Josef Ratzinger y la barca de Pedro

Bajo el argumento de «salvar a la Iglesia», Ratzinger se encargó de condenar, limitar o llamar al silencio a todas aquellas voces disidentes con el centralismo y el dogmatismo romano. En los 70 había sido un renovador.

La renuncia de Benedicto XVI al pontificado de la Iglesia Católica Romana es un hecho que quizá se emparienta más con los primeros antecedentes de Josef Ratzinger como teólogo dispuesto a trabajar en la renovación de la Iglesia, que con su trayectoria como “funcionario” eclesiástico, claramente asociada con el conservadurismo, el control, la censura y la represión.

Ratzinger fue uno de los “teólogos de cabecera” del Concilio Vaticano II, la gran asamblea a la que hace 50 años convocó el papa Juan XXIII para “abrir las ventanas” de la Iglesia y, de esta manera, promover el diálogo con la sociedad moderna en busca de respuestas desde la fe cristiana y desde el catolicismo. Formó parte junto a Karl Rahner, Edward Schillebeeckx, Yves Congar, Hans Küng y Henri de Lubac, entre otros, del selecto grupo de teólogos considerados entre los más progresistas y aportantes al nuevo pensamiento sobre la Iglesia.

Una clara manifestación de las posturas de avanzada de Ratzinger fue la publicación, en 1971, de su libro El nuevo pueblo de Dios, que propone una mirada renovada sobre la Iglesia, sobre el magisterio y la jerarquía, sosteniendo que precisamente el “misterio” de la Iglesia radica en su condición de ser “pueblo” entendido como comunidad. Se afirma también allí el protagonismo del laicado como base de la Iglesia y se subraya la importancia de las llamadas “comunidades cristianas de base”.

Desde esta perspectiva Ratzinger colaboró incluso con el papa Giovanni Montini (Pablo VI desde 1963 hasta 1978) en varios procesos iniciados de reforma de la Iglesia dando continuidad a lo dispuesto por el Vaticano II. Pablo VI, un Papa que no dudó en nombrar a obispos “progresistas” y en el caso latinoamericano cercanos a la “teología de la liberación”, había preparado incluso un documento en el que se proponía un cambio radical en la forma de elección del pontífice de la Iglesia Católica. Cuando acaeció su muerte, el texto quedó en un borrador y nunca llegó a plasmarse.

En 1978 arribó Karol Wojtyla a la Santa Sede y Juan Pablo II, un hombre de gran carisma popular pero de mentalidad muy conservadora, puso a funcionar una maquinaria destinada a desandar los pasos de sus más recientes antecesores negando las propuestas conciliares del Vaticano II. En 1980, siendo arzobispo de Munich (Alemania), Ratzinger fue convocado por Wojtyla para hacerse cargo como prefecto (ministro) de la Congregación para la Doctrina de la Fe (ex Santo Oficio). Probablemente el cambio de perspectiva de Ratzinger ya se había iniciado en 1977 cuando fue nombrado arzobispo, pero la involución quedó claramente de manifiesto en el ejercicio de su función como “guardián de la ortodoxia”. Desde la Congregación para la Doctrina de la Fe se transformó en el brazo ejecutor de la política involucionista impulsada por Juan Pablo II.

Bajo el argumento de “salvar a la Iglesia”, Ratzinger se encargó de condenar, limitar o llamar al silencio a todas aquellas voces disidentes con el centralismo y el dogmatismo romano. No hubo lugar para la diferencia. Los teólogos latinoamericanos lo saben. Discutió con el peruano Gustavo Gutiérrez, a quien no pudo llegar a condenar porque siempre fue defendido por su episcopado y por quien fuera cardenal de Lima, Juan Landázuri. Pero logró silenciar a Leonardo Boff a pesar de la defensa incondicional que de él hicieron cardenales tan prestigiosos como Aloisio Lorcheider (arzobispo de Fortaleza, Brasil, y presidente del Consejo Episcopal Latinoamericano) y Paulo Evaristo Arns (San Pablo, Brasil).

Un dato más sobre el proceso de involución de Ratzinger surge del testimonio de Leonardo Boff. “El (por Ratzinger) leyó mi tesis doctoral (¡un ladrillo de 500 páginas!) y le gustó mucho hasta el punto de buscar una editorial para publicarla”, dice. Boff estudió teología en Alemania y trabajó junto a Ratzinger en la revista Concilium. Y relata que, entre 1975 y 1980, la revista reunía a todos sus editores en algún lugar de Europa. El brasileño dirigía la edición en portugués. “Mientras los demás hacían la siesta –dice Boff– él (Ratzinger) y yo paseábamos y conversábamos sobre temas de teología, sobre la fe en América latina, especialmente sobre San Buenaventura y San Agustín, de los cuales él es especialista y a los que yo hasta hoy frecuento a menudo.”

