La Audiencia de Alicante condena a un maltratador por someter a su mujer con su fanatismo religioso

Una sentencia ha puesto fin al infierno machista que ha tenido que soportar una abogada alicantina durante 18 años de matrimonio. Unos malos tratos físicos y psicológicos provocados por el fanatismo religioso de su marido y su idea ultraconservadora de la familia tradicional que no solo le han arruinado la vida a ella, en tratamiento por un trastorno de la personalidad, sino también a los tres hijos de la pareja, víctimas de cuadros depresivos que les afectan a su vida diaria

La Audiencia Provincial de Alicante ha confirmado el año y nueve meses de cárcel y los 47 días de trabajo en beneficio de la comunidad que un juez impuso al hombre el pasado mes de junio por tres delitos de malos tratos, uno de ellos de carácter continuado. El acusado deberá indemnizar a su exmujer con 6.000 euros, y con 3.000 a cada uno de sus hijos —dos chicas de 18 y 20 años y un chico de 15— por los daños morales. Además, no podrá acercarse ni comunicarse con ellos durante cinco años y pierde el derecho al ejercicio de la patria potestad.

La secuencia de hechos que los jueces declaran probada remite a una relación conyugal anclada casi en el Medievo, donde el varón ejerce un poder absoluto sobre el núcleo familiar. Desde el día de su boda, en 1997 el acusado sometió a su compañera sentimental a un férreo control por el que se atribuía todas y cada una de las decisiones importantes para la familia. En especial las de tipo económico. Era él quien controlaba los ingresos de su mujer, abogada de profesión, pero también la indemnización que había recibido por la muerte de sus padres tras un accidente ocurrido en 2003.

En 2009, la denunciante se asoció con otra letrada y montó un bufete. El marido eligió la ubicación del despacho, “una oficina que podía ser contemplada” en todo momento por él desde su propio domicilio. Ella aceptaba su criterio movida por su educación conservadora, sus propias “convicciones acerca del matrimonio y su deseo de mantener la paz familiar”, como recoge literalmente el fallo.

Todo cambió, sin embargo, en mayo de 2013. Un episodio hizo que ella se replanteara su situación y comenzase a pensar seriamente en el divorcio. Fue cuando él montó en cólera porque la mujer había invitado a su compañera de despacho a la comunión del menor de sus hijos. Él había vetado a esa abogada por su condición de divorciada. Gritó, golpeó, tiró al suelo los muebles de casa y amenazó con no asistir al evento, mientras su hijo lloraba desconsolado, hasta que se salió con la suya y su esposa retiró la invitación. El hombre exhibió un ataque de ira similar con motivo del crucero que el matrimonio iba a disfrutar con otros familiares, pues quería ser él quien decidiera la distribución de los camarotes del barco.

No fue hasta el verano de 2014 cuando la mujer se atrevió a plantearle abiertamente el divorcio. Comenzó entonces para ella un nuevo calvario. Entre el 9 de agosto y el 25 de septiembre de ese año, le acusado le envió más de cuarenta mensajes de WhatsApp donde le llamaba “maldita, malvada, condenado bicho, mala, bruja o enferma mental”, entre otros insultos.

En esos mensajes la acusaba de haber sucumbido a lo que le “metían en la cabeza todas las putas divorciadas”, al tiempo que le amenazaba con suicidarse. El chantaje surtió efecto e hizo que la víctima paralizase temporalmente los trámites del divorcio. Eso no evitó que el acoso y la violencia verbal y física de su marido se detuvieran. Frases del tenor “todas las mujeres tenían que estar bajo tierra” u “ojalá te machaquen y te caiga un rayo” se hicieron frecuentes.

En una ocasión, el maltratador dio muestras de su delirio religioso al exhibir reiteradamente a su todavía compañera un crucifijo a modo de escudo mientras le gritaba “demonio, estás maldita”. Otra vez, con motivo de una discusión distinta, la agarró fuertemente del cuello mientras le insultaba.

El maltratador utilizó también a sus hijos para predisponerlos en contra de ella. Les decía que su madre se había “vuelto loca” y que estaba “destruyendo la familia”, o bien les daba escritos que trataban sobre la “maldad del divorcio”. La hija mayor llegó a enfrentarse a él por los malos tratos que sufría su progenitora, pero tuvo que refugiarse en su habitación para evitar que le diera una paliza.

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