz Piñeiro: «Estábamos viviendo en una época en la que todo valía. La propia sociedad empieza a dar marcha atrás. A lo largo de la historia ha ocurrido muchas veces. Me gustan los términos medios. Lo que hay en un museo es arte y lo hay que ver como tal. No puedes sacar las cosas de contexto. Pero soy la primera que denuncio cuando veo un anuncio que atenta contra las mujeres. Lo del caso de Jaén, en cambio, es diferente a lo que ocurre con el arte porque no hay que olvidar el respeto a las personas que tienen otras creencias».

Sobre la dictadura de lo políticamente correcto habla también el filósofo Fernando R. Genovés: «Lo verdaderamente alarmante de la denominada ‘corrección política’ consiste en que ha logrado aunar sus preceptos en una especie de ‘sumario’ en el que lo moral, lo político y lo jurídico se entremezclan de modo alarmante».

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