Juan Pablo II, luces y sombras

Hace ya un mes que murió Juan Pablo II, ya se ha elegido un nuevo papa y, a pesar de que gran parte de la actualidad informativa ha estado dominada por los temas vaticanos, va siendo hora de intentar un análisis objetivo de todo lo que ha rodeado estos acontecimiento, alejándose un poco de los defensores de esa corrección política tan empalagosa que se da en bastantes medios de comunicación. Ya se sabe, cuando alguien muere siempre es bueno, y los más nimios detalles se convierten en “momentos históricos”.
 

   Todo el despliegue mediático que ha rodeado el último desarrollo de la enfermedad de Juan Pablo II, su muerte, velatorio y entierro multitudinarios se puede analizar desde muchos puntos de vista. El primero habría de ser un punto de vista religioso, cristiano; y debería ser el análisis más breve puesto que la fe ha de ser una cuestión personal y, desde luego, no analizable en público. No pocos medios de comunicación han insistido de forma un tanto machacona en las virtudes cristianas del fallecido papa. No obstante pocas veces se ha tratado la cuestión, a mi juicio, fundamental: Viendo esas imágenes de multitudes agolpadas en la Plaza de San Pedro, muchos enarbolando banderas y distintivos nacionales (a ver cuándo se acaba la ridícula costumbre de algunos españoles de acudir a los más variados eventos con banderas con un toro negro en medio), las del funeral con la más alta concentración de jefes de estado y dignatarios que nunca se haya visto, contrasta con lo que nos cuentan del fallecimiento del fundador de la religión cristiana hace algo menos de dos mil años. A pesar de que hay algunas divergencias en torno a aquellos hechos, es casi seguro que a su entierro no asistieron los grandes, entre otras cosas, porque fue ejecutado por el poder político y religioso de su tiempo, por uno de ellos. También sería deseable que bastantes medios de comunicación perdieran algo de su engolada solemnidad al tratar estos temas, y recuperaran algo del sentido del humor que había hace unos años, y nos recordaran que había un chiste en Roma que decía que la matrícula SCV (Stato Citta del Vaticano) de los coches de la Curia, en realidad significaba “Si Cristo vedesse” Si Cristo lo viera. Se me dirá que esto es demagogia, y quizá así sea. Pero también es cierto que en ningún lugar de los cuatro Evangelios, ni del resto del Nuevo Testamento, en definitiva el cuerpo doctrinal básico del Cristianismo, se encuentra una sola línea que diga que hay que montar todo este tinglado, toda esta demostración de poder.
   Dejando las cuestiones estrictamente religiosas y pasando a las políticas, sociales y económicas, pues no se puede negar que la Iglesia Católica es una formidable estructura política, un poder temporal en su terminología, y un gran poder económico; también se ha insistido en el papel del fallecido papa en el mundo de los últimos treinta años. Se dice que su actuación fue fundamental en la caída de los regímenes comunistas del bloque soviético, también que ha desempeñado un gran papel en la defensa de los sectores más desfavorecidos, que además de llevar un mensaje estrictamente católico, y ecuménico, en sus frecuentes viajes, ha sido portador de esperanza para los oprimidos. Y, en suma, que ha sido un gran defensor de la paz, resaltándose su oposición a la invasión norteamericana de Iraq. A todo esto se pueden contraponer argumentos, o, cuanto menos, matizaciones. Se podría decir que el ideal de universalidad que, en teoría, predica la Iglesia Católica se vio mitigado cuando su cabeza visible, dejándose llevar por su origen nacional y trayectoria personal, dedicó esfuerzos y recursos –quizá descuidando otros- a contender por una determinada opción política. Es cierto que a partir de 1989 varios países de Europa Central y Oriental han conquistado la democracia. También lo es que en lo que se llama el Espacio Postsoviético (lo que resultó después del desmembramiento de la URSS en 1991) como mucho se ha logrado lo que eufemísticamente las diplomacias occidentales llaman “democracias imperfectas”. Dejando el eufemismo de lado, guerras, opresiones varias, corrupción. Por no hablar de que grandes sectores de esos países, de tradición ortodoxa o musulmana principalmente, consideran una injerencia ofensiva la pretensión de medios afines al Vaticano de que Juan Pablo II ha sido su salvador. ¿Cómo han sido las relaciones de este último con el Patriarcado de Moscú?
