José Manuel Cuenca Toribio: «La Iglesia católica sigue apostando por un modelo integrista»

Impone entrevistar a este catedrático emérito de la Universidad de Córdoba, pionero de la historia eclesiástica española contemporánea, en este edificio lleno de sabiduría, la Facultad de Filosofía y Letras –de la que fue decano en el último cuarto del siglo XX– cuyo anterior cometido –Hospital de Agudos, que en su día mandara construir el Cardenal Salazar– sirve para enlazar con la tesis que el profesor Cuenca Toribio defiende en su recién publicado libro Iglesia y Cultura en la España del s.XX : que en el plano social –escolar, asistencial, como el de esas Hermanitas de la Caridad, que movían el aire por estos pasillos con sus cofias aladas y recién almidonadas que tanto embelesaban a los enfermos de la beneficencia que aquí atendieron hasta 1969– la Iglesia tuvo en la pasada centuria una presencia que le faltó en el cultural. "Siempre, en los movimientos culturales, los católicos forman la cofradía de los ausentes".

–¿Qué tema ha enhebrado el contenido del libro?

–La postergación de la cultura católica en España, que no ha tenido presencia.

–O sea, que no se ha vendido bien la cultura católica.

–No solamente que no se ha vendido bien –le han faltado medios de comunicación– sino que no ha tenido vitalidad. La Iglesia española ha tenido mucha vitalidad en el aspecto docente –curas, monjes, monjas, obispos, prelados— y en todo lo que significara algo positivo desde el punto de vista de la realidad social para el pueblo, pero vitalidad cultural no la tenía.

–En 1920, de las 2.289 revistas y periódicos del país, 1.006 eran publicaciones católicas.

–Sí, pero no confundamos cantidad con calidad. Lo que quiero decir es que la opinión cultural española ha dependido muy poco de la cultura eclesiástica. Ha habido un divorcio entre la intelectualidad valiosa del siglo XX y la Iglesia católica. Esto no quiere decir que no haya habido excepciones, como yo intento reproducir en mi libro, pero en conjunto, quien ha conformado la opinión en los temas doctrinales y culturales casi nunca ha provenido de la Iglesia.

–En el libro se habla de que los jesuitas han sido los rectores de la clase dirigente.

–Pero es en cuanto a la formación. En los colegios, en alguna universidad, claro, han modelado gran parte de las élites políticas, sociales y económicas del país. Eso es cierto, pero luego, la formación católica que estos jesuitas les dieron no se ha plasmado en los modelos culturales del siglo XX. En la prensa hubo, por ejemplo, algunos periódicos espléndidos en donde formaciones paracatólicas, como la Asociación Católica Nacional de Propagandistas tuvo mucha fuerza, así como El Debate y toda la cadena Edica, pero hay que ver el número de periódicos que hubo en España que influyeron en la II República, en el Franquismo, en la Transición… Ahí, periódicos católicos que influyeran en la élite que hicieron la Transición, como no fuera negativamente… Hubo un divorcio y lo que acontecía es que la realidad cultural de la Iglesia no conectaba con las inquietudes de los hombres y mujeres que llevaban la batuta del país. Esa es mi tesis que intento demostrar. Hay muchos matices, hay una presencia católica considerable, pero hay que tener en cuenta lo que significó la Residencia de Estudiantes, la Institución Libre de Enseñanza, Ortega… Hoy ¿quiénes son los gurúes y primates del pensamiento español? Pueden tener una formación católica pero en su vivir diario casi están en opuesto al legado eclesiástico español.

–Sería que la formación…

–… era una cultura de guetto. La formación inicial, matemáticas, química, todo eso fue bueno- pero odiaban la literatura, tenían temor a la Generación del 98, a la del 27… En gran parte en tus escritos hay un trasfondo de eso, del temor, de la desconfianza que producía todo lo eclesiástico en el terreno cultural, porque había que leer autores que no decían nada a las generaciones que han conformado este país en el siglo XX.

