La bula kirchenista sobre el Papa

Al interior de la sempiterna cobertura que la prensa argentina continuó dándole a la unción de Bergoglio como Papa, se sucedieron y suceden en el kirchnerismo abruptos realineamientos y subrepticias suturas a sus jirones originalmente desgarrados por la noticia. En una intervención televisiva que reprodujo la edición digital del diario Clarín, el filósofo argentino José Pablo Feinmann lo sintetizó como la disputa nacional por la apropiación del Papa. Aunque exagerada y pomposa en la extensión de la cobertura y su chusco chauvinismo, la naturaleza y alcances del debate no resultan banales. Por el contrario, hinca en los más dramáticos momentos de la historia reciente, en sus laceraciones y heridas aún abiertas y (más preocupante aún) en la fragilidad de las conquistas recientes de algunas libertades y derechos. Y también en las estructuras políticas e institucionales que le dieron impulso, sobre las que aún parecen apoyarse mayoritariamente. El debate (que más bien se intenta obliterar) se desarrolla en paralelo al llamamiento que el genocida Videla ha hecho -desde un reportaje en una revista española- a sus secuaces militares para levantarse en armas. También se da al mismo tiempo que la marcha que realizaremos hoy por Buenos Aires para recordar el exterminio que se inició con el golpe de estado del ´76 y, sin ir geográficamente muy lejos, al aciago presente para la ya debilitada lucha contra la impunidad en Uruguay a través de un fallo de su Suprema Corte de Justicia (que Galeano ironizó como “suprema de injusticia”). Como si no bastara esta enjundiosa encarnadura, la discusión roza además un aspecto cardinal de la teoría de la historia -potenciada por características particulares de la versión argentina- como es el lugar de las personalidades en su curso.

La fagocitosis política del kirchnerismo en particular y del peronismo en general no es novedosa, ni menos aún la volubilidad de sus discursividades, atracciones, repulsiones y disputas. El mismo filósofo que mencioné líneas arriba, presentando su libro “El flaco” (relato de sus encuentros con Néstor Kirchner) expuso una anécdota que da cuenta de este apetito por el poder y sus modos de conquista electoral que excede al protagonista en particular. El ex Presidente, señalando puntos en un mapa en instancias preelectorales, preguntaba a sus colaboradores a quién propio tenían allí. Cuando la respuesta era “nadie” repreguntaba quién era el más barato o accesible. El resultado de la decisión podía llegar inclusive a punteros del ex golpista Aldo Rico o a cualquier otra excrecencia del peor pasado. Lamentable resulta además que el autor lo presente como expresión virtuosa de su pragmatismo, que supera el simple anecdotario. Explica parcialmente por qué hoy, por caso, el menemismo o los barones de los feudos provinciales, así como diversos burócratas sindicales, son parte del kirchnerismo. Y también en parte por qué algunos van dejando de serlo, como el propio matrimonio Kirchner dejó de ser parte del menemismo para cobijarse bajo el manto del duhaldismo para acceder al poder y por qué y cómo lo abandonó para ser hoy autoreferente. Su esencia es la compra-venta, no quién asume ocasionalmente el rol de comprador o vendedor en el mercado de los alineamientos políticos. Si, según esta concepción, los políticos son “cooptables” (expresión algo menos rugosa que “comprables”) independientemente de su pasado opositor o de sus principios, ¿por qué no habría de serlo el propio Bergoglio? De allí los afiches que saludaban su papado como “argentino y peronista” y que sólo parece haber molestado al grupo de intelectuales nucleados en el colectivo “Carta abierta”.

El domingo pasado, cuando salía en este medio mi artículo sobre el Papa, en el diario argentino Página/12, Horacio Verbitsky -autor de las mejores investigaciones que se hayan hecho sobre el papel de la Iglesia argentina en la dictadura e insospechable de oposición alguna al kircherismo- profundizaba sus argumentos del colaboracionismo de Bergoglio. Estaba al tanto de que escribiría al respecto, pero desconocía el anexo facsimilar que publicó y que dice haber encontrado por azar en el archivo del Ministerio de Relaciones Exteriores. Es un memorándum de 1979 cuando ya los sacerdotes jesuitas Jalic y Yorio, secuestrados y torturados durante 5 meses en la tenebrosa Escuela de Mecánica de la Armada (hoy Museo de la Memoria) habían logrado salir al exilio. Una renovación de pasaporte solicitada por uno de ellos, fue rechazada por el “Director de Culto Católico de la Cancillería, Anselmo Orcoyen, ´en atención a los antecedentes del peticionante´, que le fueron suministrados ´por el propio padre Bergoglio, firmante de la nota, con especial recomendación de que no se hiciera lugar a lo que solicita´”. La sintaxis y terminología no deja lugar a dudas sobre el tipo de infición que la dictadura produjo entonces en el actual Papa y, como es obvio, del pleno conocimiento de las acciones y procedimientos de los genocidas. Volviendo al documento publicado por Verbitsky, “decía que Jalics tuvo conflictos de obediencia y una actividad disolvente en congregaciones religiosas femeninas, y que estuvo ´detenido´ en la ESMA junto con Yorio, ´sospechoso contacto guerrilleros´”. ¿Cuántos acusados de “actividad disolvente” tenemos hoy entre nuestros desaparecidos?