   En cuanto a los viajes y actividad pastoral de Juan Pablo II, lo que han tenido de verdaderamente ecuménico ha sido sólo la fachada. En estos años se avanzó muy poco en superar las diferencias con los más cercanos, protestantes y ortodoxos. Todos estos viajes eran un gran espectáculo de masas, magnificado por el seguimiento mediático, pero sus consecuencias prácticas han sido bastante magras. De los viajes, se podría resaltar uno en el que el fallecido papa consagró una réplica de la Basílica de San Pedro –aún es más grande que el original- “Nuestra Señora de la Paz” en Costa de Marfil. Ingentes recursos gastados en mármol y dorados en un país pobre, ahora sumido en una guerra civil, y donde los católicos son minoría. Doctrinalmente hablando tampoco se ha avanzado mucho, a no ser en el apoyo a los grupos católicos más fundamentalistas, y puede decirse que hacía bastante tiempo que la Iglesia Católica no estaba tan fosilizada. Naturalmente, la oposición a la invasión de Iraq es innegable ¿Cómo no oponerse si se tiene una conciencia ética mínimamente limpia? No obstante, poco después de aquella oposición Juan Pablo II se hizo fotos con José María Aznar, si no uno de los artífices de la invasión, porque a tanto no llega, sí el principal adulador de los que la llevaron a cabo.
   Para finalizar, si nos fijamos en lo que repetidamente hemos visto estos días en Roma, las multitudes, las alabanzas sin cuento, las demandas de santidad instantánea para el fallecido nos podríamos plantear unas cuantas cuestiones. Quizá sea porque no veo las cosas desde un punto de vista lo suficientemente romántico, pero creo que muchas veces, toda esta “espontaneidad” a la que hemos asistido tiene explicaciones bastante terrenales. Es innegable que si a una organización como el Opus Dei se la convierte en prelatura personal, es decir, se le exime del control que pudiera tener por parte de las autoridades católicas de las diócesis respectivas y se le pone bajo la dependencia directa del papa. Y aún más, si a su fundador se le convierte en santo, en un proceso bastante rápido, aunque no “súbito” como ahora se pide. Si se hacen estas cosas, en algo se beneficiará a los intereses económicos que controla esta organización. Si a un papa que ha favorecido ostensiblemente al Opus Dei, y a otras organizaciones menos importantes pero más extremistas, se le intenta “conseguir” un sucesor que continúe esta línea, parece bastante obvio que estas organizaciones intentarán movilizar a todos los miles de personas que puedan, por la cuenta que les trae, para que estén en los sitios adecuados en el momento adecuado. Por ello, si en la Plaza de San Pedro aparecen pancartas pidiendo la canonización de Juan Pablo II puede que no sea una reacción tan espontánea.
   Además de todo ello, a pesar del aparente entusiasmo de ciertas multitudes católicas, y de las celebraciones por un papa que, según dicen, le quitó el miedo y los titubeos a la Iglesia Católica, quizá la situación de este cuerpo sea más frágil de lo que tanto triunfalismo deja entrever. El inmovilismo fomentado en los últimos años, en bastantes casos absurdo y obstinado (situación de la mujer, celibato, oposición a ciertas investigaciones científicas, medios anticonceptivos…) ha alejado a mucha gente que eran católicos, al menos sociológicamente. Quizá la Iglesia Católica esté a las puertas de una nueva Reforma, como la que la sacudió a comienzos del s. XVI. Quizá deberían cuestionarse por qué este empecinamiento. Después de todo, la Iglesia Católica fue cambiando con los siglos. La misma apelación del papa, “Pontífice”, viene de “Pontifex”, la que llevaban los emperadores cuando Roma era pagana, y antes aún era la de un sacerdote que en los tiempos remotos del origen de Roma controlaba los pasos del Tíber. Pontífice significa algo así como “el que hace puentes”.

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