–La formación católica lo que hacía era abrir caminos ¿no?

–Esa es la realidad. La inmensa mayoría o muchos de los que se educaron en colegios católicos luego rechazaron la idiosincrasia o ideología de esos colegios y otros, la inmensa mayoría, la olvidaron  la hora de escribir, de hablar, de conformar revistas…

–Dice usted que la formación eclesiástica odiaba la literatura. Me viene a la memoria Gironella, escritor católico, y su trilogía Los cipreses creen en Dios, Un millón de muertos y Ha estallado la paz .

–El de los novelistas católicos fue un intento muy interesante, muy episódico, fue un fuego de virutas que duró poco tiempo, evidentemente. Sí, sí, Gironella fue seminarista y su pensamiento –Carmen Laforet también– y su concepción de la vida, del catolicismo, la traspasa a sus criaturas, a su obra creativa. También Delibes. Pero hay muchos novelistas que no. ¿Cuáles han sido los pensadores de la Transición? Pues desde Emilio LLedó y Salvador Pániker hasta Fernando Savater pasando por Juan Luis Cebrián –un anticlerical furibundo, que se educó en la élite de las élites, todavía más que los jesuitas, que fueron los marianistas— ¿Qué han sido los marianistas y los jesuitas en tiempos del franquismo? Han sido una fábrica si no de anticatólicos, sí de anticlericales: don José Rodríguez de la Borbolla, el propio don Felipe González no digamos… Esto es un poco de caricatura. Pero ni siquiera en la formación hemos criados líderes católicos. En Francia hay una novela católica muy buena. Está Bernanos, está Mauriac- incluso los italianos o los católicos ingleses, como Grahan Greene.

–Hay una frase en el libro, de Azorín, refiriéndose a las cartas pastorales de los obispos donde dice que escriben muy mal.

–La Iglesia española culturalmente, en general, y todavía, sigue apostando por un modelo fundamentalista, integrista. La estética no ha sido una cualidad muy prevalerte en la formación y en el interés de la Iglesia católica. Y eso también se refleja en la escritura.

–El obispo de Córdoba escribe todas las semanas cartas pastorales, que a veces son un poco polémicas. ¿Escribe bien o responde a lo que pensaba Azorín?

–Eludo su pregunta. Como es del siglo XXI y yo hablo solo del siglo XX…

–¿Qué poso ha quedado de toda la formación de la Asociación Católica Nacional de Propagandistas, de los jesuitas, del Opus Dei, de los marianistas en la sociedad de hoy?

–Los jesuitas y los marianistas son los que han tenido más presencia escolar; están también los agustinos, los dominicos, que han hecho una cultura importante, pero al margen de lo que acontecía en el mundo, no le daban respuesta a lo que quería la gente de su tiempo. La huella cultural de los laicos católicos en España, que son principalmente los propagandistas y las gentes del Opus Dei, es estimable, es considerable. El Opus Dei ha tenido un gran número de catedráticos, un nutridísimo número de periodistas, que marcaron la pauta. Pienso en Manuel Martín Ferrán, que es un hombre ahora mismo alejado de los parámetros del Opus Dei, que estuvo en Pamplona, ejerció allí una enorme labor y se identificó plenamente con lo que fue aquella gran obra de la Escuela de Periodismo. Pienso, por ejemplo, en un hombre que se confiesa no católico y que sin embargo estudió periodismo y guarda un excelente recuerdo técnica y profesionalmente de Pamplona, Pedro J. Ramírez. ¿Pero la mentalidad y el pensamiento de Pedro J. reflejan los valores cristianos? Yo diría que no. Por las razones que sea. Este es un ejemplo bien claro. ¿Quién ha influido más en la vida española, Pedro J. o muchísimos directores de periódicos menores que tienen una formación cristiana y que parten de allí, de Pamplona? Yo creo que Pedro J.

–Claro, el medio es el mensaje.

–Exactamente.

–Un periódico que llega a más gente a la fuerza tiene que ser más influyente.