El siguiente encuentro entre Ratzinger y Boff fue en 1984 en un mano a mano en el Vaticano, en el despacho de Ratzinger, instalado como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, acusando al brasileño de heterodoxia por su libro Iglesia, carisma y poder y con el obispo argentino Jorge Mejía como único testigo. De allí devino la imposición de “silencio” para Boff, primero aceptada por el teólogo, y seguida luego por la decisión de abandonar el sacerdocio ministerial.

Pero Boff no fue la única víctima de la “inquisición” de Ratzinger. También otros latinoamericanos como el salvadoreño Jon Sobrino, africanos y asiáticos corrieron suerte similar y fueron severamente reprendidos desde la Congregación a cargo de Ratzinger durante el pontificado de Juan Pablo II. Se lo considera también uno de los máximos responsables de imponer trabas al reconocimiento de la muerte martirial y del avance de la causa de canonización (santificación) del arzobispo de San Salvador (El Salvador), Oscar Arnulfo Romero, asesinado el 24 de marzo de 1980 por el ejército de aquel país.

También desde 1980 las nunciaturas (embajadas del Vaticano) de todo el mundo recibieron instrucciones precisas: excluir de toda candidatura al episcopado a los curas que hubieran participado de reuniones relacionadas con la teología de la liberación, a quienes se hubiesen manifestado en favor de las comunidades cristianas de base o bien se hubieran pronunciado a favor de cambios en la moral sexual o por la democratización del poder en la Iglesia. Ratzinger fue el mentor de estas instrucciones.

Coherente con su cambio de postura, el cardenal Ratzinger impidió durante dos décadas que se reeditara su libro El nuevo pueblo de Dios y terminó de desandar su camino en la entrevista concedida en 1984 al periodista italiano Vittorio Messori, plasmada en el libro Informe sobre la fe, en la que llega a calificar al Concilio Vaticano II como un “desastre” para la Iglesia.

Ya en el pontificado, Benedicto XVI comenzó a escribir una “trilogía” sobre Jesús. El primero de estos textos estuvo dedicado a argumentar que Jesús no fue un revolucionario de su tiempo. Esto le valió la réplica del cardenal italiano Carlo María Martini (1927-2012, probablemente en su momento el principal candidato “progresista” para suceder a Juan Pablo II). El italiano, que fue director de la Biblicum Universidad de los jesuitas en Roma, calificó la postura del Papa de “reduccionista” y carente de fundamentación en “estudios de exégesis bíblica reciente”.

En 1966 Ratzinger había escrito en uno de sus ensayos: “La conciencia es la corte más alta y última de toda persona humana, incluso por encima de la Iglesia oficial, es a nuestra conciencia a la que debemos obedecer”. Letra que borró con el codo cuando silenció, persiguió y censuró, impidiendo el diálogo.

La renuncia de Benedicto XVI se convirtió en un signo histórico trascendente. En primer lugar por lo sorpresiva. Pero también porque –quizás y sólo quizás– es la manera que encontró Ratzinger de hacer un gesto que lo reivindicase con sus principios teológicos conciliares: reconocer la humanidad del Papa, sus limitaciones, asumir las contradicciones de la Iglesia y hacer un llamado a la reflexión de toda la institución.

¿Qué deja? Evidentes signos de retroceso: la restauración del latín en la liturgia de la misa, condenas sin fundamentos serios a muchos avances científicos, censuras a teólogos progresistas mientras se reincorporan los ultraconservadores de la Fraternidad San Pio X (lefebvrianos), la designación de obispos contrarios o alejados del Concilio Vaticano II, y muy particularmente, un vacío muy grande respecto de un magisterio católico crítico al neoliberalismo y en solidaridad con los movimientos sociales y populares.

Este es el escenario de la elección del nuevo Papa. El que construyó Benedicto XVI y que el que probablemente ha sido uno de los motivos de mayor peso de su renuncia. Vale quizá recordar las palabras del teólogo suizo Hans Küng en un reportaje que le hiciera años atrás el diario italiano Corriere della Sera. “Usted siempre ha sido un disidente, siempre ha dicho que la Iglesia no puede seguir, pero la barca de Pedro sigue navegando…”, le señaló el periodista. “Es verdad –respondió el teólogo–, la barca de Pedro sigue navegando… pero la gente se baja del barco.”

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