La caravana de Dios. Las procesiones y los mítines se confunden en una campaña que cuestiona el laicismo

El ‘número dos’ del PP al Congreso por Madrid, Alfonso Suárez Illana, junto al presidente de la Diputación de Alicante, César Sánchez, durante la Procesión de la Palma en Alicante. MANUEL LORENZO EFE

No existe discrepancia alguna entre el agnosticismo —o el ateísmo— y el fervor de la Semana Santa. La teatralidad, la sugestión escénica, el estrépito de las cadenas, el compás patibulario de los tambores, el jadeo de los penitentes, sobrepasan el estupor de la cuestión metafísica.

La procesión se convierte incluso en un fenómeno emocional y estético. En una tradición y en una liturgia cuya exuberancia no debería someterse al oportunismo político, ni por el exceso de pasión ni por la pulsión anticlerical de la izquierda.

Ha sido decisión de Sánchez colocar la campaña electoral en Semana Santa, de tal forma que las procesiones se confunden con los mítines. Se amontona en la calle la respectiva iconografía. Y se propaga desde las tribunas una desconcertante confesionalidad, más o menos como si estuviera en cuestión la reciente conquista del Estado laico.

Vox es el partido que más lo amenaza con la propaganda de la «cultura de la vida». Rocío Monasterio ha convertido su apellido en expresión propagandística del catecismo. La piedad católica y la lisergia del incienso obedecen, en realidad, a la nostalgia autoritaria del nacional-catolicismo, a la épica de la cruzada, al artefacto xenófobo de la reconquista, pero sorprende que el PP también se haya involucrado hasta las entrañas en el oscurantismo religioso.

El marianismo, gracias a Dios, vació el PP de sus obligaciones confesionales. Era un partido inequívocamente laico más allá de la militancia antiabortista de Ruiz Gallardón y de las experiencias místicas de Fernández Díaz, cuya cilicio místico tampoco le impedía pluriemplearse en las cañerías de la policía patriótica a semejanza de un inquisidor flamígero.

Tenía el PP sus legionarios de Cristo, sus príncipes del Opus, sus monaguillos promiscuos, sus plañideras, pero el liderazgo de Casado y la unción tardomedieval de Suárez Illana han explorado la última frontera de la idiosincrasia democristiana. Por convicciones de castellano antiguo. Y porque Vox ha forzado el discurso fundamentalista del embrión sagrado y de la eternidad. Se trata de proteger preventivamente al que no ha nacido y de condenar con la vida al que se quiere morir.

Ciudadanos es el único partido que antepone las libertades y la bandera del laicismo en los debates menos populares —la maternidad subrrogada, la prostitución, la eutanasia—, pues sucede que la extrema izquierda antisionista —donde esté el Ramadán que se quite el Via Crucis— y la izquierda convencional gustan de recrearse en el moralismo y el paternalismo con ambiciones de púlpito. Sucede con las denigradas madres de alquiler y con el utópico abolicionismo de la prostitución. Tolerarlas, regularlas, no significa transigir con el comercio, la trata, el proxenetismo, sino diferenciar las libertades individuales de su perversión o derivada delictiva. Hubiera sido absurdo quemar los campos de algodón para acabar con la esclavitud.

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