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La carta de Fernando Ónega al Obispo de Cartagena: “Las vacunas igualan a los alcaldes pecadores y a los clérigos redentores”

Fernando Ónega dedica su carta de La Brújula al señor obispo de Cartagena, don José Manuel Lorca.

Y buenas noches a Su Ilustrísima, hoy francamente devaluada, el señor obispo de Cartagena, don José Manuel Lorca. Ave María Purísima. He tenido noticia de su llegada a un centro de mayores de su diócesis. Según testimonio de una testigo, empezaron a llegar coches de los que se bajaban personas con alzacuellos, señal inequívoca de que habían hecho los votos de pobreza, obediencia y castidad. En el último apareció vuestra Ilustrísima.

Aquello debió ser como el desembarco de Normandía para aficionados a la historia y como una gran obra de caridad para los modestos creyentes de comunión semanal. Se santiguaron los más devotos y cantaron aleluyas de ver a sus pastores acercarse a la grey recluida en una residencia de ancianos, sin duda para llevarles el consuelo de su palabra y el aliento de su oración en tiempos de peste, tribulación y muerte. Al reconocer al señor obispo, algunos habrán querido acercarse a besarle el anillo y usted, señor obispo, les habrá bajado la mano en ese gesto tan pastoral como de modestia que tienen las sotanas desde Roma a Santiago, pasando por Cartagena.

Yo mismo lo hubiera hecho en lugar tan necesitado de afectos, de visitas y de cristiana caridad. Y de ahí mi desconsuelo, Ilustrísima. No iba usted ni el resto de blancos alzacuellos en apostólica misión. Iba, Dios le perdone, a vacunarse. Dicen las crónicas de la odisea que usted y los clérigos de compañía se hicieron pasar por capellanes, se colaron en la fila de los mayores, enfermos y cuidadores y pasaron el cepillo de la suplantación de personalidad para la comunión de la vacuna.

¡Qué prisas, señor obispo! Ni que fuesen a llevar la extremaunción a un moribundo. Ni que se fuesen a agotar las vacunas. Ni que hubieran visto los jinetes del Apocalipsis y encontraran en la residencia la tabla de salvación. Su reino quizá no sea de este mundo, pero mejor si tardan en llegar al otro. Las vacunas igualan a los alcaldes pecadores y a los clérigos redentores. La diferencia, ilustrísima, es que, siendo obispo, no es fácil dimitir. Y su ventaja es que los pecados de abuso, de engaño y de soberbia, ustedes lo resuelven con propósito de enmienda y una buena confesión. Y hecho eso, ya pueden volver a evangelizar.

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