El documento no prueba que haya entregado a los sacerdotes, tanto como las actuales declaraciones de Jalics desde su convento alemán lo desmienten. Sólo refuerza el convencimiento de la complicidad y colaboración de la jerarquía eclesiástica con la dictadura, salvo alguna excepción muy puntual y aislada como la del obispo Angelelli (asesinado por los esbirros) o algún otro como Laguna que integró hasta su muerte un organismo de Derechos Humanos como la APDH. Tampoco lo desmienten -sino que por el contrario lo reafirman- las expresiones de otros religiosos que dicen haber sido “salvados” por Bergoglio. Es el complejo e inestable equilibrio entre la condena y la salvación la médula íntima del Estado Terrorista. No es exclusivamente una maquinaria criminal impune, sino una terrenalmente institucionalizada omnipotencia que se auto-arroga la decisión sobre la vida y la muerte, sobre la libertad, el encierro o la tortura. La posible “salvación” también integra dialécticamente la totalidad del terror. Muchos asesinos también salvaron a posibles víctimas por alguna razón desde humanitaria hasta de proximidad, pasiones o intereses. La condena no debe centrarse sólo en sus crímenes sino en la libertad de decisión para poder ejecutarlos u omitirlos. No hay razón para pensar que el propio Videla no puede ser, además de un asesino, un buen abuelo y hasta sentir ternura o amor por sus allegados. Centrarse exclusivamente en la inhumanidad de los criminales puede tendernos una trampa ideológica para advertir que también en las “salvaciones”, tanto como en las delaciones al interior de un Estado Terrorista, está incubada una monstruosa abyección moral. Insistiré, como el domingo pasado, que no considero a los fieles responsables de ninguna de estas bajezas. No pretendo inducir a nadie a abandonar religión alguna del mismo modo en que no considero que un simpatizante de fútbol deba abandonar su afición por las acciones discriminatorias, la violencia o los delitos de las barras bravas o las maniobras y estafas de sus dirigentes. Los feligreses son parte de la sociedad civil y pretendo poner en cuestión aquí sólo a la estructura y a algunos de los integrantes -tal el caso de Bergoglio- de la sociedad política inexcusablemente terrenal.

Quien creo que más finamente ha expresado el brusco giro oficialista –que como kirchnerista lo incluye- hacia la cancelación de toda revisión crítica respecto a Bergoglio es el agudo periodista Hugo Presman. Sostiene que “cuando un cardenal se convierte en Papa, en circunstancias que obligan indefectiblemente a un cambio, puede suceder que muera el cardenal y nazca un Papa que niegue en su accionar aspectos de su propia historia. Más si proviene de una orden con esquema militar, como la jesuita, acostumbrado a obedecer al superior y ahora encumbrado a mandar sin tener a nadie humano por encima”. Puesto en términos de expresión de deseos, el kirchnerismo espera el milagro de que Bergoglio haya dejado de serlo, para dar vida a un impoluto Francisco. El propio giro, puesto en otros términos, es una invalorable contribución al ejercicio del pontificado (en una de sus posibles aunque menos generalizadas acepciones como es la del tendido de puentes) ya que alinea a todo el arco político en torno a su presente figura. Empezando por los genocidas, primeros en expresar su algarabía hasta el progresismo real argentino pasando por todos los matices intermedios.

Supongamos por un momento que tales deseos se cumplan y que el nuevo Papa produzca los cambios que el progresismo espera. Por de pronto destruirá la actual “pontificación” alcanzada para descontento de las derechas. Pero si así fuera, no deberían dejar de apoyarse sus transformaciones por genuflexiones pasadas, como tampoco veo razones para omitir estas últimas. He tratado de insistir en varios textos sobre el énfasis y acompañamiento que las izquierdas deben darle a toda clase de reformas, quienquiera las impulse. Todo pasado, institucional o personal, siempre debe ser puesto a revisión, sin por ello bloquear la posibilidad de cambios. ¿Acaso no debemos celebrar los procesos judiciales en los que en Argentina se están sometiendo a los genocidas, por más que el matrimonio Kirchner no haya movido un dedo por los derechos humanos hasta su llegada al poder?

Pero no deja de ser angustiante, además de políticamente ingenuo, esperar que los cambios radicales provengan del azar, la mera oportunidad de las personas o del “Espíritu Santo”. Pero si alguno de esos fuera el camino, nada mejor que partir de quién viene de la derecha y sobre todo, que, como dice el afiche, sea “argentino y peronista”, que de vueltas de campana está más que acostumbrado.

Emilio Cafassi. Profesor titular e investigador de la Universidad de Buenos Aires, escritor, ex decano.

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