La Vanguardia es un periódico confesional en el que escriben curas. ¿La ideología, los editoriales de La Vanguardia responden a una concepción cristiana? Yo creo que no mucho.

–Puede que la cultura como tal sea un concepto que no admite credo religioso alguno.

–La cultura occidental, aunque tiene una conformación cristiana, abarcaba a muchos países que no tienen que haber bebido en las fuentes cristianas. Bien, eso puede ser. Pero a mi manera de ver ¿cuál es el quid de la cuestión? La clave de la cuestión es que los pensadores católicos no acertaron a sembrar el mensaje de su cultura y de su pensamiento en el surco de la revolución industrial, en el surco de la revolución proletaria, en el surco del feminismo- La semilla la pusieron en la diligencia y no en el ferrocarril, la diligencia era el pasado, el ferrocarril, el futuro, la modernización.

–¿Y no corrigió algo eso el Concilio Vaticano II?

–Ah, sí, sí, claro, por supuesto. Muy buena pregunta. La Iglesia, en los años 60, casi estaba un poco en las orillas de lo que creía y pensaba la gente. El Concilio Vaticano atacó y dio respuesta a los problemas de su tiempo, a lo que pensaba la gente de su tiempo. Eso, la Iglesia española no lo había hecho en dos siglos.

-El 'aggiornamiento', que se llamó.

–Estoy de acuerdo. Y no cambió el Evangelio, cambió los modos de expresión del Evangelio.

–¿Produjo algún resultado en la intelectualidad?

–Por esa misión la Iglesia cubrió muchos frentes, pero no tuvo vitalidad cultural, no tuvo élite cultural importante como sí hubo élites sindicales muy importantes, un movimiento sindical católico que está poco estudiado. El resurgir de la cultura católica postconciliar fue escaso, como digo en mi libro, y tampoco encontró demasiado eco en las esferas que controlaban la cultura del país. Cuando por una vez el catolicismo intentó abrirse ni tuvo fuerza, ni respaldo, ni apoyo.

–Socialmente sí tuvo mucha repercusión: fue el tiempo en que las asambleas se celebraban en las iglesias.

–Eso, perfecto, claro. La transición sin los curas no digo yo que no se hubiera producido pero sí, sí… Pero eso luego no tenía traducción cultural. No.

–A lo mejor es que la misión de la Iglesia es la otra, la social, no la cultural.

–No, yo no creo eso. ¿La vertiente social se opone a la cultural? No. ¿La vertiente cultural entra dentro de la acción católica? Yo creo que sí, no hay ninguna realidad del mundo en donde esté al margen la semilla del Evangelio y la cultura.

–En el índice de nombres de su libro hay casi 1.300. Es muchísimo. Es una obra…

–… de una vida. Yo tengo dos maneras de expresarme en mi trabajo: una, a través de la prensa, de los libros de divulgación, eso es incompatible con las notas; y después los libros secos, áridos, que ahí naturalmente nadie cree a nadie por palabra de honor, todo el mundo tiene que proveerse de una autoridad.

–Las notas del libro son otro libro.

–Evidente. Este es un libro polémico, donde hay dos lecturas. Las notas tienen mucha fuerza y no son exclusivamente de transcribir textos sino que yo también aporto y digo cosas. Hombre, sí, porque este es un libro fin de una vida, un libro de un tema clave.

–En el libro se habla de lectores comunes y de universitarios e intelectuales, ¿a quién va dirigido?

–Dos frases lo resumen. Una, la de un intelectual francés, de mucha formación católica, no católico, que dice que en Francia –no digamos en España–, en los movimientos culturales los católicos siempre forman la cofradía de los ausentes. Y otra frase que yo diría: este libro está en la frontera de la alta divulgación y la investigación. He intentado hacerlo ameno, hilando una prosa relativamente amena, aunque académica –yo me cuido el lenguaje porque creo que eso es como el catolicismo, uno de los patrimonios del pueblo español–. No es un libro para el público medio, es de alta divulgación y también de investigación.

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