Juguete nuevo

Parecía que algunas tendencias católicas empezaban a hacer guiños favorables al puterío, toda vez que el papa Francisco declaró: «¿Quién soy yo para juzgar a los homosexuales?». La ambigua (y tramposa) frase desató un optimista alboroto en muchos gays crédulos y ansiosos de sentirse, acaso, tolerados por esa institución cuya doctrina es campo fértil de buena parte de la homofobia arraigada en la «gente de fe».

Nunca me tragué ese performance de marketing católico, por mucho que intentaran lavarme el cerebro diciéndome que el valor de las declaraciones radicaba justamente en eso: las palabras del papa Francisco permitían abrir una pequeña rendija en las misas dominicales de las 8 de la mañana por donde podrían filtrarse cambios en la significación de los pecadores; transformaciones que influyeran en la convicción de los feligreses de tal modo que no lincharan al primer joto que se las cruzara enfrente, amparados por una oblea y los recuerdos enmarcados de las pedas del bautismo y la primera comunión. La revista Advocate le dedicó al pontífice una portada que recordaba las peores épocas de la payola y varios artistas pop aprovecharon cualquier micrófono para felicitar la «apertura» del Papa.

El regocijo les sobrevivió menos de lo que dura el catecismo. El pasado 5 de octubre, durante el Sínodo de Obispos, en la Catedral de San Pedro, el papa Francisco declaró que el matrimonio es «la unión entre un hombre y una mujer» y que no es «una utopía de adolescente, sino un sueño sin el cual su criatura estará destinada a la soledad»; bueno, esto último no se me hizo tan errado, quiero decir, desde que se aprobó el matrimonio entre personas del mismo sexo, son muchos los homosexuales que se atormentan por su situación de solteronas.

La ya confirmada visita del papa Francisco a México se anuncia como una oportunidad para defender el matrimonio tradicional.

Mientras tanto, muchas parejas de homosexuales que han logrado ser padres mediante la adopción, andan concentrando fuerzas en una lucha: derribar el canon homofóbico que les impide a sus retoños tener acceso a la pila bautismal. ¿Será ese sacramento un requisito indispensable para poder inscribirlos más adelante en un colegio de tendencia religiosa? No hace mucho, una pareja de padres homosexuales atrajo la atención de la opinión pública al hecho de que a su hijo no se le permitía la inscripción a una escuela que mezclaba las matemáticas con el Yo confieso, el Credo, el Acto de contrición y otras oraciones básicas católicas, ésas que entre líneas condenan todo acto sodomita.

Veo a estos homosexuales luchando por el alcance del sacramento a sus hijos y no puedo evitar hacer una comparación con todos mis amigos bugas que recientemente han sido padres y madres y que tienen una cosa bien clara: ni el sacramento del bautismo católico ni el mole ni el arroz ni el Don Pedro erguido al centro de la mesa están dentro de los planes inmediatos de sus morros. Incluso se plantean discursos más arriesgados que de algún modo atentan contra el imaginario católico. Kyzza Terrazas, por ejemplo, dirigió el Lenguaje de los machetes, película cuya historia de desamor urbano se basa en la fantasía de sus personajes (hetero) de convertirse en bombas humanas con el objetivo de volar la Basílica de Guadalupe reduciéndola a un montón de escombros.

Por supuesto que no son competencias entre bugas y gays, aunque algunos de estos últimos no pierden la oportunidad de comprarse con toda clase de evidencias científicas que aseguran que los gays son mejores parejas, mejores padres, mejores compadres, mejores consumistas, etc.

Me arriesgo a plantear una provocación: puede ser que todo este delirio de una buena parte de homosexuales por conducirse dentro de los parámetros más conservadores y religiosos tenga que ver con una sensación similar a la de quitarle la envoltura a un juguete nuevo. Después de tantos años de vivir en una marginalidad asimilada, mientras evaluabas duro si salir del clóset fustigado por la contemplación de la foto de bodas de tus padres, pareciera que hay una sensación de novedad en acatar normas que, básicamente, reprimen la noción más prístina del placer. Si de algo se nos ha acusado a los gays es de hedonistas y declarase culpable al respecto, puede ser más chocante que salir del clóset. Al menos en estos días de juguetes nuevos.

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